Entreluz

En busca de la identidad perdida (I de III)

Por Alberto González Carbajal

La reglamentación existente en México con respecto al establecimiento de la identidad ronda eventualmente el umbral de lo absurdo; cada trámite va ligado en cadena a otro y, de no ser así, los tiempos se alargan al infinito (…y más allá). Esto propicia que el robo de identidad sea el delito cibernético más alto (68%, de acuerdo con las cifras oficiales), y si a eso se le suma que algunas personas, como su servidor, estamos en un limbo entre la orilla de los tiempos en que algunos documentos oficiales no existían o no importaban mucho y la hiper-tecnologizada orilla actual, en que hasta un acento o un punto puede significar el acabose de tus papeles de identidad, entonces se podrá entender cómo es que ahora estoy viviendo lo más parecido a un calvario. Les platicaré la historia (de verdadero horror) que estoy padeciendo actualmente.

Resulta que vine a nacer en un pueblo perdido en alguna sierra sudoccidental del Estado de México. Fue un parto complicado, me relataba mi señora madre, porque yo venía al revés (rebelde desde chiquito); el caso es que veinticuatro horas después de que mi madre empezó con los dolores de parto, y merced de una partera muy colmilluda, logré nacer a las cuatro de la mañana de un domingo.

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Imagen: Antigua fe de bautismo (tomada del sitio purepecha.mx)

Como la tasa de mortalidad infantil era muy alta en aquellos años (esto aunado a que no llegué de manera sencillita), decidieron bautizarme a la brevedad para que, en caso extremo, no se perdiera mi alma en el Limbo (que entonces aún existía oficialmente); así que, dos semanas después, mis abuelos, que fungieron como mis padrinos, me llevaron a la iglesia del pueblo vecino (ya que en el lugar donde yo nací sólo había una capilla) y me pusieron por nombre Alberto, hijo de Carlos y Ana María… Así, simple, en confianza. Quién iba a decir que salvarme entonces del Limbo me llevaría a las complicaciones actuales (¡que me tienen en el Limbo burocrático!) tan sólo porque mi padre se llamaba oficialmente Jorge Carlos, no Carlos. Por otro lado, cuando le preguntaron a mi señora madre cuándo había nacido su primogénito, ella, dicharachera como era, les contó la historia del doloroso e insufrible parto que había tenido, “…que había iniciado el sábado 13 y que había concluido hasta el domingo en la madrugada, a las 4 de la mañana”. ¿Y cuál fecha fue la que asentó en la llamada “Fe de Bautismo” el muy diligente pero poco atento sacerdote de ese lugar? ¡Pues el 13 de agosto! Porque, de acuerdo a su muy real, soberano y metafísico entendimiento, uno nace cuando comienzan los dolores, no cuando asoma las narices en este mundo.

Poco más de tres años después, en otro pueblo algo más al sur, mis padres y mis abuelos paternos nos llevaron a mi hermana (nacida dos años después que su servidor) y a mí a presentarnos en el Registro Civil (entidad gubernamental donde se asientan los nacimientos, los decesos, los matrimonios civiles, etc.). La razón de ir allí, y no al lugar de los hechos, fue que mi abuelo era descendiente de un héroe de la Revolución Mexicana y, si se hacía un evento oficial en esa localidad, el pueblo, que lo veía como algo parecido a un cacique, armaría el jolgorio en grande, con carnitas, barbacoa, conejo enchilado, pulque y mezcal de la sierra, como si quisieran celebrar la Independencia Nacional, el regreso del Señor o qué sé yo. El caso es que, al calor de la fiesta, nadie se acordó del asunto original al cual se había acudido y el oficial del Registro Civil, me contaban mi señora madre y una tía paterna, casi sufrió una congestión “por querer curar de golpe la anemia con una sola comida”.

Un par de días después, ya más recuperado y en horario de oficina, éste se puso a asentar la información que más o menos recordaba… y la que no recordaba la tomó del acta matrimonial de mis padres, donde los dos apellidos están mal escritos, los nombres están incompletos y las fechas incorrectas. Hay que mencionar que, en aquellos años, para se pudiera aspirar a un puesto de ese tipo sólo se requería que se supiera leer y escribir, como fuera y con cualquier nivel; ni siquiera se tenía que acreditar estudio alguno.

¿Y por qué todos los datos están mal en esa acta, además de por la pericia del oficioso registrador? Me dice una tía que las pronunciaciones tuvieron la culpa de este desaguisado. La entidad federativa que me vio nacer tiene tantos acentos y modismos que, en algunas ocasiones, parece tratarse de países distintos; y si a eso se le suma una ausencia completa de la ortografía respectiva, pues, el resultado es que, si uno observa el acta asentada en el libro, detecta que el mismo apellido está escrito de cuatro maneras distintas, las fechas de nacimiento son diferentes, hay tachaduras… y su servidor aparece como el segundo hijo de mis padres, y mi extinta hermana menor (ella sólo vivió dos años) resulta que nació antes que yo. Este coctel de errores dio como resultado que hoy, cuando la tecnología no transige y los burócratas no saben lo que significa el sentido común, corregir estas metidas de pata es un galimatías indescifrable.

De las entrañas de dicho galimatías les contaré la siguiente semana, siempre y cuando cuente con su venia.

Segunda parte, click aquí

5 thoughts on “Entreluz

  1. Pingback: Entreluz |
  2. AGCA 19 mayo, 2016 / 22:36

    Así es mi querido Angelórum: Es lo más parecido a un dolor de muelas combinado con uno de estómago y tres de muela.

  3. AGCA 19 mayo, 2016 / 22:35

    Estimada Berkanaluz: Disculpa el retraso en la respuesta, pero mi rutina diaria es harto complicada y contarte lo que siguió en mi vida cotidiana es adelantarte un poco del resto de este relato, sin embargo es dable comentarte que mi vida se ha afectado a tal grado que por momentos he llegado a dudar que yo soy yo, porque sin ese dichoso documento todo lo que se de mi es un poco de historia de oídas, las huellas documentales de mi paso por aquí puede que no correspondan al que realmente soy en cuanto a nombre y apellido, ya lo verás en el resto del relato.

  4. BERKANALUZ 14 mayo, 2016 / 08:42

    Increíble lo que sucedió, me gustaría saber como afecta tu vida después de ese relajo administrativo…

  5. Angel-Carlos Gonzalez 13 mayo, 2016 / 14:42

    Lo haces sonar gracioso, pero seguramente es un dolor de cabeza y dos de muela.

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