Entreluz

Los insufribles

Por Alberto González Carbajal

Existen… y se los topa uno todos los días y se encuentran insertos en todas las esferas sociales y económicas; pareciera que su único afán en la vida es generar algún tipo de molestia, por mínima que ésta sea. En mi caso particular, tengo la impresión de que es la cruz que me tocó cargar y en más de una ocasión no he sabido cómo lidiar con ellos, lo cual me ha puesto en situaciones complicadas y, algunas veces, embarazosas.

Cuando estudiaba la secundaria había un individuo a quien apodábamos “El chivo”. Todo en él era desagradable, hasta su olor (estaba un poco más crecidito que los demás y sus hormonas le jugaban alguna mala pasada). Acercarse a su persona era arriesgarse a ser objeto de algún comentario nefasto acerca de lo chaparro que era uno (uno lo sigue siendo, qué se le va a hacer) o de cualquier otra característica física que este “compañero” encontrara digna de mofa; y, en el caso de las niñas, éstas eran objeto de manoseos impropios (El chivo parecía no tener límites).

Un buen día me colmó la paciencia al hacerme objeto de alguna burla acerca de mi refrigerio: “¡Ay, sí, ay, sí, su mamita le hace su lunch!”, recuerdo que dijo. ¡Y que comienza a arder Troya! De lo demás no me acuerdo muy bien porque, sin mucha técnica pero si con mucho ímpetu, intenté propinarle algunos golpes. De mucho mayor tamaño que un servidor y con un cuerpo que parecía como de hule espuma, resistió mis puños con cierta facilidad y luego me levantó del suelo y terminó por aventarme lo más lejos que pudo. Al golpearme la nariz comencé a sangrar profusamente, lo cual generó el pánico de todos, “El chivo” incluido. Como pude me levanté y fui al baño a ocultar lo mejor posible la evidencia del pleito. Lo demás fue andar sufriendo para hacer convincentes las explicaciones respecto a lo ocurrido, de tal modo que no delatara a nadie: una cosa es ser chivo y otra chivato. Lo cierto es que jamás me volvió a molestar este individuo. Simplemente dejé de existir para él.

Ya en mi etapa laboral, conocí a un individuo que tuvo a bien colmarme la paciencia. Era el representante de uno de nuestros clientes principales (una corporación bancaria mundial). Cada mes teníamos que reunirnos con este sujeto y sus jefes para evaluar el avance de sus proyectos. La junta se convertía en un martirio aceptado motu proprio. Mientras su servidor detallaba el porqué de tal o cual evento o acción, este individuo descalificaba cada información, con actitud displicente y una voz que quería sonar educada, pero sin siquiera voltear a ver la pantalla donde se proyectaban gráficas y datos que complementaban mi explicación… Cada mes me tenía que tragar un sapo del tamaño de una sandía.

Un buen o mal día, según se vea, le tocó a este sujeto explicarnos durante la junta los proyectos del año siguiente entre este ente financiero y nuestra empresa. Era la primera vez que lo veía en esa posición, digamos más vulnerable. Era más que evidente su incapacidad para enlazar conceptos, describir líneas temporales (cronogramas, los llamábamos en la universidad), explicar ideas de manera más o menos coherente… y su ortografía era como para sufrir espasmos en el colon… La tentación fue mucha y no me pude resistir: Esperé a que terminara su explicación y, mientras, había tomado minuciosas notas de todo lo que había dicho. Cuando el sujeto tomó asiento, con un tono que sonaba despreocupado lo interpelé: “Tengo algunas dudas, ¿me podrías ayudar a resolverlas?” Y que me suelto a cuestionarlo sin darle tregua. De cada respuesta suya surgía una nueva contradicción o incoherencia que yo aprovechaba para ser más incisivo. No le di ni un pelito de tregua. Tuvieron que intervenir sus jefes para detener esa masacre.

Durante el camino de regreso, mis superiores me recriminaron lo poco diplomático que había sido, pero yo veía en su actitud una aprobación tácita a mi conducta “justiciera”. Cuando llegamos a la oficina, esta persona ya llevaba algunos intentos de comunicación telefónica para quejarse amargamente de mi actitud “poco constructiva”. Pidió mi cabeza como tributo de “buena voluntad”. Como viejos lobos de mar que eran, mis jefes hicieron como que me castigaban, aunque en el fondo estaban contentos de que me hubiera portado así. Nombraron a alguien para que fuera, por lo menos de nombre, mi supervisor, y me relevaron de la tarea insufrible de ir a las juntas con este cliente. Cuando el individuo en cuestión salió de esa financiera, yo volví a hacerme cargo, con la confianza plena de mis superiores.

En la actualidad me topo todos los días con seres de esta calaña, cuyo nivel de resentimiento es tal que bravuconear y descalificar a diestra y siniestra es su único modo de vida. Entiendo que seguramente no han podido sobreponerse a las circunstancias difíciles y a las derrotas y eso los hace insufribles para todos los demás. Desde su visión, y esta es sólo mi opinión, la felicidad ajena es injusta per se, porque ellos no son felices.

He aprendido que el mejor modo de tratar con ellos es ignorarlos. No te puedes involucrar en una pelea cuando no hay, desde el punto de vista de cada uno, alguna razón válida para hacerlo. Esos seres son como animales enjaulados, con la diferencia de que a los animales los enjaulan otros, y ellos, en cambio, están en esa condición porque así eligieron vivir. La felicidad merece ser protegida y, casi como si fuera uno de esos videojuegos, hay que saber cuándo tomar la iniciativa y cuándo, mejor, acelerar el paso para llegar al siguiente nivel.

One thought on “Entreluz

  1. Xóchitl Pineda Carbajal 17 abril, 2015 / 13:21

    AH PERO QUE BONITO ES CUANDO ESTAS HACIENDO ESAS MASACRES. CUANDO LIQUIDAS A ESOS INSUFRIBLES. Y ME CAE QUE SI A MI MANITO TENGALE MELLO PORQUE ES MUY BUENO EN LO QUE HACE, PREGUNTEN EN EL IMSS QUE A MI ME CONOCEN COMO LA HERMANA DEL SEÑOR GONZALEZ EL QUE SE ENOJA BIEN FEO. JAJAJAJA TE AMO BROOOO

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