A través del espejo

La primera muerte

Por Karla Winkler E.

Ella tuvo la culpa de que a los siete años yo me acostara sobre la alfombra de la sala, imaginara que el techo era el universo, me hundiera bajo el piso y desapareciera en el abismo. Tuve que estar mucho tiempo como en un limbo, un estado que me obligaba a rascarme con mis propias uñas, que me hacía parecer una versión extraña de mí misma, que intentaba esconder debajo de mi cobija blanca para que mis hermanitos no se enteraran de nada. Pero era obvio que me había pasado algo raro: era una niña de siete años y mi mundo se había transformado en algo desconocido.

Todavía me acuerdo de aquella noche. Era diciembre, estaba en la mesa del comedor escribiendo mi carta a Santa Claus y mi madre estaba preparando la cena en la cocina. De vez en cuando le hacía preguntas acerca de los detalles que debía contener una carta bien hecha y de los requisitos en el sobre. Ella me respondía cualquier cosa, pero yo sabía que estaba distraída. ¡Y yo necesitaba datos exactos si quería que esa carta llegara a su destinatario en el Polo Norte! Me aferré a seguir preguntando sobre la ciudad, el número, y cada uno de los datos de la dirección que mis letras debían alcanzar. Mi madre me decía que no hacía falta nada de eso.

Santa Claus Karla La hormega
Foto: K. Winkler

La miré y ella seguía cocinando, entretenida. Subí los brazos, los estiré sobre la cabeza, y me preparé para insistir. Tomé aire y volví a preguntar. La desesperé. Tuvo que declarar. Fue cuando me levanté de la mesa y me acosté sobre la alfombra. Mis manos tocaron la superficie, pero no la traspasaron; caí… pero a la vez quedé suspendida unos segundos en silencio, tirada sobre la alfombra. Lo que me dolía no era que el sujeto no existiera; ni siquiera recuerdo qué juguetes le pedí en aquella carta. Lo que me dolía era el derrumbe del mundo. Allá, a lo lejos, la alfombra ondulaba como si fuese el mar. Era un mar infinito, ocupaba todo el piso de mi casa. Tenía siete años y ya no podía creer en nada. ¿Por qué él podía no existir y lo demás sí? Ese día entendí que el Ratón, los Reyes Magos, la Virgen, Dios y las películas de Disney eran una farsa.

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3 comentarios sobre “A través del espejo”

  1. Mmhh, Hace poco comentaba con una amiga sobre los usos de la fantasía para con l@s niñ@s. Le dije que mal encausada puede resultar aberrante, crear enajenación a posteriori o como en tu historia, desilusión. Pero que bien enfocada puede servir de herramienta para la imaginación.
    Lo que sí es que fue poco afortunado, como narras, que a tan escasa edad. y tal parece que abruptamente, se te haya declarado la verdad, sobre Santa.
    Tocas un tema que en cierta forma es polémico: ¿Se debe inducir a l@s niños a aceptar personajes irreales?
    Por mi parte creo que es agradable la tradicón, más de Los Reyes -,no soy tan fan de Santa, posible caso especial xenofóbico en mí, aunque Los Reyes no son precisamente mexicanos- porque permite trasladar la tradición judeo-cristiana de hacer obsequios a l@s niñ@s, nuestr@s niñ@s, y, en varios casos, a aquell@s niñ@s desfavorecidos económicamente.
    Quizá no sea aquí lugar para citarlo, pero lo haré. Cuando mis chamacos llegaron a la edad, 10-11 años, en que cierto día de Reyes de plano se les llevó a que ellos eligieran sus juguetes, les expliqué, fantásticamente, que los padres representabamos y colaborabamos con Los Reyes, que si habían existido y se podía tomar como que aun existían, ya que debido a ellos, Los Reyes, se REALIZABA el hacerles obsequios. Nunca hemos tocado el tema de cómo tomaron tal evento, lo que sí recuerdo es que al poder escoger, con cierta sugerencia, ellos sus juguetes se mostraron alegres.

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  2. Como bien dice Gloria, la desilusión es el corolario inevitable de todas las ilusiones. Con tu texto, Karla, nos haces volver a sentir nuestro primer contacto con la realidad.

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  3. Cuando somos niños queremos atención inmediata y respuestas concretas a nuestras preguntas. Luego entendemos que los adultos no siempre podemos satisfacer esas necesidades de los pequeños. Los dulces engaños, como por ejemplo Los Santos Reyes, tienen que ver con los usos y costumbres de nuestras sociedades y a los niños de ciertas clases sociales los llenan de ilusión…y después de desilusión.

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