El ornitorrinco

Esas cosas del demonio I

Juan Pablo Picazo

En México al que padece sin levantar cabeza suele llamársele pobre diablo; los viejos aún dicen a los niños que si no tienden su cama antes de las doce del día, el diablo se revuelca en ella y cuando los alimentos caen al suelo, en lugar de advertir que ya están contaminados o sucios, todavía hoy se dice: “Deja eso que ya lo chupó el diablo.” Además están el consabido “vete al diablo”, cuando se desea alejar la mala compañía y “está que se lo lleva el diablo”, para señalar que alguien atraviesa por un estado de cólera, entre muchas otras expresiones que lo sitúan en un sitio muy privilegiado dentro de nuestros diarios haceres, andares y decires.

Según la tradición, durante la noche de San Miguel el demonio anda suelto haciendo de las suyas. En Acapantzingo, un pueblo de la ciudad de Cuernavaca y en la ciudad toda, se protegen las puertas, ventanas, balcones, portales y hasta las parrillas de los vehículos con cruces trenzadas en flor de pericón para que al final, de nada valgan todas esas precauciones porque, como dicen los viejos, al diablo lo llevamos dentro siempre, y nunca desperdicia una oportunidad para salir.

Pero… ¿quién diablos es el diablo? Puede que al final digamos “¡Al diablo con eso!” y nos olvidemos del asunto, pero mientras eso ocurre, pensemos porqué nos resulta tan familiar el personaje, aunque nadie reconoce ser de su familia, pese a la sentencia de Jesús contra quienes le aseguraban ser hijos de Dios: — Vosotros, hijos de vuestro padre el diablo sois.

Desde la infancia de la humanidad el demonio ha estado ahí. Cada uno de nosotros lo conoce desde la propia, individual memoria también merced a esas infaustas herencias de nuestros viejos. Desde ese momento el demonio —como Dios— se pega a nosotros para siempre, aunque en cada uno lo hace de modo distinto, por lo que puede ser un concepto intelectual sin mayor importancia, o bien una presencia que va del vago temor al miedo ciertísimo del que aguarda donde menos se le sospecha como dicen, “cual león rugiente”.

Como se ve, el diablo es más familiar de lo que quisiéramos, lo que se observa entre los propios dioses, pues en el panteón de cada cultura siempre hay uno o más señores oscuros: Ahriman, Loki, Ha Satán, Belial, Hades, Tezcatlipoca, Coatlicue y muchos otros que han conseguido trascender hasta nosotros por uno u otro medio.

Doña Alejandrina Manzanares Morales, mi abuela materna, me lo puso enfrente con esas narraciones que de cuando en cuando hacía a petición nuestra y en las que nos contaba cómo conoció a la muerte, a quien vio como una joven indígena muy bella una noche de calor vernal, acariciando la nuca de Don Fernando su marido, poco antes de que enfermara por vez última en la vida; o cuando narró haberse encontrado a Doña Andrómaca a las puertas de la franciscana Catedral de Cuernavaca en un domingo de tantos de misa vespertina, donde le confió el sitio en que guardaba sus caudales para que lo refiriese a sus transidos familiares, pese a que había fallecido el viernes anterior.

Doña Alejandrina me dijo que el demonio era una sombra acezante, humanoide pero con alas de quiróptero y extremidades inferiores de caprino y de volátil. Así, ya traía en la cabeza una imagen que más tarde fue confirmada por el barroco libro de catecismo con que la Hermana Clemencia confiaba prepararnos para enfrentar la dichosa primera comunión, más costumbre y ocasión de fiesta que acto sacramental ya en el México de entonces.

Mis temores hacia tan poderoso ente crecían conmigo; sobre todo si debía ir a liberar mi hidratación cuando la vecindad dormía, pues no había luz que iluminara el camino que conducía al cuarto de baño colectivo que se alzaba al fondo del callejón oscuro en que la vecindad se transformaba. Para no pasar por gallina me las arreglaba para ir y venir cantando a voz en cuello y huelga decir, corriendo como poseído, pero luego esa treta llegó a ser insuficiente, sobre todo al calor de las quejas y las burlas de los vecinos, quienes oían mi destemplada canción y mi apresurado paso bajo sus ventanas.

Ya después, condenado a no jugar con los demás por “bizco”, debí pasar mis días leyendo cuanto papel impreso se me pasara por enfrente, y así fue como aún sin terminar la primaria, descubrí que además de miedo, hay otras emociones qué sentir por el demonio, revelación que recibí de Pito Pérez, príncipe de los mendigos, cuya vida revolucionaria cabe en la novela del mexicano José Rubén Romeroi: — ¡Pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo!

En la literatura el diablo campea risueño como el que más, ahí está Karellen, el guardián de la humanidad en El fin de la infanciaii; Morgoth y Sauron en la mitología Tolkenianaiii; Azazel, el diablo travieso de Isaac Asimov; y muchos otros que encontrarían un buen refugio en la secretísima biblioteca de don Varo Borja, el oscuro librero toledano de Arturo Pérez-Reverte en El club Dumas.

Lo que es menester decir, no obstante, es que mi versión literaria favorita de tan insigne personaje es Irene Adler, la inefable y solitaria diablesa de Pérez-Reverte que enamora a Lucas Corso en el ya citado libro. Más humana que los humanos de ese volumen, en el que por cierto el autor se la pasa desafiando a los estereotipos rozando sus contornos, me ha hendido de tal modo como lector, que desde entonces la tengo adosada en algún sitio del imaginario personal, aunque la versión de Román Polanski no le haya hecho justicia alguna en La novena puerta.

Y ¡qué diablos! Continuamos en la siguiente.

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