Incierta certeza

De cómo me convertí en el universo

Por Luis Ernesto González

Mi nostalgia se ha llenado de curiosidad. Qué diferente es ya de la que era. Tanto intimaba con la contemplación en días de infancia, que hasta la lluvia plácida quería tomar aliento descansando en el vidrio detrás del cual mis ojos acechaban destellos de luciérnaga. Las flores, inequívoca luz de la mañana, goteaban —ya muy débiles— escasos resplandores, ellas mismas oscuras, mientras las nubes, noche adelantada, enjugaban su canto y se marchaban. El niño entonces era piedra como de un muro antiguo. Heredaba el trabajo de otros niños que miraron llover siglos y siglos. El trabajo del amigo que un día conocería —él nos llamaba Prólogo—. El pequeño escuchaba las voces de la tarde: el ronroneo en el techo, esa tonada espejo de los encharcamientos para que el cielo —sí, para que el cielo mismo— descansara en el techo; el gotero enramado de los colorines; el crujir de la tierra liberando un olor de leyenda; los lejanos ladridos como señales de humo entre la niebla; los motores feroces de esas máquinas que algún día nos impondrían su cáncer de ruido y cuentas falsas; los grillos invisibles construyendo el sendero lunar; el susurro poético que un día sería y que se evaporaba; y algún murmullo humano desafiante, empapado, hollando la corteza cortés del empedrado.

Hoy me habita ese viejo paisaje, lo siento en mí. Ahora yo soy su casa, la calle soy yo mismo, sus corales criaturas son mis cuerdas vocales en silencio. Soy la lluvia y el cerro y los grillitos y los amados seres que habitaban el mundo y ya no están. El niño mira y mira desde adentro. La ventana soy yo. Contempla y lo contemplo. Me he vuelto su universo. Por eso en mi nostalgia han anidado pájaros más curiosos que gatos o que hurones. Es ahora, no antes —no en la infancia— cuando quiero saber los nombres de los árboles del parque, los nombres de las plantas que goteaban su luz en el jardín, los nombres de los cerros que flanqueaban mi casa. En mi inquieta nostalgia me descubro y ahondo. No en el principio, pero ahora soy el verbo. Es mi nostalgia, siempre en gestación, quien bautiza la vida con la lluvia.

Lluvia Luis Ernesto González en La hormega

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4 comentarios sobre “Incierta certeza”

  1. Hermoso! Que manera tan poética de plasmar los recuerdos de la infancia y esa nostalgia que la mayoría sentimos.

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  2. Es una bella verdad: el niño mira desde adentro y nosotros somos la ventana. Me gustó muchísimo, gracias.

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