A través del espejo

¿Otro ladrillo gris?

Por Karla Winkler

The wall
Fotograma de la cinta The Wall

Todos los días llego al colegio a las 7:15 de la mañana. Siempre me dejan más temprano que a los otros niños por conveniencia de mis padres. Busco alguna banca que no esté mojada, me siento sobre la grada helada, pongo mi mochila sobre mis rodillas y miro abstraídamente hacia la entrada. Cada vez que se detiene un auto, uno o dos niños entran por la reja, como escupidos cual virus de gripe mañanero. Los mocosos caminan somnolientos hacia la entrada, y la prefecta, con la misma cara de desánimo de siempre, revisa el uniforme y repite una y otra vez: “adelante”. Luego, cada uno entra sin mirar al cielo, caminando atolondrado. Pasan por delante de mi banca, se dirigen hacia la cancha que está frente a la Dirección y se ponen a patear algún balón en automático. Yo sigo sentada, distraída. Imagino la posibilidad de escapar por el estrecho pasillo de atrás de la Dirección y el sólo planearlo me pone tan nerviosa que me estremezco, como si me echaran agua fría en la espalda. Sin embargo, no lo llevo a los hechos; continúo imaginando alguna clase de escape todos los días. Pero quizá no sea un escape de esa escuela pintada de gris cárcel, ni de una prefecta celadora; quizá es el escape para salvarme de todos los seres humanos. Quizá les tengo miedo. Su automatismo me hace sentir desconfianza: el mundo es cada vez más ominoso y no puedo soportarlo.

A mí no me gusta cualquier niño. Por eso, a no ser que haya alguien excepcional, tengo pocos amigos y no pertenezco a grupos o pandillas. Lo más placentero para mí es estar en mi habitación o en el jardín con mi perro a solas, en silencio. Sin embargo, llego a la escuela cada mañana, me siento distraídamente en la fría banca y espero con ilusión la llegada de mis escasas amigas, para platicarles mis planes de huida, pero… ¿y si los aceptan? La idea me da pánico, pero estoy preparada. Estos sentimientos de emoción y fantasías se entrelazan de una forma muy extraña. El mundo alrededor desaparece; los niños que llegan y entran al colegio aparecen insignificantes y distantes frente a nosotras. El sentimiento es ambiguo, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. Me siento aquí con mirada perdida, pero, en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos. Deseos de algo más apacible y alegre, algo maravilloso. Algo como el otoño. Sauces llorones. El mar, la arena entre mis dedos… Mientras tanto, mis compañeros pasan unos tras otros delante de mis ojos con las mochilas repletas de libros y cuadernos sobre sus hombros. Me estremezco.

2 thoughts on “A través del espejo

  1. Angel Carlos 11 abril, 2016 / 19:12

    Me identifico considerablemente con la niña de tu cuento. Así me sentí los dos o tres primeros años en la escuela primaria. La descripción de estados de ánimo es magnífica.

  2. Gloria 11 abril, 2016 / 10:50

    Me gusta cómo describes esas experiencias infantiles. Me parece que generalmente mandamos a los hijos a la escuela para que los “eduquen” y puedan, luego, adaptarse a las circunstancias de “su” mundo. ¿Cuándo nos y les preguntamos si nos gusta ese mundo? Un niño (o niña, por supuesto) con sensibilidad buscará a través de su vida construir un mundo que le agrade. Creo que a veces esto es posible, pero requiere mucha fuerza de carácter, normalmente se puede caer en el escapismo en cualquiera de sus múltiples formas.

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