Entreluz

Mundo cristalino

Por Alberto González Carbajal

Alberto González Carbajal en 6to A de primariaLo más divertido era jugar a las canicas, fundamentalmente en el polvoso jardín de la escuela primaria en la que mi madre tuvo a bien inscribirme. Con algo de colmillo, un poco de técnica y nada de herramientas (desde entonces mis dedos eran cortos) pasé muchos de mis “recreos” (entrecomillo la palabra que define ese espacio de descanso a la mitad de la jornada académica diaria en la que supuestamente había que comerse un refrigerio y tener sana convivencia con los compañeros… y lo entrecomillo porque tal itinerario era algo así como utópico para su servidor) llenándome de tierra las rodillas y las manos, jugando con mis amigos, apostando los diferentes tipos de canicas que había: las “bombochas”, los “pericos”, las “agüitas”, los “ojos de gato” y un largo etcétera. Un perico equivalía a dos agüitas; con diez pericos conseguías un ojo de gato; las blancas equivalían a las agüitas, a menos que las primeras tuvieran alguna marca distintiva… en tal caso, su valor se incrementaba sustancialmente.

Si tu habilidad neurolingüística era lo suficientemente buena como para ganarle en “los dichos” (las reglas no escritas de las canicas) a tus contrincantes (“altas desde tus rodillas y bien paradas”, “no se vale de aire”, “no se vale de uñita”, “zafín zafado es perdonado”, “pinto mi librito de oro”, “tiro libre”… y así al infinito. Si tú eras el primero en evocar una de esas reglas lograbas lo que el fuero en México: las leyes se aplicaban sobre los demás pero no sobre ti) podías ganar prácticamente sin tener que mostrar tus armas como tirador, ya que atabas de manos a tus antagonistas. Era cosa de estar atento a cada momento, siguiendo un ritmo entre el tirador, el movimiento de la pequeña esfera de vidrio y esperar muy atento a que esta se detuviera. En ese nanosegundo debías soltar tu repertorio de frases, esas citas legales e inobjetables. Si te adelantabas, no valía; si te atrasabas, otro sería el “ganón”.

Dependiendo del tipo de juego era la apuesta; podías perder o ganar canicas, además de humillar al contrario, y tu tesoro y fama trascendía salones y grados. Cuando escuchabas que a tus espaldas decían por lo bajo tus logros (“ese güey ganó tres ojos de gato en el recreo”) podías sentirte plenamente realizado.

Yo no era de los mejores (insisto: dedos cortos), pero me defendía con ese leve grado de taquipsiquia que años después me detectaron. Eso sí, cuando hacía pareja con mi mejor amigo, Carlos, entonces nos volvíamos invencibles: él tenía un tino asesino y yo me sabía mejor que nadie las frases matadoras y las soltaba en el nanosegundo adecuado.

Así de pequeño y así de divertido era nuestro mundo; las batallas transcurrían en un espacio de seis por ocho metros. Hace poco pasé por allí y me asomé a mi antigua escuela: el jardín está más o menos igual, aunque ahora tiene una reja que no permite a los “educandos” jugar allí.

Todo esto me vino a la mente porque, mientras ponía un poco de orden en mi bolsa de recuerdos, me encontré con una canica ojo de gato, y la cascada de imágenes se precipitó en mi mente. Vi al normalmente taciturno y hosco niño que solía ser, alegrándose cuando llegaba el momento de sacar la bolsa de canicas y correr rumbo al jardín donde se libraban las batallas más épicas (para su servidor) de aquella época, cuando el mundo era pequeño, redondo y cristalino.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    Me gusta tu texto. En una época anterior a la que describes existían una canicas más pequeñas, que si no entendí mal las llamaban “caquitas” y eran de barro de diferentes colores y tenían menos valor que las que tú mencionas en tu escrito.

  2. César Saucedo dice:

    Alberto, te faltaron las poderosas “tres y su fuerte y calacas y palomas” o ” entrus”, ” pinto mi raya”, “ahogado pelas” o “tache y pelas”. Saludos!!!

  3. AHHH ME ACORDE DE MIS JUEGOS EN ESA HERMOSA PRIMARIA, BELLO TEXTO HERMANO

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