Lenguaje y simulacro

Estampas

Por Xaviera Hoffman

I.

Serrana “La Giganta”, peluda y cachonda, era insoportable poco antes de que le bajara la regla. Mes con mes el mismo deseo ardiente que le quemaba entre las piernas, cegaba el poco sentido común que nunca le hizo falta. Y sólo entonces buscaba hombre, uno que la saciara por días y noches enteras.

Sabía de hierbas, conocía el monte y muy a su pesar recobraba la razón cuando a su presa se le iba apagando de a poco la vitalidad, igual que un pez boquea al ser pescado. Entristecida, torpemente lo sobaba, como si los mimos curaran los moretones y las contusiones internas. Pero se le escurría de entre las manos como se desbarata aún caliente un pájaro al ser masticado vivo o como se nos va el amor propio frente al rechazo.

Nunca había rito funerario ni duelo. A lo mucho unas flores sobre la tierra removida.

II.

Después de la guerra, él está convencido de que es una serpiente. De la noche a la mañana se arrastra por los pasillos, bebe del escusado, come bichos y alguna vez intenta devorar a su mujer. La familia está preocupada. Lo encierran en una jaula. Lo alimentan con ratones y huevos crudos. Rezan por su alma. Pero ahora su alma es más paciente que nunca. Sólo que al sentirse acorralado abre la boca y bufa y muerde a la menor provocación.

III.

Veo tu cara: tu cara “la última y nos vamos”. Tu cara de feliz cumpleaños. Cara de: NO. Veo tu cara con pelo. Veo tu cara sin pelo. Veo tu cara como una invitación. Veo tu cara desangelada y perdida. Tu cara de puchero. Tu cara de “ahí te voy”. Veo tu cara y no la veo. Veo tu cara porque quiero. Veo tu cara. Tu última cara. Veo tu cara de adiós.

Veo tu cara de hola y de buenas tardes. Tu cara de no me sueltes. Tu cara de “ya me voy”. Veo tu cara hinchada y rígida. Veo tu cara bella. Tu cara-Tu cara. Tu bendita cara. Tú, bendita cara: clara, cristalina, inalterable, surcada, amañada, de araña patona, de fiera, de salvaje, de perro en carnicería, de vidente, de ilusionista, de pescador.

IV.

Prendió la luz, y de pronto tenía al descuido enfrente. ¿En qué momento ese cuerpo se había salido de control, para convertirse en algo tan distinto a lo que tenía grabado en la memoria? Culpó al tiempo. Culpó a la crisis, al país, a las responsabilidades y a la frustración. Pero en el fondo sabía que era inútil justificar las consecuencias de toda una vida. El uso, pensó. El uso y el desgaste. Somos desechables.

V.

Romina, en un arranque de desesperación, busca por toda la casa una cajetilla de cigarros. La encuentra vacía. Entonces piensa que quien tiene buena memoria tiene algo de suicida. Inmediatamente se corrige, más bien: quien tiene buena memoria tiene todo el derecho (y el privilegio) a ser un suicida en potencia.

La mente tiene que estar de tu lado para que te ayude a perder lastres de vez en cuando en la construcción del tiempo. Claro, sin ser necesariamente una tara, más bien podríamos interpretarlo como una trampa. Al fin y al cabo, ¿qué ejercicio es más peligroso para la soberbia y para el Estado que la acumulación de recuerdos “verdaderos”?

Llueve y no tiene ganas de mojarse, así que esperará a que escampe antes de salir a la tienda.

VI.

Hombre, hubiéramos huido hasta hallarnos hechos harapos, hediondos, hoscos. Holgazanes, hurtaríamos hambrientos: hogazas, huevos, higos, huesos, hígado, hórrido hachís. ¡Ha! ¡Henos humildes halagándonos habitualmente! Hablando… Harta harmonía, hermano. Harta hazaña, hierba, heroica hermenéutica. Humanamente hurgándonos. Humanos. Harta humedad, humor, historia.

VII.

El refrigerador no pudo contener más el abandono. Tenía semanas sin volver a casa. Sus parientes y amigos lo buscaban por todos lados con la esperanza de que aún estuviera con vida.

Nada hay más triste que un desaparecido. Es un fantasma. Una sombra errante que continuamente acecha nuestros recuerdos. Un dolor que punza entre la incertidumbre y la razón.

Los días pasan y las historias mentales de lo que podría estar sufriendo varían, y se vuelven cada vez más terribles. Es un ser querido que no tiene entierro, ni fiesta de bienvenida, ni duelo.

"La última y nos vamos", grabado de Juan Sebastián Barberá
“La última y nos vamos”, grabado de Juan Sebastián Barberá
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