A través del espejo

La llave de la jaula

Por Karla Winkler

Era una hurona traída de una granja cerca de Nueva York. Todavía seguía en la tienda porque nadie quería comprarla. Les parecía agresiva. Desde que llegó se había refugiado en un rincón de la jaula. Le temía a todos, todos le temían a ella. Cada vez que los vendedores la mostraban a los clientes, capturándola con una red para peces para sacarla de la jaula, no sabían explicar si era agresiva o temerosa. Nunca se preguntaron y nunca adivinaron en ella un anhelo.

Por eso fue insólito cuando, después de tanto tiempo intentando venderla, un día llegó una pareja a elegirla, sin desear siquiera ver a los otros hurones jóvenes y sumisos. Todavía se retorció en las manos de sus futuros padres adoptivos, el momento ideal para que mordiera un par de dedos, y en cuestión de una hora ya estaba en su nuevo hogar, donde la recibió el ser que más amaría en su vida: una hermanita hurona hambrienta de juegos.

A lo lejos quedó aquel horrendo lugar donde no era más que un objeto molesto, esquivando patadas, mordiendo un zapato, un tenis, una bota, defendiéndose del ser humano de la única manera que ella podía. Su nuevo padre, consternado, vio el miedo de la criatura escondida bajo un sillón. Su nueva madre, descubriendo en su mirada inocente los horrores a los que fue sometida, decidió aguantar cada mordida a cambio de algo: un beso, un beso por cada dedo o nariz ensangrentada. La batalla fue intensa. De mordida en mordida y de beso en beso recorrieron cada habitación de la casa por días.

Completamente empalagada, la huroncita olvidó las razones por las cuales mordía y, sin darse cuenta, un día se confundió y en vez de morder los pies descalzos de su padre, los comenzó a besar. La pequeña espía con antifaz había hecho sonar el grito de la felicidad. Una cerradura invisible había cedido. Su anhelo saltó y nunca más volvió a ser apresado.

Sola en el rincón de una jaula, sin su madre, sin sus hermanitos, ella comía, dormía, soñaba con la libertad. Soñaba que volaba como un ave, que brincaba entre las copas de los árboles como una ardilla, y cuando trepaba por los troncos caía panza arriba para volver a intentarlo, una y otra vez. ¡Y entonces era libre! Pero siempre despertaba…

Curiosa, valiente y soberana. Sabiamente inconsciente de su nueva vida, la fierecilla empezó a amar a su familia. Sus padres todavía recordaban de vez en cuando: ¡“Y pensar que la sacaron con una red en la cabeza!”. Audrey se convirtió en el ser más tierno de la casa. Todos, menos ella, lo veían. Continuó su existencia entre las habitaciones del hogar, haciendo uso de sus mejores habilidades: imaginación y saltos. Su alegría ya no termina al despertar. Ahora muerde ávidamente el aire buscando los besos que tanto le gustan y que la hacen sentir tan plena.

Audrey en La hormega (foto Karla Winkler)
Foto: Karla Winkler
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3 comentarios sobre “A través del espejo”

  1. Precioso relato de un rescate, por parte de una amorosa pareja, para ofrecer a un tierno animalito la dicha de un entorno cariñoso y comprensivo. La foto me encanta.

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