Yo lector

Nuestra amiga cariñosa

Por Juan Pablo Picazo

Para Luis Francisco Acosta In memoriam

Contrario a lo que se piensa, cada uno de nosotros se encuentra con la muerte varias veces en la vida, y no siempre lo sabe. Algunas de esas veces son claras como cuando se sobrevive a un accidente, o asiste uno a la sorpresa de que parientes o amistades nunca volverán a hablarnos, a abrazarnos o a compartirse.

Y uno empieza a pensar mal de la muerte, sobre todo por la iconografìa que de ella existe. Hacia 1999, Luis Francisco Acosta, me invitó a presentar un libro, no uno suyo, sino uno de los muchos que salieron de sus manos como editor (Sirva este paréntesis para recordar lo mucho que hizo por la lectura y la promoción de la literatura en el estado de Morelos), cuando dirigía a un tiempo y dos manos, el Taller de letras del Centro Cultural Universitario, y por supuesto, las colecciones Signos del oficio y Cuadernos del oficio, en las que tengo el honor de contar con un titulo que lleva mi nombre.

El libro en cuestión era Las telas del alama, la ópera prima de Danna Godoy de Alba, cuyo prólogo escribí y que aquí reproduzco con dos objetivos: primero para recomendar su lectura, pues en él la muerte campea diferente: cálida, amable, nostálgica, memoriosa, sonriente, nutritiva y bien intencionada, pues la autora establece que “La muerte es una amiga cariñosa”, acorde con las enseñanzas de su abuelo, y segundo, para rendir un homenaje a Luis, con quien charlamos, debatimos, discutimos acaloradamente, tomamos café, y a cuyos homenajes públicos organizados por sus alumnos del Taller de letras de la UAEM, no pude ir por cumplir mi condena de tiempo completo en el trabajo, cuya eficiente maquinaria es muy sentimental en cuanto a los horarios.

Cierto, como homenaje hará falta más que esto, me hago cargo y en consecuencia escribiremos algo pronto. Agradezco el buen gesto que tuvo de querer dejarme al frente de su taller antes de retirarse en el último momento, pero no dependió de nosotros que no pudiera ayudarle con ello. Aquí pues, el prólogo que yo escribí, y que él corrigió y pulió para este título de sus amados Cuadernos del oficio.

Preámbulo

Unos dicen que el hombre nació para ser feliz; otros, que fue hecho para trascender. Unos y otros se enfrentan de cuando en cuando en torno a las mesas familiares o las de anónimos cafés. En este libro, Danna Godoy es aliada de unos e incondicional de otros, tiene una preocupación profunda sobre el significado de la muerte y el propósito de toda vida; es decir, en su obra la felicidad es la única, la auténtica trascendencia deseable para el ser humano.

Y es que la felicidad en este volumen tiene más rostros de los que suponemos, a veces aparece vestida de recuerdo, se disfraza de fantasma nocturno, se deja sentir como si fuese un buen trago deslizándose garganta abajo, o bien, aparece sin preámbulos en los ojos de enfrente, en la mano que saluda y en la sonrisa anónima.

Lo que sus ojos han visto, lo que sus manos han tocado, cada recuerdo, cada rostro propio o ajeno, e incluso los olores y sabores degustados a lo largo de su vida, desfilan ante la conciencia, mientras nuestras pupilas recorren esas líneas. La felicidad existe, y aunque a veces fugaz y volátil, su más pequeña presencia hace de suyo, trascendentes nuestras vidas.

Sus personajes son seres ciertos. Tienen miedo y gozan, hay lágrimas que surcan rostros ancianos, angustias que estallan en jóvenes gargantas, presencias vivas de amores ya ausentes, y terribles ausencias de seres omnipresentes. Se asoma a las cadenciosas reflexiones nacidas de la soledad y las desesperadas que nacen del fuego que amenaza desbordarse.

Explora cada etapa de su propia vida, se lanza a la caza de sus miedos, a la reconstrucción de sus fantasmas infantiles, diseña una exposición de los santos y demonios que conviven dentro de su yo y al final de cuentas, escribe, describe y transcribe nuestro mundo para que los ojos atrofiados, el oído distraído y quien quiera que lo necesite, pueda recordar su humanidad sensible.

Además, la autora nos lleva de la mano por algunas de las mejores tradiciones morelenses con su vista entusiasmada, pero no complaciente, a través de la que atestigua el lado oscuro del festivo danzar de los chinelos, y detalla la luz que puede darle a los vivos un ornamentado altar de muertos el primero de noviembre.

Se ocupa de las dimensiones heroicas a las que pueden llegar los hombres y mujeres por causa de su vocación, ensaya una y más respuestas a la ansiosa búsqueda de paz que toca a toda voz humana y se permite rondar alrededor de cada personaje sin tocarlo, dejándolo vivir por sí mismo y para su lector.

(Sígueme por twitter, tumblr, instagram y wattpad @Picazojp Facebook.com/tejedor de tinta)
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Gloria dice:

    ¡Que estupendo Preámbulo! Me parece que es el mejor homenaje para la autora y para tu amigo. Yo creo también que “La felicidad existe, y aunque a veces fugaz y volátil, su más pequeña presencia hace de suyo, trascendentes nuestras vidas”.

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