Entreluz

Los amigos del camino

Por Alberto González Carbajal

Uno puede repetir mil veces que los amigos son pocos y hay que cuidarlos y, a pesar de esto, aquellos que son más jóvenes que uno no lo van a entender; ya saben, nadie experimenta en cabeza ajena.

Lo cierto es que a lo largo de mi vida he conocido a muchas personas, quizá un poco más que la mayoría (no sólo por sociable, sino porque así me ha tocado ganarme el pan) y, sin embargo, con muy pocas tengo un contacto, no digamos amistoso, sino aunque sea para mantenernos al día. La vida, de manera inevitable, te aleja de la gran mayoría de aquellos con los que, aunque haya sido brevemente, viviste algún episodio con intensidad, en cualquier forma en que esto se haya manifestado.

Debe ser esa nostalgia que de repente obnubila mis pensamientos, sin ninguna razón específica, quizá sólo para recordarme que el camino de la vida casi siempre se recorre acompañado…

Recuerdo, por ejemplo, de mis épocas de estudiante del Colegio de Ciencias y Humanidades plantel Naucalpan, al “Rey de Chocolate” (apodo que no se refería al color de su piel, sino a otro rasgo de su rostro), que era aficionado (eso decía él; yo creo que más bien era adicto) a consumir la famosa cannabis índica (mejor conocida como churro, yerba, mota, mariguana, toque, porro, etc.) y lo hacía con singular alegría a cualquier hora que se le ocurriera, es decir, casi todo el día. Un día sí y otro también me daba cátedra del rango de efectos que causaba el fumar este narcótico (conté por lo menos cien). También era permanente su invitación a que yo lo acompañara en uno sus “viajes”. Un buen día, por curiosidad (o tal vez tratando de egresar del curso, ya muy largo, que impartía el Rey) le di un par de jalones a ese cigarrito mal hecho. Imaginaba maravillas… pero no sentí nada, salvo mucho cansancio y unas brutas ganas de dormirme. Es decir, mi viaje fue soporífero y por poco me paso de la parada para bajar del camión de regreso a la casa. Puedo decir que gracias a él descubrí que esa droga no era para mí. Un día cualquiera me percaté de que ya no asistía a clases. Nunca más supe del Rey de Chocolate. Mi amigo viajero no volvió a andar (ni a volar) el camino conmigo.

Ya en la etapa universitaria, recuerdo a una compañera de la clase de inglés. Ella sólo tomaba esa asignatura, y como siempre llegaba tarde, al igual que su servidor, nos tocaba formar equipo para las prácticas. Siempre me asombraba la absurda cantidad de maquillaje que embadurnaba su cara. Reconozco que, aunque era guapa, no era el estilo que me fascinaba. Una vez, platicando sobre lo que hacíamos en la vida, ella me contó que trabajaba en Televisa. Cuando quise indagar con más detalle sobre sus actividades en esa empresa, me dijo que “a veces una cosa y a veces otra… Lo que se ofrezca”. De la noche a la mañana desapareció o, más bien dejé de verla “en vivo”. Un día, algo adormilado, mientras veía (digamos, sin ver) el “Canal de las estrellas”, reconocí su rostro. Sacudí la cabeza para despertar bien. Ahí estaba, interpretando el papel principal en una telenovela juvenil (malísima, por cierto). Mi asombro fue tal que tuve que irle con el chisme a mi señora madre. Le señalé la pantalla y le dije que esa actriz había tomado clases conmigo. Sólo me vio con mucha ternura (ella nada sabía del Rey de Chocolate) y me dijo: “Ay, m’ijito, te inventas cada cosa”, dejándome azorado y patidifuso. Evidentemente, nunca más la volví a ver en persona, aunque se hizo inevitable seguir sus pasos en el mundo artístico y, eventualmente, en su roce con el poder. Desde 2008 desapareció de la vida pública. Sin ser mi amiga en toda la extensión de la palabra, ella me enseñó algo importante: si quieres ser famoso, sólo hace falta tener ganas y una cara bonita.

En esos caminos de la memoria andaba yo, cuando de pronto me llegó la noticia de que hoy falleció una de las primeras personas que, durante mi vida laboral, alabó mis cualidades intelectuales, una persona que tenía la absoluta certeza de que yo podía llegar muy lejos. Era originaria de un pueblo serrano del estado de Guerrero: no tuvo esposo ni hijos, nunca me enseñó nada que yo no supiera, pero su confianza en mí me daba algo que no podría explicar con palabras. Tenía más de 25 años de no saber de ella y, sin embargo, al recibir esta noticia, sentí un hueco raro en mi ánimo, algo parecido a la tristeza pero menos crudo, como cuando se pierde una foto que sabías que estaba guardada en algún lugar específico y cuando la buscas, descubres que ya no está. Tus referentes se debilitan.

Para la gente que no cuajó en la vida de uno en plan de amigo, imagino que eso debemos ser en su memoria, es decir, en los recuerdos de la gran mayoría de los que hemos conocido: sólo una foto perdida en algún cajón. ¿Lo ven ustedes así o es que mi nostalgia está haciéndome lo que la afición del Rey nunca logró?
para texto de amigos

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