El ornitorrinco

La inaceptable
obesidad del ser

Por Juan Pablo Picazo

Cuando yo era niño, en esos ayeres en que Cuernavaca olía a Guayabas y había lecheros de a caballo, ser “delgadito” era casi un insulto. Y yo era un bicho flaco. Mucho. Mi delgadez evidenciaba una alimentación escasa o al menos poco variada: Tortillas, frijolitos y café, sobre todo. De cuando en cuando algo de lo mucho más que los demás comían.

Hoy, como los otros en el mundo, estoy en un lío gordo. Rodeados por remedios caseros, tratamientos científicos, medicamentos milagrosos, ejercicios infalibles y estereotipos mediáticos que exaltan la ligereza y la delgadez hasta un grado enfermizo, cualquier protuberancia que se acumule en el vientre, la cintura, bajo los brazos o en los muslos, coloca al portador bajo una luz acusatoria permanente, pues además de que ya no es el tiempo de los “gorditos felices”, se ha decretado que serlo tampoco es saludable, por lo que incluso aquellos cuya herencia genética determina su gruesa complexión van y vienen por el mundo acomplejados.

A todo esto no obstante, quienes hacen de todo y compran de todo para bajar de peso, le hacen el caldo gordo a los vendedores de la soñada levedad, y tanto así, que estos devienen, tarde o temprano, en peces gordos de las finanzas, influyentes empresarios cuyo interés en la patria les hace engordar la billetera merced a su costumbre de consentir políticos de todos los calibres, morales y colores.

Llegados a este punto, los muchos ciudadanos de gorda conciencia llaman al activismo, a dejar la opinión para entrar en el terreno de la acción. Mientras que la mayoría, ebrios de la molicie generada en pantallitas, pantallas, pantallotas y demás, sólo atinan a hacerse de la vista gorda mientras nadie les toque la cartera sin saber que ya les ha sido puesta en huelga de hambre.

Así pues, aquellos tiempos de vacas gordas, esos en que según el decir de nuestros abuelos se podían amarrar los perros con chorizo, han pasado, las famélicas y alienadas vacas de estos tiempos regurgitan y babean gozosas mirando sus programas de concurso, reality shows, noticiarios maquillados, y lacrimógenas telenovelas, cenando siempre unos buenos taquitos, o en su defecto quesadillas, chalupas, huaraches y cómo no, no vaya a ser, gorditas.

Total, esos blanditos y redondos ciudadanos muy conformes pueden dejar pasar esos malintencionados comentarios al estilo “Te ves más repuestito”, porque si bien es cierto que los gordos hoy son mal vistos, ellos no están así, sino gordibuenos y con eso de que lo que no mata engorda…

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Angel Carlos dice:

    Muy cierto.

  2. Gloria dice:

    Escapar a las modas de gordos o flacos no es cosa fácil. Sentirse bien o tener salud sin comprar productos milagrosos, como bien dices, no engorda carteras.

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