Entreluz

Lucha intestina

Por Alberto González Carbajal

Una de las mayores molestias de llegar a cierta edad y, además, después de toda una suerte de excesos, es que el armazón que nos contiene queda dañado de manera irreparable, como un auto con el chasís vencido (quienes saben de mecánica comprenden que eso ya no tiene reparación, sólo se le pueden dar eventuales “manitas de gato”). En el caso de su servidor, además de padecer una enfermedad crónico-degenerativa, tengo algunas restricciones para comer y… ya saben cómo es esto: basta con que nos prohíban algo para que lo deseemos con la vehemencia de un amor imposible.

Sé que ya no debo consumir leche fresca (“la leche es para los becerros”, sentencia mi brujo de cabecera) y lo cumplo en la medida de lo posible so pena de sufrir consecuencias olorosamente desastrosas, de esas que son inocultables. También debo evitar el consumo de harinas refinadas, azúcares procesadas y grasas de origen animal, ya que esta combinación hace que mi nivel de glucosa se dispare como cohetón de fiesta de pueblo.

Sin embargo, cuando estoy de viaje encuentro muy complicado cumplir a cabalidad todos estos preceptos, ya que las comidas regionales de este país están basadas en gran medida en estos ingredientes y, a riesgo de parecer pedante, uno no puede decir que no a lo que generosamente ofrecen los locales, pues es casi inevitable que éstos no piensen en términos de salud, sino de desprecio, y cualquier chilango que se precie de serlo sabe que tiene que hacer honor a la fama de tragones que nos precede.

Todo esto viene a colación porque, durante mi estancia en la ciudad de Morelia (en el hermoso y desde hace ya algún tiempo herido y peligroso estado de Michoacán), fui convidado a merendar unos churros con chocolate en compañía del resto de la comitiva que acompañaba a nuestras chiquillas en la competencia deportiva sobre la que escribí la semana pasada. El caso es que, cuando yo dije que prefería sólo tomar un cafecito, recibí un mar de miradas de desaprobación, como cuando la suegra conoce al yerno por primera vez. Yo no sé si el desprecio se puede medir, pero de que se siente, se siente.

También es muy chilango que pueda más la presión social que el autocuidado, así que doblé las manos y accedí a ingerir lo que me ofrecían… Grave error. Desde que sentí el ingreso del azúcar y las harinas en mi organismo, y sobre todo el chocolate, me volví más empático con Sócrates en su postrer acto de apurar la cicuta.

Con auténtico chocolate moreliano (Foto: Internet)
Con auténtico chocolate moreliano (Foto:Internet)

Han de saber ustedes que el chocolate es uno de esos alimentos que me pierden. Y si, además, está preparado al estilo moreliano, con canela y cáscara de naranja, la tentación de olvidarme de todas las restricciones impuestas por la medicina sólo necesita un empujoncito para ganar la batalla. Puestos así, me empiné cuatro tazas de chocolate. Cuando iba por la tercera, sentí un leve retortijón al cual, por supuesto, ignoré. Algo tienen los placeres culposos que bloquean nuestro sentido de la prudencia. Nunca he entendido mejor la frase “Con este alimento, si quieres, me puedes envenenar”.

El siguiente aviso vino de la mano de mi cinturón, que comenzó a exigir que fuera liberado. Si estuviera en mi casa, simplemente me habría quitado el pantalón y ya; pero en medio de tanta señora, esa salida era, por decir lo menos, objetable. Así que apechugué, aun cuando comencé a sentir que la hebilla se insertaba en la piel de mi vientre. A partir de este instante comencé a angustiarme.

Tonto de mí, pensé que la reunión terminaría pronto y que me retiraría a mi habitación para sufrir mi tragedia en soledad; pero no: las señoras decidieron que esa tarde (casi noche) era un buen momento para componer el mundo a fuerza de palabras, mientras que mi mundo intestinal estaba iniciando una rebelión que adquiría características apoteósicas.

Aguanté lo más que pude. Me excusé para ir al baño del restaurante… sólo para encontrarme que, entre mi persona y la puerta tras la cual se me prometía una liberación, había una cubeta y un trapeador atravesados… señal bien conocida en naciones subdesarrolladas que significa: temporalmente fuera de servicio. A pesar de esto, pregunté si podía entrar. Una femenina voz cansina me respondió que en diez minutos podría hacerlo. Cuando la escuché sentí que los ojos se me salían. Dejando de lado mi diplomacia y mi vergüenza, le dije que necesitaba entrar porque estaba a punto de ocurrir una tragedia. La voz en cuestión se agilizó: me dijo que pasara con cuidado porque el piso estaba mojado. Me introduje en uno de los cubículos reservados para “hacer del cuerpo”, como dicen en mi pueblo, y sin importarme que esta persona siguiera allí realizando su labor de limpieza, liberé al monstruo que se formaba en mi panza.

Qué efectos especiales de película de terror ni qué nada, el caso es que esta parsimoniosa empleada huyó con impensable agilidad. No la culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Cuando al fin salí de la petite chambre, la valiente mujer estaba esperando afuera, armada con varios contenedores en los que pude identificar desinfectantes y aromatizantes diversos. “Una gran profesional”, deduje. Al llegar a la mesa, las comensales mi miraban con desaprobación, y la profesora que se encarga de entrenar de manera férrea, estoica y heroica a los productitos de nuestras entrañas en el bello deporte del voleibol, quien, además, no tiene pelos en la lengua, sólo me dijo: “¿Ya ve por qué dicen por acá que los chilangos somos bien tragones?”. No pude responder. El resto de la noche me la pasé preguntándome si el placer recibido justificaba tanto sufrimiento intestinal, aunado al oprobio social.

El placer es el placer, concluí para mis adentros, con actitud solemne, aunque a nuestra edad el costo sea “mucho muy alto”.

2 thoughts on “Entreluz

  1. Gloria 1 agosto, 2015 / 16:54

    Que gracia tiene tu texto. La situación que viviste no nos es ajena a la mayor parte de los “tragones”. Me gusta el refrán que menciona Carlota, y viene muy al caso, pero también se dice por ahí: “lo bailado ni quien me lo quite”. Se me antojó esa provocadora taza de chocolate.

  2. Carlota 31 julio, 2015 / 14:46

    Espero me disculpes pero no pude dejar de reír ante la trágica narración, estoy de acuerdo en que es muy difícil resistirse ante la presencia de algunos placeres y creo que el comer es el principal. Dice un refrán ” en el pecado se lleva la penitencia”. Me gusto mucho!

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