Yo lector

El viento de las sombras

Por Juan Pablo Picazo

Hay vientecillos tan débiles que apenas son capaces de cargar con algún perfume. Hay brisas benefactoras, que acarician y reconfortan ungiéndonos con suaves y deliciosos efluvios. Hay vientos que reconvienen amablemente, que nos recuerdan la fuerza de las cosas no humanas, pero al tiempo nos acarician comprensivos, casi pedagógicos. Y hay vientos que tienen sombra o sombras que generan vientos turbios, como asesinos eficaces que nos persiguen mientras tienen su voraz impulso.

Existen novelas fundadas en cada uno de esos vientos.

Recién termino La sombra del viento, de Carlos Ruíz Zafón. La fui dejando de lado durante mucho tiempo porque alguien que vaga por la vida como librepensador y conocedor supremo del lenguaje la glosó para mí como una novelilla entretenida, pero sin valor, palabras más palabras menos, su comentari06520330579000g01011o me parecía interesante en aquel momento, pero su tendencia al dogmatismo de su propio saber y su perenne y escandaloso padecimiento de lo que llamaba una jetatura persistente, entre otros factores, le hicieron perder estatura en tanto que comentarista literario.

Nuestras etapas de la vida pueden equipararse también al viento. La infancia con sus frescas y perfumadas brisas, los tempestuosos aires de la adolescencia, que se sueñan ímpetu y tormenta sin llegar a serlo, los fuertes y alocados vientos de la juventud y claro la civilizada mansedumbre de esos aires sabios y pausados que barren prestos pero sin virulencia alguna las terrazas donde los viejos descansan sus andanzas, vientos de lecciones aprendidas, dice el autor: “una de las trampas de la infancia es que no hace falta comprender algo para sentirlo. Para cuando la razón es capaz de entender lo sucedido, las heridas en el corazón ya son demasiado profundas.”

Recién cierro la contraportada y de una u otra forma, me he quedado perdido en el misterio de Julián Carax: escritor, prófugo, pianista, refugiado, niño genio, sombrerero, asesino, amante, fantasma de fuego, pirómano, demonio, ángel vengador, superviviente y protagonista casi en ausencia en una novela que lo persigue a través de una nube de testigos y no logra atraparlo nunca, pese a que se digna pasar por sus páginas en un par de momentos, muy decisivos eso sí.

No sé si trascendental o no, pero buena novela sí que lo es. Hay un juego de historias espejo que se reflejan una frente a la otra, entregándonos un ejemplo muy interesante de lo que significa viusualizar la Historia no como una sucesión de eventos, sino como una espiral capaz de reproducirse a sí misma y mantenernos en el espejismo de que siempre va hacia delante, cuando en la realidad retrocede, se muerde la cola como el uróboros y la suelta para cambiar de dirección no sin describir una serie de meandros que nos llevan a adelantar conclusiones no siempre tan lúcidas, aunque tampoco tan difíciles de adivinar, tal es la trama.

Pero ese pecado de Ruíz Zafón a ojos de quienes creen que toda pieza literaria debe esconder un misterio que sólo puede revelarse hacia el final, no lo es. Para mí lo que importa es el viaje que la novela ofrece, y toda novela excelente siempre nos propone un viaje, los finales, sorpresivos o no, sólo son un punto de ese viaje, y no lo demeritan en manera alguna. Durante ese trayecto uno suele aprender, crecer, enamorarse, desatar su ira, disolverse de ternura y muchas otras cosas, no. El final puede ayudar mucho, pero no lo es todo.

Sin embargo habrá que decir en honor a la verdad que ese final está muy a modo preparado como para una adaptación a cine comercial por sus tintes rosas y claramente previsibles. En el detalle de la trama, las sutilezas de los hilos argumentales y los velos que corre el autor dando pie a una confusión constante para quienes gustan adelantarse a los hechos, superan con claridad esos escollos.

Es hasta ahora el único material que he leído de Ruíz Zafón y tengo ese tiempo por bien empleado, una sorpresa agradable. Además me ha sorprendido, como lo han hecho libros como el Silas Marner por su carácter sentencioso y continuo. Frases que se sueltan aquí y allá haciendo juicios sumarios sobre las fotalezas y las debilidades humanas; esas frases de sapiencial cotidianidad, no pertenecen todas a los sabios, sino a personajes que ni siquiera pertenecen a la trama ,como el carnicero del barrio, a quien fermín Romero de Torres cita aquí y allá.

Los personajes se mueven en diferentes direcciones, pero siempre tendiendo a definirse o emborronarse en función de las necesidades narrativas; tanto, que uno mira a los Sempere como criaturas que se han desvaído antes de iniciar el relato; si, aún Daniel Sempere, con sus declarada confusión, y su timidez, y cobardía, pero va recuperando estatura; su padre que de inicio es la ignición de la trama al llevar a Daniel al cementerio de los libros olvidados, se apaga hasta ser parte del decorado, o casi.

Alguna vez pensé que odiaba al falso comentarista de quien la principio hablaba, tal fue la traición de sus actos, pero creo con Ruiz Zafón, que “odiar de veras es un ta­lento que se aprende con los años.” Y la verdad ese es un aprendizaje que nunca me ha interesado adquirir. No obstante aquello fue como arrebatarme un libro de esos imperdibles, que deben leerse al menos una vez en el transcurso de la vida. Léalo y cuénteme qué opina.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. madamelayla dice:

    Hace poco lo terminé también. Me gustó mucho la prosa, los diálogos usados, los personajes y esa trama al rededor de libros y mas libros reflejándose en cada momento vivido por cada uno. Coincidimos en que fue un tiempo bien empleado y una grata sorpresa la encontrada entre estas letras.

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