A través del espejo

Lluvia traicionada

Karla Winkler E.

Todo invasor humano es sordo. Aplasta sin ver a quién. Ni siquiera es personal. Y no lo es porque no hay persona delante de él, sólo inconveniente, territorio conquistable, molestia, reto. Si tuviera ojos para ver al otro, ¿se atrevería a pisotearlo así? Hace falta cerrar los sentidos, anular la empatía. No es tan fácil. Ni siquiera un ratón puede considerarse invasor: con gran humildad, miedo, reverencia casi, realiza sus hurtos, no quiere molestar a nadie, al contrario. Y vive con todos los sentidos puestos en el otro. Su vida depende de eso. En cambio, cuando de seres humanos se trata… ¿puede un país, una ciudad, un barrio, una calle, una casa… vivir en armonía cuando los habitantes son, esencialmente invasores o invadidos?

Tocó la puerta de la casa insistentemente, con la misma desconsideración, con la misma imprudencia con que una vez lo hizo el hermano, el padre, el tío… Allí estaba el inoportuno invasor, la presencia de uno de ellos, intempestiva como previsible a la vez, en lo que había sido hasta un instante antes una delicada tarde de lluvia. Ya sin la sutileza de las gotas en las ventanas, ya sin su fondo musical. El recién llegado venía repleto de ruido, de brusquedad, destrozado en su más amplio significado. Irrumpía de todas las maneras posibles con un sólo soplo.

He estado despidiéndome de muchos de ellos, con un dolor, con un adiós al borde de sus tumbas; ya estaban muertos desde hace años, con esa cruel certeza a la que me resistía. Por un tiempo me sobrepasó la tristeza y la incredulidad en el alma. Caer en la distracción era en todos lo familiar, la regla, sin mirar atrás ni adelante; únicamente, debía andar husmeando por el suelo, o bien, embelesada con el cielo; mas siempre iba y venía inmersa en insondables preocupaciones que alternaba con constantes cuestionamientos sobre sus faltas, pero de sensibilidad, de afabilidad, de cortesía. Una situación que sufría más frecuentemente de lo deseable.

Los invasores nunca saludan con finura, ni siquiera te piden permiso para entrar a tu casa. Te ordenan: “Ábreme”. A veces lanzan un alarido espeluznante y te chillan con voz de mandamás, y hasta puede que hagan sonar, para rematar este género de apariciones indeseables, el volumen exacerbado de su chirrido. Lo que no podría suceder es que lleguen con un pastel, con una flor o con un: “¿Cómo estás?”, sin que lo interrumpa un: “Yo estoy…” o un: “A mí…”, cerrando la escucha, tapiando el corazón y dejando charcos estancados por el suelo.

Foto obtenida de internet
Foto obtenida de internet
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Un comentario sobre “A través del espejo”

  1. Egoísmo, falta de caridad (amor), nula empatía, tantos adjetivos que se pueden dar a nuestra miseria de humanidad. Me pregunto que hace que sí queremos ser buenos con nuestro prójimo a veces actuamos de manera contraria?

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