A través del espejo

Agosto 28

Por Karla Winkler E.

La voz femenina y amable de su reloj de mano le avisó: “Son las ocho horas, cero minutos”. Y repitió: “Son las ocho horas, cero minutos”, como si hubiera olvidado haber dado la hora hacía un instante. Él estaba solo en su casa. La voz continuó repitiendo y repitiendo las horas en el vacío. “Son las nueve horas, treinta minutos”, “Son las once horas, quince minutos”. Como si ese día, algo hubiese desordenado y vuelto un caos la memoria, el tiempo, el espacio…

Bajó a la cocina, y el comedor donde había desayunado cada mañana emitió un profundo suspiro. Puso un pan en el tostador y un huevo en el sartén.

“Hoy es 28 de agosto de 2014”, dijo la voz de su reloj, pero esta vez parecía salir de otro lugar. Él repitió tres veces la fecha, como para prevenir la confusión, como para no olvidarla. Hoy no iré al negocio, pensó con tristeza. Hoy es jueves, se acerca el fin de semana, el fin de mes.

Las nubes del Ajusco nublaron el verano de la casa y la llovizna resonó golpeteando las ventanas. Afuera, las ardillas, desconcertadas, corrieron entre ramas a guardarse. Los gatos maullaron a la puerta. El Sol asomaba por detrás de la lluvia y la casa se resistía en una ciudad de escoria y ruina. Era la única que quedaba en pie.

“Son las quince horas, cero minutos”. Él se olvidó del huevo; el pan se endureció y fue perdiendo su olor hasta quedar callado.

Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol abrió una ventana de la cocina. La casa estaba en silencio. Una suave música se alzó como fondo. Las sillas se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música de su guitarra y de su voz. La lluvia cesó. Después se tendió en su cama amada; luego se levantó y se asomó por las ventanas; más tarde le dio cuerda a su viejo y querido reloj de pared y unas bellas campanadas le anunciaron la hora. Ocurrió el más grande desorden esa tarde, como cuando en una relojería todas las maquinarias dan locamente la hora, una tras otra, en una escena de maníaca confusión.

Y en sus llameantes libreros otra voz más exquisita, noble y gentil, su propia voz, leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación. “Pobre llave desdentada, ¿para qué te he de guardar?”, se decía.

De pronto, una de las nubes se coló por la ventana abierta. Se expandió tanto… hasta entrar por sus oídos e invadir su cabeza, envolviendo cada circuito neuronal en una delicada gasa. “Son las dieciocho horas, cero minutos”, “Son las diecinueve horas, cero minutos”, “Son las veinte horas, cero minutos”. A las nueve de la noche la casa empezó a morir.

La voz fue apagándose, mientras la neblina lo envolvía todo, como el humo y el olor de las castañas asadas. Entró en los armarios y acarició las ropas que colgaban allí. Tropezó con los sillones, recorrió las habitaciones, llenando el aire con su perfume. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba sus árboles, su pasto, y endulzaba a los colibríes. Allí, como en una fotografía, su mujer hablándole a las rosas y a las violetas. La niebla cubrió todo el jardín con una luz blanca, en cascadas.

Y una voz ya con poca pila siguió repitiendo y repitiendo: “Hoy es 28 de agosto de 2014, hoy es 28 de agosto de 2014, hoy es…”

Foto tomada de Monk3y.tumblr.com
Foto tomada de Monk3y.tumblr.com
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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Angel Carlos dice:

    Hermoso retrato de un largo instante.

  2. Gloria dice:

    Que hermoso homenaje a un ser muy amado.

  3. Carlota dice:

    Muy melancólico, me dejo con lágrimas en los ojos pero muy bonito recordar las rutinas de ese hombre tan amado.

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