Entreluz

Algo verdaderamente serio

Por Alberto González Carbajal

“Implacable”, sería una palabra que lo definiría perfectamente. Como un bulldog inglés, te brincaba al cuello y no te soltaba hasta que te desmayabas; y para entenderlo, comprenderlo y aprender de él sólo te pedía a cambio que pusieras mucha atención, mucho seso y, sobre todo, mucho sentido del humor.

Con no más de un metro y cincuenta centímetros, siempre impecablemente vestido y acicalado, unos lentes de pasta con una graduación tan grande que remarcaba sus ya de por sí muy grandes ojos, era inevitable que despertara el interés. Su fama, además, lo precedía, pues en aquellos años, además, era el jefe de redacción de una de las revistas más importantes del país. Por eso, cuando comenzó a hablar, todos le prestamos una atención equiparable a la de los judíos que escucharon a Moisés cuando les presentó las Tablas de la Ley.

Esto sucedió en un aula universitaria. Era mi nuevo maestro y, en su primera clase, mientras estaba de espalda a su devota audiencia, escribía en el pizarrón: “Una nota informativa debe, de la manera más sucinta, pulcra y objetiva, describir un evento de interés, el cual puede ser general o particular, dependiendo del entorno en el que éste se genere” (su voz era estentórea pero podía bajar casi al susurro; y, sin ser grave ni aguda, a uno no le quedaba sino atender con gravedad y agudeza a este profeta del periodismo). “Como reporteros, tienen que responder esencialmente las siguientes preguntas: ¿Qué hizo? ¿Cómo lo hizo? ¿Cuándo lo hizo? ¿Dónde lo hizo? ¿Por qué lo hizo? Y sobre todo… —en ese momento dejó de escribir en el pizarrón, volteó a ver a su arrobada audiencia, que más parecía estar conformada por seguidores de alguna secta apocalíptica y no por alumnos de nivel licenciatura; abrió mucho los ojos y mostró una apenas perceptible sonrisa— ¿Con quién lo hizo?” No pude evitarlo, solté tremenda carcajada y fui secundado sólo por unos cuantos. Otros pusieron cara de espanto al oírme. El profesor se acercó a mi lugar. Con una absoluta circunspección y un tono más bien agresivo me preguntó:

—¿Usted cree que mi clase es asunto de risa?— El silencio del salón era total en esos instantes.

Sin darme tiempo a contestar y clavando su intensa mirada en mis ojos, me volvió a cuestionar:

—¿O es que acaso yo le causo risa?

Era demasiado. Con voz apenas audible, le contesté:

—No.

Antes de que se volteara y volviera a su sitio al frente del salón, se sonrió y me guiñó un ojo, señal universal de la complicidad.

Brinca mi mente a otra escena. Muchos años después de lo que les cuento, tuve un jefe inmediato que, en algún momento álgido en el cual mis conceptos morales se pusieron a prueba, me dijo con una absoluta seriedad: “Mire usted, señor González, si ya decidió que va a ser un cochino, entonces su deber ineludible es, bajo ninguna circunstancia, actuar como un trompudo. Míreme a mí. ¿Acaso tengo cara de cerdito?”. Por supuesto, no pude evitar la carcajada, porque su apodo entre sus subalternos era Porky. Remató con un: “Señor González, una sonrisa hubiera bastado; la carcajada es ofensiva”. Esto, con la sonrisa perfectamente dibujada en su rostro.

Me acuerdo de todo esto mientras veo y leo las noticias y confirmo que nuestro país sigue en venta. Me entero, con terror cósmico, que hasta el agua es susceptible de privatización. Quizá lo que siga sea el aire que respiramos y las heces que depositamos. Quisiera pensar que todo es una broma, una tremenda broma que nos están jugando quienes detentan el poder, pero todo parece indicar que no es así. Al final no aparecen ni su sonrisa ni su guiño que me confirmen que sí entendí la travesura oculta.

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2 comentarios sobre “Entreluz”

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