Entreluz

De sorpresa en sorpresa

Por Alberto González Carbajal

Desde antes de nacer mostró su afición por sorprenderme: Un buen día, la mujer de mi vida tuvo a bien anunciarme que, por segunda ocasión, estábamos embarazados. Como debe ser en estos casos, me caí del sillón en el que reposaba tranquilamente y el sueño me abandonó de súbito. Habían pasado más de cuatro años desde que la Capitana Nenetiti había llegado a nuestras vidas.

Aunque la mujer de mi vida y su seguro servidor lo habíamos platicado ampliamente, la semilla no había germinado; no había un plan establecido para incorporar a nuestra familia un nuevo integrante… pero, cuando lo supimos, tuvimos esa certeza plena de que era el momento perfecto y que no habíamos sido nosotros, sino algo superior, lo que lo determinaba así.

Ya con la práctica que habíamos tenido con el productito de nuestras entrañas que la había antecedido en esto de nacer, hicimos los preparativos necesarios, contratamos el hospital que estaba a nuestro alcance (el mismo donde la Capitana Nenetiti tocó el planeta por vez primera, en la zona surponiente de la Ciudad de México), armamos la maleta de emergencia, comprometimos a mi señora madre para que se hiciera cargo de nuestra primogénita durante nuestra estancia en el hospital… en fin, intentamos que los detalles que nos habían fallado la primera vez que estuvimos en ese hospital no nos volvieran a poner de cabeza. No contábamos con que esta nueva integrante de la tropa loca tenía voluntad propia y todo un arsenal de imprevistos.

Era la segunda semana de un inusualmente caluroso mes de marzo; faltaban aún tres semanas para la fecha tentativa del alumbramiento. La mujer de mi vida tenía una consulta de rutina con la doctora que le estaba dando seguimiento al embarazo. Mientras tanto, yo atendía una agenda de trabajo sin un solo momento de respiro. El director general y dueño de la empresa en la cual, por ese entonces, prestaba mis servicios había llegado ese día de la ciudad de Monterrey, en el norteño estado de Nuevo León, donde se encontraba el corporativo de la misma. Andaba en el DF realizando su visita semestral, durante la cual se ocupaba de visitar a los clientes más importantes que atendía su servidor. El programa del día estaba acomodado de tal suerte que, a la hora de la comida, podría yo escaparme unos minutos para escuchar de viva voz cómo le había ido a mi consorte con la doctora.

El caso es que, justo a la mitad de la junta de trabajo más importante, mientras explicaba a la mesa de directiva mi análisis de la operación diaria con este cliente (uno de los bancos más grandes del mundo) sonó mi teléfono móvil. En condiciones normales habría ignorado la llamada, pero al ver que quien me llamaba era mi pareja… contesté, excusándome con mis interlocutores. En voz apenas audible, pregunté: “¿Todo bien? Estoy en medio de la junta que te platiqué”. Ella contestó: “Ya me voy al hospital. Es la hora del parto”. Un estentóreo “¡¡¿Qué?!!” escapó de mi boca, atrayendo una atención no deseada. Ella sólo añadió: “Nos vemos en el hospital”, y colgó.

Fuera de balance, no supe ni qué decir; apenas balbuceé algunas cosas sin sentido y mi jefe me dijo: “Déjame las llaves del auto y ya vete. Me hablas luego”. No tengo muy claro cómo tomé un taxi y llegué como chiflido al hospital. El parto se adelantaba porque el cordón umbilical estaba enredado, lo cual amenazaba con producir sufrimiento fetal. No había otra opción más que adelantar el momento del alumbramiento.

Así nació ella… y así ha vivido toda la vida, haciendo lo que le da la gana, y haciéndolo bien, explorando el planeta con atención y curiosidad. Como aquel día, hace no mucho, cuando decidió que quería saber qué se siente “caminar muchísimo” y me hizo recorrer algo así como diez kilómetros a pie para regresar a casa después de entrenar voleibol (ese día yo iba de traje, corbata y zapatos aún no domados). Vive siempre con el sentimiento a flor de piel, pero con una voluntad férrea y un orgullo feroz que le impide mostrar sus emociones a extraños; sólo se permite llorar si está conmigo o con su señora madre.

Ayer cumplió doce años. En estos últimos meses ha comenzado a transitar por el agridulce camino de la pubertad y esto la hace cada día más bella, más bella, y más generosa y sensible. Aún le cuesta trabajo entender el proceso de dar y recibir cariño y, sin embargo, hace su mejor esfuerzo.

Hablo de la Sargento Palulinky, quien, mientras escribo esto, pasa a mi lado y me abraza y me besa como siempre lo hace todo el tiempo, toda la vida y siempre que puede, es decir siempre (dar cariño es la parte que menos le cuesta en ese proceso de ida y vuelta), recordándome que la vida siempre es bella si aprendemos a resistir los avatares y a navegar el mar de lo impredecible.

Palulinky
Foto: A. González Carbajal

3 thoughts on “Entreluz

  1. Carlota 11 marzo, 2016 / 23:24

    Hermoso! Cuanto amor queda plasmado.

  2. Angel Carlos 11 marzo, 2016 / 18:41

    Has creado una muy hermosa relación con tus hijos, querido Alberto.

  3. Gloria 11 marzo, 2016 / 11:16

    Felicidades a la sargento Palulinky y a sus amorosos padres.

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