Entreluz

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La pantalla en blanco (II de II)

Por Alberto González Carbajal

Primera parte, click aquí

Los sonidos comenzaron a llegar a él de un modo muy extraño. Como si estuviera sumergido en una alberca, se generaba una distorsión que los hacía ininteligibles. Pasó lo mismo con la visión: primero todo era borroso y luego, muy poco a poco, fue ganando detalles. Por un instante tuvo un atisbo de recuerdo: sí, alguna vez, en la infancia o la adolescencia, apostó con su primo Kikín a ver quién se atrevía a untarse Vick Vaporub en los ojos (ganó la apuesta pero la inflamación de córneas le impidió enfocar todo un día).

Cuando la información del exterior se hizo lo suficientemente clara, distinguió ante él a su pareja, a sus cinco hijos y a un individuo en bata blanca con cara de doctor (seguramente lo era) que se acercó y con una lamparita muy estilizada le aluzó los ojos. Intentó hablar pero sólo alcanzó a medio abrir la boca. Cuando trató de alzar un brazo para tocar su boca apenas logró moverlo unos milímetros… parecía pesar una tonelada. Allí comenzó el terror, el peor de todos: tener conciencia de estar vivo y no poder expresarlo.

El que tenía pinta de doctor comenzó a recitar frases que él oía a medias, como: “Esto parece… hemiplejía… combin… disartria evidente”, “…aunque… tomogra… axial… un posible dañ… lóbulo temporal derecho…”, “…no descartar ataxia… dismetría…”. Todo sonaba vago e incoherente en sus aterrorizados pensamientos. Volvió a cerrar los ojos deseando estar sufriendo alguna pesadilla generada por cenar tacos en exceso.

Debieron haberlo sedado porque, al abrir de nuevo los ojos, notó que sus hijos llevaban ahora uniformes escolares. Era curioso en lo que se fijaba; por primera vez reparó en que le gustaba observar cosas aparentemente inútiles. Su familia comenzó a hablar sin ton ni son hasta que su compañera de vida soltó la frase que siempre lo salvaba del aturdimiento colectivo cuando más trabajo tenía: “Dejen a su padre en paz”. Este remedo de cotidianidad le dio valor para intentarlo de nuevo: Trató de hablar… y, aunque no profirió sonido alguno, sintió que su boca se abría un poco o, por lo menos, así le pareció. El resultado, sin embargo, fue inesperado e incluso opuesto al deseado: ahora el terror se hizo colectivo. Todos tenían el mismo rostro de espanto.

Al pasar algunos días, decidieron llevarlo a su casa. El médico así lo había recomendado, ya que, en muchos casos, el estar en un ambiente familiar era propicio para que el cerebro encontrara su camino para reconectarse. Sin embargo, pasaron muchos días y no había mejoría alguna. Sin poder hablar y sin poder moverse, el peso de su inutilidad comenzó a ser muy grande para su mermada voluntad. Aunque tenía ganas de vivir, no le encontraba sentido a nada. Lo peor era saber que, desde su punto de vista, su capacidad de razonamiento estaba intacta pero no había cómo expresarla en modo alguno.

La comida o, mejor dicho, su comida favorita, fue su primer reencuentro con un placer real. Con un poco de ayuda había comenzado a dejar de lado las insípidas papillas, de manera que los sabores conocidos lo estimularon a mover la quijada. De repente, uno de esos días un brazo se movió un poco más, lo que le permitió leer por ratitos, sin ayuda. De igual modo pudo manipular el control remoto de la televisión. Estos detalles casi insignificantes le supieron a reaparición de la vida independiente, aunque seguía sin poder hablar (sólo algunos gruñidos escapaban de su garganta).

La mesita de cama se volvió parte de su cotidianidad; no había momento en que no se sirviera de ella: ligera y firme, servía para poner allí casi todo lo que fuera necesitando. Aunque durmiera profundamente, sabía que le bastaba con abrir los ojos y esforzarse un poco para alcanzar lo que requiriera. Y así fue… hasta el último día de su vida.

Una mañana (o tal vez era la tarde o una hora perfectamente indefinida), sin abrir los ojos extendió las manos. No sintió la superficie ligeramente rugosa del plástico de la mesita. Sintió, en cambio, algunas figuras cuadradas separadas a intervalos regulares. Comenzó a sudar, escuchó un ligero zumbido. En el filo donde terminaban los cuadrados había metal. Sin más, abrió los ojos…

La pantalla blanca estaba allí, pulcra, retadora. Las palabras para describir el terror como nunca nadie lo ha hecho llegaron a su mente como agua a presión. ¡Ah, si pudiera teclearlas! Su última idea antes de que todo se apagara definitivamente fue esa: la incapacidad humana para describir el verdadero terror. Entendió que había vivido una larga pesadilla en tan sólo un instante… “ella” lo sabía, tal vez “ella” le había inducido esa falsa realidad de su postración.

Lo encontraron muerto a la media hora. Estaba perfectamente sentado y con las manos sobre el teclado. No había escrito absolutamente nada. Sobre la pantalla parpadeaba el cursor.

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