Entreluz

En busca de la identidad perdida (II de III)

Por Alberto González Carbajal

Continúo, con su venia por supuesto, con este relato que parece de horror (y lo es). Resulta que mi señora madre, en algún momento obtuvo una copia certificada del documento del que les hablé la semana pasada. En aquellos años (fines de los 60 y principios de los 70), estos duplicados se hacían en el dichoso “papel seguridad” y se transcribían mediante una máquina de escribir, de tal suerte que si, como era este caso, se tenía la confianza suficiente, uno le podía dictar al encargado cómo llenar cada espacio requerido. Así, pues, los datos contenidos en esa copia específicamente eran los correctos. Por largos años no tuve problema alguno con esa copia: me valí de ella para realizar todos mis trámites hasta mi edad adulta, cuando tuve que tramitar mi primer pasaporte y allí le dije adiós a ese tan preciado documento. Cambios burocráticos a nivel federal exigían nuevas formas de demostrar que uno era uno.

Como los trámites en México siempre son interminables y algo kafkianos, y a fines de los 80 las dependencias oficiales comenzaban a solicitar ya no copias fotostáticas sino “certificadas” (impresas en papel seguridad y con varios sellos y firmas que daban fe de su autenticidad), para poder tramitar mi pasaporte, antes tuve que acudir al pueblo que había emitido mi viejo documento, y ahí solicitar estas copias. Así fue como descubrí el berenjenal en el que estaba metido. El oficial a cargo, conocido de mi familia paterna, me ofreció la vieja solución: mecanografiar algunas copias para, según su servidor, cumplir con todos los trámites por el resto de mi vida… Tonto de mí.

Esas copias (diez) me sirvieron para casarme, registrar a mis hijos, etc., pero en algún momento se acabaron… y llegó un fatídico día de diciembre de hace unos ocho años: la capitana Nenetiti (en aquel entonces apenas era sargento) iba a participar en una pastorela en su escuela. Un día antes recibí una llamada de un cliente que me solicitaba que, de manera expedita, viajara a un país centroamericano para dar una asesoría de no sé qué y que mi boleto de avión ya estaba listo para viajar dos días después (al día siguiente del evento de mi pequeña). En ese momento mandé a un asistente que laboraba conmigo a que fuera de volada al pueblo donde estaba registrado a obtener una copia certificada de mi acta de nacimiento. Olvidé aclararle que ésta tenía que ser una transcripción y no una copia facsímil como tal. Cinco horas después me entregaba un sobre que no tuve la precaución de abrir. Al día siguiente me presenté en la oficina central de expedición de pasaportes. Asumía que allí debería ser más rápido obtener el documento que permite salir del país… Allí comenzó el infierno.

Después de llenar una enorme cantidad de formatos, entregar fotos, pagar los derechos respectivos y dejar impresas mis huellas en varios juegos de hojas, entregué mi documentación. Cuando me solicitaron el acta de nacimiento, saqué el mentado documento sin siquiera revisarlo. El funcionario encargado comenzó a comparar los datos asentados en la hoja con los que aparecían en la credencial para votar que presenté como identificación oficial. Fugaces pero recurrentes ojeadas hacia mi persona acompañaban su escrutinio. Comencé a ponerme un poco nervioso. Esta incómoda sensación se incrementó cuando se levantó y me dijo que esperara “un momentito” (al final fue algo así como media hora). Cuando regresó, me pidió que lo acompañara a la oficina de su jefa… porque había algunas “inconsistencias”.

Papeles
Foto: Alberto González C.

La amplia oficina de la funcionaria incrementó mis temores de que algo raro estuviera pasando. Así fue. De la nada aparecieron un par de sujetos de muy (pero muy) mala catadura, que me dijeron que los tenía que acompañar a la delegación de la procuraduría de justicia más cercana porque existían “sobradas sospechas” de que su servidor estaba “intentando suplantar una identidad mediante el uso de documentos apócrifos”. Lo primero que hice fue reírme, pero, al ver que ellos no se reían conmigo, consideré la posibilidad de que lo estuvieran diciendo en serio. Rapidito y de buen modo los acompañé al mentado lugar donde, después de llamar a mi abogado (y pagarle por esto) y pasar algo así como catorce horas en calidad de “presentado” (eufemismo usado para decir que estaba detenido sin orden judicial alguna) aclarando y corroborando que los documentos que entregué eran oficiales pero que había discrepancias entre ellos, me soltaron sin siquiera dar el consabido “usté disculpe”. Recibí, en cambio, un “Tenga más cuidado para la próxima” (¿la próxima que?), y con la promesa de la funcionaria que había levantado la denuncia de que, una vez que arreglara esas “inconsistencias”, podría tramitar mi pasaporte “sin ningún problema”. Salí de las oficinas ya de madrugada.

Aquí entra lo de la pastorela de la sargento Nenetiti. Si días antes le había prometido no perdérmela por nada… el mero día no pude ser ubicuo y estar detenido y a la vez en su escuela. Tampoco pude viajar y perdí ese cliente. El abogado me cobró como si yo fuera OJ Simpson y mi familia se angustió muchísimo. Ingenuo de mí, pensé que eso era lo peor que me podía pasar y que así se cerraba aquel episodio burocrático…

Pero de lo que siguió les platicaré dentro de una semana. Confío en verlos aquí nuevamente.

Tercera parte, click aquí

Anuncios

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Pingback: Entreluz |

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s