A través del espejo

Canto interrumpido

Por Karla Winkler E.

Incluso cuando éramos cinco a la mesa: papá, mamá y nosotros tres, yo cantaba. Cantaba todo el día. En la casa, en la escuela, por supuesto en el coro. Por la noche, con la puerta cerrada para no despertar a nadie, también cantaba. Incluso muy entrada la madrugada ponía música para poder dormir o escribir mi diario.

En mi habitación, aquel sonido creaba una atmósfera segura y tranquilizadora; tanto como el murmullo de la telenovela de mamá por las tardes, el ruido de platos en la cocina, las risas y lloriqueos de mis hermanos, el canto de los grillos en el jardín, las tonadas del río de la barranca cada vez que paraba de llover, los dulces gritos de los pericos al amanecer.

El Sol, el viento, la Luna, la noche, las estrellas, las nubes, la lluvia, la música, todo era maravilloso. No tenía miedo de nada. Ni de las sombras ni de las historias de suspenso que tanto me atraían.

Tal vez fue a principios de enero de un año mortal, cuando levanté la vista y dejé de cantar. Ahora pienso en la interminable cinta de cassette atorada en el estéreo, la pasta rota de mi libro, y sobre todo en el atizador, las pinzas, el fuelle, cada utensilio sin estrenar junto a la chimenea. Sí, probablemente era invierno, con el mismo frío de ahora, y acababa de tomar un café, cuando levanté la vista y supe que jamás se estrenarían. Levanté la vista, a través del humo de mi incienso, y ésta se fijó durante unos instantes en ese humito delgado, el único al que podría aspirar aquella chimenea intacta. Despacio, minuto a minuto, los utensilios se empolvaron junto a ésta. Los adornos, las cortinas, los muñecos de porcelana pintados por mi abuela, los corazones de azúcar de colores… El silencio.

A mitad de un trago del café, uno de aquellos estremecimientos; era como verlo todo por primera vez: escaleras con alfombras palaciegas, dorados marcos de espejos desgastados; el dormitorio, rayas de plata, jarrones negros azulados.

Ahora, esa puerta se ha cerrado. El canto se ha interrumpido otra vez. Entro pesadamente a mi cuarto, dejo sobre la cama mi camisón, quedo de pie junto a mi tocador. El espejo… evito el espejo. Es el mismo rostro del año pasado. Y nada más. Y después suspiro, me tiro a la cama. Las doce de una noche de enero, la llovizna, el termómetro en descenso; allá tras las cortinas un resplandor de luz de Luna que se apaga con las nubes. Con eso, nada hay que mirar. Un momento de vacío… ¿En qué pienso? En nada. Se puede no pensar en nada. Acostada ahí, ante mí misma, duermo o lo finjo. He visto. En ese mes de enero vi objetos que jamás volverán a ser míos. Y que nadie usará. La puerta se ha cerrado.

Así, a punto de dormirme, llega una idea a mi mente, me hablo en silencio, como lo vengo haciendo toda la vida. Me digo más o menos lo de siempre. Me digo que, si estoy viva, tengo suerte. Me digo que la vida es de una futilidad total, que no tiene sentido y que, para tocar la vida, hay que cantarla.

Canto interrumpido-K Winkler Foto LE González
Foto: LE González
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3 comentarios sobre “A través del espejo”

  1. Bella narración. Leí hace poco que “Hallar sentido en el relato de una vida es un acto de creación”. Me gusta tu frase: “para tocar la vida, hay que cantarla.”

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