Entreluz

el

Viajar

Por Alberto González Carbajal

Exceso de trabajo, preocupaciones, hastío por una realidad que cada vez se vuelve menos digerible… Siento que se me está venciendo el chasís, que el mal humor me aborda un día sí y otro también (convirtiéndome en una bomba de tiempo con una mecha que se prende muy fácilmente). Me doy cuenta que necesito descansar, tomar un espacio entre la realidad y yo, disfrutar algún tipo de vacación. Sin embargo, el tiempo no es suficiente y el billete tampoco, así que, desde la comodidad de mi sillón favorito, ayer decidí emprender un viaje interior: me dediqué un buen rato a rememorar los mejores lugares donde he estado y que realmente han logrado que se detenga el diálogo interior, aunque haya sido por unos días. ¡Funcionó! Un rato después, pude volver a la silla frente a la computadora sintiéndome “recargado de pilas”, claro, desde el punto de vista mental… no del cuerpo; pero creo que también es una puritita entelequia eso de descansar en vacaciones: uno vuelve siempre de ellas más cansado y traqueteado. Pero el cerebro sí se recarga, se entusiasma, se reenfoca y afina nuestra visión del mundo y sus asegunes. Ahí les va la lista de mis lugares de paz.

Las Vueltas (foto de A. González)
Las Vueltas (foto de A. González)

Primero está mi peña, que se encuentra en el pueblo que me vio nacer. Desde allí se domina un valle por donde corre un río que, en algún momento llega al mar. Estar sentado a esa altura no apta para acrofóbicos me pone siempre en un estado casi catatónico. No puedo decir que mis mejores ideas hayan surgido de allí, sólo me queda claro que esos momentos le bajan siempre tres rayitas al volumen de mis emociones.

Después está el mar. La primera vez que lo vi, mi angustia no tuvo límites. Sólo era un puberto que intentaba comprender cómo funcionaba el mundo, así que cuando tuve esa visión ante mis ojos algo se rompió dentro de mí, algo de mi ego; me quedó claro que yo era una nada para el mundo, pero el mundo sí era el todo para mí. Cada vez que regreso a él, pierdo eso que el indio yaqui Juan Matus llamaba “la importancia personal”.

El desierto es otro de mis lugares esenciales, en especial al amanecer. Esa inmensidad me enseñó la belleza del cielo. Fue durante un viaje en el cual una serie de viejos amigos y su servidor pernoctamos en pleno desierto. La noche fue particularmente fría, ya que era invierno. Cuando salí de mi tienda de campaña y vi en el cielo las nubes como en escalera hasta dar la vuelta en el horizonte me sentí, sin saber por qué, un poco más sabio, un poco más tranquilo: el mundo era bello pese a todo.

La nieve y yo
La nieve y yo

Para decir mi siguiente lugar, debo hacer un rodeo. Tenía viviendo sólo unos meses en los Estados Unidos; el otoño entraba en su fase terminal, el viento se llevaba las hojas. Salí al buzón y me encontré la carta de mi amigo. No recuerdo qué me contaba pero sí la emoción que me dio recibirla. A pesar de estar ensimismado, percibí con claridad un cambio en el frío; al alzar los ojos vi mi primer copo de nieve: era perfecto. Tanta belleza exterior y tanta alegría interna (por tener noticias de esa vida que transcurría donde yo no estaba presente) me pusieron en un nivel máximo de felicidad (si es que ésta puede medirse). Ese día le escribí a mi amigo lo siguiente “…tus cartas tienen la dicha de la nieve”. Así que mi siguiente lugar es ese: un paisaje nevado en algún lugar del mundo.

Hace muchos años hice un largo viaje por carretera por una parte del norte de éste, mi país. En el camino de regreso pasé por la Hacienda de Canutillo, en el estado de Chihuahua. A pesar de estar en ruinas, y con sólo unos cuantos habitantes en los alrededores (casi todos viejos), me sentí en comunidad con sus espíritus. Tuve un momento como de epifanía en el que sentí que Pancho Villa me decía: ¿Y tú qué piensas hacer?

En la sierra norte del estado de Puebla hay un lugar que algo de mágico debe de tener: He viajado allí varias veces y aun en las peores circunstancias he aprendido algo, (entre otras cosas, que a veces no hace falta aprender nada para disfrutar del entorno en absoluta paz).

Ayer que, lo reitero, me sentía muy cansado, me imaginé en cada uno de esos lugares. Y disfruté unos cuantos momentos de paz o de belleza o de alegría sin que la cotidianeidad arruinara mi percepción. Y, ¿saben qué? Hoy volveré a abordar mi sillón para hacer otro viajecito como el de ayer.

Anuncios

3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Doris dice:

    ¡Qué buenísimos viajes! Espero recordar tu historia cuando me sienta abrumada y con necesidad de desconectarme 🙂

  2. Gloria dice:

    La memoria nos trae recuerdos de situaciones que nos hicieron felices. La imaginación también hace su parte y nos construye una realidad que resulta muy económica y placentera.

  3. Angel Carlos dice:

    ¡Qué terapéuticos viajes a bordo de un sillón!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s