Entreluz

¿Patria?

Por Alberto González Carbajal

Campana de la Independencia en reparación (Foto: internet)
Campana de la Independencia en reparación (Foto: internet)

Como cada año, las calles se iluminan, las banderas adornan las ventanas de las casas, la música vernácula (la de a de veras, no esas cosas pavorosas que se escuchan en muchos lados) inunda muchos lugares públicos y privados; de súbito recordamos que el lugar donde nacimos es este país, nos decimos mexicanos hasta las cachas, nos acordamos que odiamos al dichoso Masiosare (ese extraño enemigo) y su seguro servidor se confiesa un poco extraño porque lo primero que recuerda es que no le dan ganas de cantar eso de: “Soy puro mexicano, nacido en esta tierra”, etc.; lo que realmente quiere es contrapuntear a todos recitando a voz en cuello el poema “Alta traición”, de José Emilio Pacheco.

Tanto fervor patrio me produce una suerte de tristeza mezclada con melancolía, como cuando se tiene un dolor corporal que no dobla pero molesta lo suficiente como para concentrarse en las cosas verdaderamente importantes, como cuando un mosco decide que el mejor momento para alimentarse (de uno) es justo cuando uno comienza a entrar en la fase más profunda del sueño y ese zumbido impide llegar al reino maravilloso de lo onírico.

Así me pongo, como chípil. Qué le voy a hacer, yo creo que la patria es otra cosa. ¿Qué cosa? Pues esa alegría que nos invade cuando estamos junto a los seres que más queremos, cuando llegamos a los lugares que más nos llenan, cuando recordamos los caminos que hemos recorrido, cuando los olores de las frutas frescas nos saturan el sentido del gusto hasta embriagarnos, cuando en medio de una ciudad tan gris nos toca ver un atardecer de esos que parece que incendian el cielo, cuando admiramos la forma en la que rezan algunos, como los tzotziles de Chiapas o los rarámuris de Chihuahua, o los pames de San Luis Potosí, cuando llegamos a los lugares que habitaron nuestros héroes particulares y, de algún modo que no se expresa con palabras sino con los vellos erizados, sentimos su presencia todavía, como recordándonos que el trabajo todavía no está terminado; cuando en el milagro de las coincidencias descubrimos a otros seres humanos con los cuales compartimos una causa común (no se les olvide que el 14 de octubre hay paro nacional, por cierto), cuando recorremos algunas de las muchas zonas deprimidas de este país y sentimos esa punzada en el estómago que nos recuerda que la desigualdad es la regla y no la excepción, cuando las lágrimas afloran al enterarnos de que la violencia crece a tal nivel que ya alcanzó hasta a algunas personas que conocemos; cuando la rabia que generan las acciones o inacciones del gobierno alcanza el nivel suficiente como para pensar el modo de colaborar con el cambio hacia un mejor Estado de derecho (esto último ocurre un día sí y otro también).

Reflexiono esto mientras degusto un pozole delicioso, en medio de una “Noche Mexicana” de la cual no me puedo ni quiero zafar, porque, a pesar de todo lo que dije anteriormente, también aquí encuentro algunos de los puntos que mencioné líneas arriba: no encendemos fuegos artificiales, no vemos la ceremonia del “Grito de Independencia”; sólo nos deseamos una mejor patria para todos. La lucha todavía es muy larga.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Angel Carlos dice:

    ¡Muy bien dicho, querido Alberto, has reflexionado con gran acierto! ¡Vaya un abrazo muy mexicano para ti!

  2. Gloria dice:

    Que hermoso texto. Compartimos esas emociones y el deseo de una nueva patria.

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