A través del espejo

La nueva mujer de Lot

Por Karla Winkler E.

Huele a aire mojado, a tarde oscura.

Mis manos conservan notas de limón, de pimienta y eneldo. La casa guarda un rastro de cenizas de parrilla. Suenan las ventanas, granizadas, empañadas.

De pronto, escucho el canto del último zanate, asustado, refugiado en un rincón de su ciudad tan sin árboles. Cierro los ojos y me envuelve su grito. Cocó salta de su cajón asustada por un trueno e intenta alertarme del peligro. Al ver mi serenidad decide salvarse ella misma y se esconde debajo de un sillón. Abro los ojos, voy tras ella e intento tranquilizarla. La carita se asoma.

Da algunas mordidas ansiosas al sillón, mira algo que yo no alcanzo a vislumbrar, se deshipnotiza, bosteza y, segundos después, vuelve a su cajón.

“¡Que te calles, te lo advertí, me tienes harta!”, escucho gritar a la mujer de siempre, esa vecina del edificio de junto, mientras un niño berrea a todo pulmón. Cierro los ojos otra vez y mi saliva se vuelve salada, como las lágrimas del chico ante la amargura del odio y lo podrido del tormento.

Ahí, en la alfombra, siento la casa vibrar. Otro relámpago gruñe como el más indignado. El zanate ha quedado silencioso, la alarma de un auto se activa, la sirena de una ambulancia ensordece. Siento el temor del viento, recargo mi cabeza sobre la fría ventana para buscar las alas azuladas del ave trémula, símbolo de mis propios temores. Pero ahora es Audrey quien ha despertado y muerde mi alpargata mientras me ve fijamente, como diciendo que no es hora de mirar la calle sino de mirarla.

Volteo y detrás de mí suena el cascabel de una pelotita. Vuelvo a respirar, vuelvo a oler. El patio huele a tierra y hielo, la ciudad a fetidez, a excremento; huele a blanco y a gris.

El granizo ha cesado, el zanate suelta un clamor aliviado… La mujer lanza otro grito desgarrado.

Me levanto y recorro la casa bajo el influjo lunar. Un fabuloso conjuro de granizo la incendia y cuando vuelvo la cabeza quedo convertida en estatua de sal. La misma con la que sazono mis guisos, la misma con la que, en minutos, me bañaré.

El sonido de las últimas gotas de lluvia y el olor a limón y a eneldo siguen en mis manos, pero ahora tienen rastros salinos.

Ilustración de Nicoletta Ceccoli, extraída de http://www.nicolettaceccoli.com/work.php
Ilustración de Nicoletta Ceccoli, extraída de http://www.nicolettaceccoli.com/work.php
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2 comentarios sobre “A través del espejo”

  1. Se habla de “la sal de la vida”, pero al pensar en lo mal que va la humanidad (y el pobre mundo que destruimos con nuestras ambiciones y odios) creo que habrá que inventar la frase “nos cayó la sal de la muerte” o sea “estamos salados”.

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