Entreluz

Quemar las naves

Por Alberto González Carbajal

La mayoría de nosotros, los que no nacimos en cuna de oro (si acaso, tuvimos un catre de ocote o tejamanil), crecimos escuchando, primero en casa y luego a todo la largo de nuestro camino, desde el tiempo estudiantil hasta el laboral, algunas frases que intentaban afincar en nosotros la idea de que lo mejor era tener un empleo con una remuneración fija que nos permitiera llegar a la vejez con una casita de interés social pagada, alguna micropensión y con los placeres cotidianos muy medidos, en equilibrio exacto con los ingresos que tendríamos por ser unos buenos y constantes empleados. Así, además, ganaríamos la reputación de ser “ciudadanos ejemplares”.

De nuestros progenitores y mentores escuchábamos frases como “Hacer pie”, “Obtener la planta”, que se referían fundamentalmente al objetivo de permanecer el mayor tiempo posible en una sola empresa, entregándonos a ella en cuerpo y alma hasta que un día tuviéramos tatuada en la piel algo así como una placa que nos indicara que ya éramos “activos de la compañía”, con el reconocimiento social y la paz económica que esto implicaba.

Sin embargo, hoy por hoy, tal como está el mundo, esos consejos suenan, por un lado, vanos y, por otro, casi imposibles: la masa laboral más joven no desea permanecer “más tiempo del necesario” en sus empleos, se encuentran siempre en una búsqueda incesante de mejores opciones; su sueño es ganar mucha lana sin tener que involucrarse en nada. La otra cara es que tampoco los empresarios quieren que sus trabajadores acumulen antigüedad, pues eso les cuesta dinero.

Se sabe, por ejemplo, que un empleador potencial, cuando valora las solicitudes de trabajo, revisa primero el CV de aquellos candidatos que en ese momento están laborando en algún otro lugar. Según ellos, esto indica un buen nivel de “estabilidad laboral”. Por supuesto, es absurdo. Lo sé de cierto porque, cuando me ha tocado asesorar a algunas empresas en las entrevistas a aspirantes de ciertos puestos que requieren de visión a largo plazo y capacidad de compromiso, la constante en la visión de los aspirantes es que no hay visión; sólo desean “estar donde puedan estar mejor”, aunque esto sea nada más un concepto vago, pues cuando se les pide definir su proyecto de vida… no hay nada específico, y si algo me queda claro es que, si quieres llegar más lejos, a un punto decidido de antemano como meta, es absolutamente necesario arriesgar algo. Cuando uno se lanza, la vida se vuelve infinitamente más emocionante, sorprendente y… curiosamente, productiva.

Todo esto lo reflexiono cuando la sargento Palulinky me pide que le auxilie en la definición de la frase “Quemar las naves”. Le cuento la historia de Hernán Cortés y de Alejandro Magno y de que esta suerte de renuncia a la seguridad, a tomar como premisa el “vencer o morir en el intento”, se ejerce cuando no tienes más opción para llegar a tu objetivo.

“¿Tú hiciste eso cuando ya no tenías más opciones?”, me cuestiona con sus grandes ojos inquisidores. “No”, le contesto; sí tenía más opciones (siempre he encontrado más de una opción, por fortuna). Y le cuento del día que decidí dejar de ser empleado para buscar el pan de cada día por mi cuenta. Sí: si me hubiera quedado en alguna empresa, tendría opciones más o menos seguras y sin problemas, pero sentí que había llegado el momento de arriesgarme para encontrar un futuro mejor que me permitiera lograr ciertos objetivos específicos, y siendo empleado ese futuro simplemente no iba a llegar.

“Pero, a ver, tú siempre dices que hay que ver ejemplos de todo: ¿Tú dónde viste ese ejemplo?”. Buena pregunta. Para contestarle, recordé que, hace algunos años, un individuo al que admiro profundamente hizo lo mismo, y de manera voluntaria, pues las circunstancias no lo presionaban para moverse de su sitio. Era empleado de una entidad extranjera donde percibía un sueldo muy decente que le permitía mantener a su familia de clase media con una honrosa medianía y algunos lujos; la jubilación se alcanzaba a ver ya en su horizonte, pero un buen día dejó el puesto y se arriesgó a trabajar por su cuenta. Su ideal de vida era ser dueño de su tiempo, y no perder la existencia en embotellamientos de tránsito, pláticas vacías y conductas políticamente correctas. Descubrió la maravilla que es depender de su propio esfuerzo y se sintió muy bien. Esa persona, desde hace años y aun hoy en día, es mi ejemplo en muchos aspectos; es mi familia aunque nos une sólo la filiación amorosa: sus hijos son mis hermanos del alma, ergo, es mi padre del alma.

Palulinky me dice su nombre y yo me siento agradecido.

 

One thought on “Entreluz

  1. Angel Carlos 13 noviembre, 2015 / 15:58

    ¡Qué buen diálogo con mi linda nieta espiritual, querido Alberto! Es una incitación a enfrentar con cauto entusiasmo “la incomparable aventura de vivir”.

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