Entreluz

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Cuna de bobos o De cómo el Chapo descubrió que los narcos también lloran

Por Alberto González Carbajal

Desde el inicio de los tiempos, el poder ha utilizado el entretenimiento para evitar que el pueblo reflexione sobre su realidad. Con esto se han evitado muchos estallidos sociales, siempre con la premisa de que los gobernados nunca tendrán la madurez suficiente como para poder decidir su futuro.

El arribo, en el siglo XX, de los medios masivos de comunicación (primero la radio y después la televisión) contribuyó de manera significativa con esta labor, especialmente a través de un género cuyo éxito logró, en algunos momentos, paralizar éste y otros países latinoamericanos. Me refiero, por supuesto, a las novelas, primero narradas en el radio, después actuadas en televisión en blanco y negro y, por último, a (glorioso) color.

En estas historias siempre había buenos, que eran casi siempre tontos, bonitos e ingenuos; y malos, que eran extremadamente inteligentes, social y económicamente exitosos y, por supuesto, con un atractivo a toda prueba. Estos arquetipos de algún modo proyectaban el pensamiento social de la gran mayoría de los pobladores de Latinoamérica.

El asunto comenzó a cambiar cuando estos mismos receptores comenzaron a darse cuenta de que las cosas no eran siempre en rosa y azul, que el resto de los colores sociales y emocionales también existían. Entonces, estas novelas se dieron a la tarea de incorporar algunos aspectos de la realidad, sin que llegasen a ser tan tajantes ni tan brutales como la realidad misma, por supuesto. Cuando la pobreza de nuestras naciones fue creciendo y devorando a la clase media gracias al feroz neoliberalismo, fue necesario incorporarle al guion algunos pobres más y, cuando la violencia se desbordó, también fue necesario mostrarla, pero como algo que tenía que ver con decisiones personales, nunca con estructuras socioeconómicas.

Así llegamos a estos días. En este género llamado telenovela, ahora se habla de narcotráfico, drogas, diversidad sexual, pobreza… pero siempre matizando de algún modo (haciéndolo light, descafeinado, sin argumentos que incomoden al espectador y lo hagan pensar), siempre haciendo recaer la responsabilidad sólo en las decisiones de los malos y los buenos. Por supuesto, el arquetipo ha cambiado también: ahora ya no siempre el malo es tan listo ni el bueno tan tonto; pero el asunto es que siempre hay un final feliz… o casi, si es que se quiere que haya segundas partes.

Leo, comparo y mido la cobertura que se le está dando en estos días a la recaptura del Chapo Guzmán. Hago lo mismo con las noticias económicas y sociales y… descubro que todo esto de la captura es, obviamente, una moderna telenovela. Ahí están incorporados todos los elementos necesarios para que sea un éxito de rating: hay un bueno que fue engañado por sus más cercanos colaboradores; un malo que, haga lo que haga, siempre será alcanzado por el largo brazo de la ley; y un obligado romance, el factor esencial para que el corazón del público viva intensamente. En este caso, se trata de un amor imposible entre el malo y una estrella rutilante (eso fue aportación de las telenovelas sudamericanas). Y, por supuesto, los guionistas limpian con cuidado la imagen de los gringos que, como no pueden aplicar la justicia en su propio territorio, ejercen su patria potestad (que, según ellos, Dios les dio) en su patio trasero.

El final de esta historia está anunciado desde el principio: el malo, que tiene muchos enemigos, que siempre hará lo posible por escapar, que no tiene otra cosa que hacer más que hacer el mal, se suicidará o será abatido cuando intente huir, o descubrirá que tiene una enfermedad incurable que acabará con su vida. Del romance, quedará ahí… suspendido en el aire como lo que pudo haber sido, si el malo no hubiera abrazado un destino “equivocado”. El caso es que, y aquí hablamos ahora de lo que el gobierno mexicano desea con todo su ser (y que, si esta telenovela siguiera en sus manos, escribiría sin lugar a dudas), el narcotraficante nunca podrá confesar nada a los gringos porque con la justicia mexicana basta. La verdad es que en el país del norte sí podrían (¡oh, por Dios!) “sopearlo” (obtener un mar de información inconveniente) a cambio de una reducción de condena o de no quitarle todo su billete, o las dos cosas. Si el gobierno gringo obtiene esta información, por supuesto, nunca la va a hacer pública. El manejo de esta delicadísima materia es su especialidad para mantener quietecitos y obedientes a los gobernantes latinoamericanos en turno.

Mientras todo eso ocurre, nuestra economía se va literalmente al barranco. Cuando en abril se den a conocer las cifras sobre el desempleo, la disminución del poder adquisitivo, el aumento de las tasas de interés bancarias y el regreso de la inflación galopante, seguramente veremos el siguiente capítulo de esta apasionante telenovela.

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Angel Carlos dice:

    ¡Excelente artículo, mi querido Alberto! Lo leí con gran placer.

  2. Gloria dice:

    “Pan y circo”. Sólo que en nuestro país falta pan y sobra circo. (No es contradicción: Creo que también sobra el PAN).

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