Entreluz

Oración kinética

Por Alberto González Carbajal

En los últimos años, su modo de llegar ha manifestado algunos cambios: cada vez más lo hacen en bicicleta. Interminables caravanas recorren las avenidas que confluyen hacia la Basílica de Guadalupe, desde varios días antes de la celebración de las apariciones de la Virgen, el 12 de diciembre de cada año. El año pasado, de acuerdo con las cifras oficiales, circularon, en un lapso de 96 horas, alrededor de 7 millones de personas. ¡Eso más que la población entera de algunos países latinoamericanos!

Para los que vivimos en un radio de menos de cinco kilómetros de este santuario, esta época nos acarrea muchas complicaciones. Uno se va adaptando, pero de todos modos siempre hay consecuencias. Hace algunos años, por ejemplo, tuve que estacionar mi auto varios kilómetros lejos de mi hogar debido a que las vialidades que me llevaban a éste fueron cerradas por la policía.

O como en ese otro año en que logré moverme entre la masa de gente… sólo para terminar atorado durante tres horas a unas cuantas cuadras de mi casa, pero en una vía en la cual estacionarse estaba prohibido. Nunca antes había deseado tanto escuchar la voz de Spock (del universo de Star Trek) avisándome que el teletransportador estaba listo y en espera de instrucciones, o que mi auto fuera el Delorean de Back to the Future (el que sale en la tercera parte) para hacer un despegue vertical.

Pero más allá de esos detalles que uno mismo “se busca” (como decían las abuelas) por querer llevar un ritmo normal cuando se vive en esta zona de confluencia, el asunto es que, en los interminables momentos en que uno pasa detrás del volante cediendo el paso (a veces de manera voluntaria y a veces forzado por el volumen de la gente que circula frente a uno) a los peregrinos que cada año transforman su fe en huellas de pies o rodillas en el asfalto… o ahora en pedaleadas de bicicleta, su servidor no puede dejar de asombrarse de las expresiones que se ven en esos interminables rostros que, con decisión, convierten la penitencia de avanzar tantos kilómetros para sólo estar, en la mayoría de los casos, unos minutos, si acaso una hora, en este lugar (y ni se diga la brevedad con que una banda transportadora los pasa por delante del ayate de Juan Diego).

Los hay que van con dolor, dolor espiritual (el físico aparecerá después); otros, con una alegría que refleja la certeza de que su año por venir será mejor que el que acaba de pasar; y muchos más van como en trance, sin darse cuenta realmente de dónde se encuentran: cuando alzan la vista o hacen un alto surge un poco de asombro, especialmente si su lugar de origen es alguna comunidad serrana y alejada de las grandes ciudades. Al reiniciar su camino se vuelven a sumir en ese estado de introspección en el que sus pensamientos vuelan… seguramente a sus anhelos, pequeños o grandes, pero sólo de ellos.

Para mí, el peregrinar es un modo de hacer oración. Lo he visto en los habitantes de algunas comunidades del sureste mexicano que, en las ceremonias religiosas católicas, acostumbran realizar algunos movimientos que pueden interpretarse como bailes pero que, de acuerdo a sus propias palabras, “son para entrar en comunidad con el Altísimo”. De ese mismo modo creo que los peregrinos recorren todas esas distancias para establecer su propio diálogo interior, desde el cual pueden entonces hacer su propio acercamiento al objeto de su fe.

Se ha dicho en infinitas ocasiones que siendo mexicano se puede ser no católico pero que es inevitable ser guadalupano; esto es porque, cuando tanta gente expresa su fe en un espacio y un tiempo tan breves, uno se siente primero agobiado y después arrobado. Por lo menos eso es lo que me pasa a mí, aunque mi visión puede ser subjetiva en función de que sí profeso la religión católica.

Todo esto lo escribo a dos días de la fecha del festejo central. Voy en sentido contrario a los peregrinos, recorriendo mi propia penitencia por ir cómodamente en un auto mientras ellos descubren con gusto que, durante estos días, las calles son sólo de ellos, derrotando a los vehículos… y al miedo.

Guadalupanos hormega
Fotos: A. González e internet. Collage: A. González
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