Entreluz

Otra vez, hierbas

Por Alberto González Carbajal

No tiene que mediar alguna petición médica para que cuide mi dieta, simplemente es el puro gusto. El caso es que, de vez en cuando, algo en mi cuerpo reclama que integre de manera constante plantas comestibles a mi ingesta diaria y hoy eso decidí reseñar: quiero hablarles un poco de mi experiencia comiendo algunas hierbas que, con ciertos ajustes, se convierten en verdaderos manjares.

En el pueblo donde nací, crece una variedad de quelites que, crudos, suelen ser un poco amargos; sin embargo, cuando son hervidos ligeramente y se elaboran como tortitas, toman un sabor simplemente genial. Si, además de esto, se les pone en el centro (de la tortita, por supuesto; no del país o del mundo) un poco de queso fresco (también de mi pueblo), se capean y se ponen a nadar en un caldillo de jitomate aromatizado con una pizca de comino y unas hojas secas de yerba santa, se convierten en verdadera ambrosía. Esta delicia es muy barata, impresionantemente nutritiva y llenadora.

En el pueblo de mi padre, a los magueyes los dejan crecer hasta que el quiote (es como un pistilo con esteroides) alcanza unos dos metros y en sus puntas se forman unas vainas que contienen lo que debería ser una flor que, en su momento, debería mostrarse en todo su esplendor; sin embargo, la gente de ese lugar (y de muchos otros, según sé) las corta para cocinarlas de muy diversos modos: a la vinagreta, capeadas en tortitas, asadas en un comal o hervidas y cocidas con tequesquite (sal de tierra). Tengo que decir que estas vainas tienen un sabor inigualable, de ésos que, cuando te preguntan: “¿A qué saben?”, sólo puedes responder: “A flor de quiote”. Sé que a nosotros, los habitantes de las ciudades muy grandes, nos puede resultar milagroso encontrarlas, pero, si alguna vez (de pura chiripa) las hallan, no dejen de probarlas; no hay posibilidad humana de que se arrepientan.

Incluso en esta ciudad que alguna vez fue “chinampa en un lago escondido” y que en estas épocas de lluvias amenaza con recordarnos la vocación lacustre de este valle, podemos encontrar hasta en la calle, brotando de modo silvestre, las verdolagas (como dice la canción: “Nomás las riegas tantito y crecen como la plaga”) y aunque confieso que guisadas no son de mis sabores favoritos, presentadas en forma de ensalada, crudas y no muy picadas me fascinan. Yo les pongo unas nueces picadas, un poco de queso de rancho añejo rallado (de ése que se nos olvidó en el refrigerador y que cuando lo descubrimos está tan duro que podría servir de parque para resorteras u hondas), algunos granos de granada, algo de jengibre picado y vinagre de piloncillo. Para esos días en que uno quiere comer algo sin sobrecargar el estómago, caen muy bien.

El punto medular de aderezar nuestra vida con las hierbas comestibles es que, de algún modo, significa reconciliarnos con la tierra, de donde venimos y a donde inevitablemente hemos de volver. Además es barato, las podemos comprar a los pequeños comerciantes que, en los mercados públicos y en los tianguis, ocupan los puestos más pequeños, y así, entregamos el dinero a quien realmente se lo ha ganado.

Imágenes tomadas de internet
Imágenes tomadas de internet

2 thoughts on “Entreluz

  1. Gloria 12 septiembre, 2015 / 11:23

    Estupendos consejos: sabrosos y nutritivos. Me encanta la idea de poder eliminar (en el buen sentido de la palabra) a los intermediarios.

  2. Angel Carlos 11 septiembre, 2015 / 13:01

    Apetitoso relato con un final muy acertado.

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