Entreluz

En su momento exacto

Por Alberto González Carbajal

Llegó en el momento en el que tenía que llegar, justo cuando la mujer de mi vida y su muy seguro servidor (de ella y de ustedes también) sentimos que era el momento de la vida en el que tenía que llegar, aunque debo contarles que nació nueve días después de la fecha en que se suponía que tenía que nacer, como anunciando su natural proclividad para hacer las cosas cuando ella quiere, aunque genere angustias en quienes la rodean (de hecho, me inundó tanto este sentimiento que, cuando apenas habían pasado dos días del que estaba marcado para el parto, de plano abandoné una para mí importantísima reunión, y ya no volví a mi oficina sino hasta que el productito de mis entrañas estuvo en casa, sana y salva. Todo el tiempo mis pensamientos estaban en el vientre de mi pareja). El amor se manifiesta a veces a través de sensaciones que uno puede interpretar como inesperados llamados del instinto, angustia o alegría sin control.

Como buena primogénita, a ella le tocó ser el conejillo de indias en el largo e inacabado (felizmente) proceso de formación parental. Con ella descubrimos que nada está escrito y que cualquier cosa que nos dijeran acerca de ese camino que iniciábamos estaba, por mucho, muy lejos de la realidad. Ser padre o madre es el verdadero deporte extremo. Si quieren un intensísimo subidón de adrenalina, experimenten tener un hijo con fiebre; allí sí van a sentir lo que es, como decimos por aquí, “amar a Dios en tierra ajena”.

Hace ya muchos años, hubo un momento en que realmente tomé conciencia, a la mala, de la fragilidad de la vida que uno procrea: un rotavirus atacó ferozmente su pequeño organismo (ella tenía escasos tres años). Cuando el pediatra que la atendía nos dijo: “Si la enfermedad cede por la noche, estamos del otro lado”, entendí plenamente que la vida puede carecer de sentido. Ahí volví a experimentar “la noche oscura” de la que hablaba San Juan de la Cruz cuando se sentía abandonado por el Altísimo. Cuando, por la mañana, abrió sus ojitos, supe qué era eso de sentir que el alma vuelve al cuerpo.

Este mismo sentimiento desbordado, pero en sentido contrario, lo experimenté cuando acudí a su primer festival escolar del Día del padre. Desde esa época ya era yo un hombre más ocupado de lo que me gustaría, así que tuve que pedir permiso a mi empleador de aquellos años para poder asistir. Todo iba bien. Junto a mí había una buena cantidad de papás que, con el teléfono móvil en la mano o en la oreja, intentaban reorganizar su agenda mediante llamadas o mensajes de texto. Cuando ella salió y se puso a cantar junto con un desafinado coro alguna canción alusiva al Día del padre, ocurrió lo inevitable: a los ojos se les rompió algún retén y las lágrimas, contenidas por tantos años, fluyeron incontenibles. Al tomar conciencia de que probablemente me veía un poco ridículo, volteé de manera discreta a mi alrededor. El papá que estaba a mi lado me dijo, con una sonrisa cómplice: “A usted también se le metió una piedrita en los ojos, ¿verdad?” Apenas acerté a responder un “sí” entrecortado.

Si bien es cierto que el amor filial es incondicional, éste se enriquece con eventos que generan admiración, cuando se superan las expectativas, y esto ha sido una constante con ella, pues tiene una disciplina escolar que (he de confesar) yo nunca tuve.

La complicidad ha sido otra constante entre ella y yo. Eso, me parece, tiene que ver con que yo también conservo algunas características que muchos califican de adolescentes (los menos) o infantiles (los más). Pero qué se le va a hacer; uno trata de ser feliz como siente que debe ser feliz.

Actualmente, ella está en ese periodo de exploración y descubrimiento del mundo estirando el cordón umbilical que no sólo está unido a su progenitora sino también a mí (cosas de la magia paternal). Como siempre ocurre en estos casos, este estadio puede ser doloroso pero es absolutamente necesario para que complemente su visión del mundo y desarrolle su fuerza personal.

Ustedes, amigos que me hacen el favor de leerme cada semana, sabrán ya que estoy hablando de la Capitana Nenetiti, líder indiscutible de mi Tropa Loca. Pero si se preguntan: “¿Ahora qué le pasa a éste? ¿Por qué está recordando su nacimiento y sus festivales y sus enfermedades?”, les cuento que ella acaba de cumplir 16 años y que, como siempre celebro con la más bruta e irracional alegría posible, ya hubo pasteles, regalos, abrazos y besos, pero como que sentía yo que faltaba este breve testimonio de amor, que me permito compartir con ustedes.

Anuncios

5 comentarios sobre “Entreluz”

  1. El amor de un padre a su hija es el primer amor que recibe una mujer y el primer hombre al que ama una mujer es a su padre. Felicidades!

    Me gusta

  2. ¡Felicidades a ambos! A ella por su cumpleaños. Y a ti por amarla y responderle con tanta dedicación.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s