Entreluz

En busca de la identidad perdida (III de III)

Por Alberto González Carbajal

Para leer el texto completo, click aquí

Pasaron varios años después de ese infortunado incidente que les platicaba la semana pasada. Como no necesité de mi pasaporte durante un buen tiempo y como en cualquier otro trámite que hice por entonces me bastó mi credencial de elector (que en México sirve como identificación oficial primaria), pude eludir esa especie de trauma burocrático-judicial que me quedó. Hasta que, el año pasado, me percaté que dicha identificación estaba a punto de vencerse.

Muy diligentemente, intenté realizar su actualización, pero (aquí pueden imaginar ustedes la música que más los conduzca derechito al terror) lo primero que me pidieron fue una copia certificada de la dichosa acta de nacimiento. Y allí comenzó este camino… hace casi seis meses.

En diciembre del año pasado me acerqué a una oficina del Registro Civil del estado donde nací, para que me orientaran sobre los pasos a seguir para corregir de una vez por todas este asunto. Una funcionaria de cuyo nombre no puedo (tampoco quiero) acordarme me pintó un escenario parecido al camino recorrido por Dante: necesitaba no sólo presentar cada documento emitido con mi nombre desde que nací sino, además, encontrar documentación anterior donde los nombres de mis finados padres estuvieran bien escritos, incluyendo, por supuesto, la dichosa acta de matrimonio que, tal como les comenté, estaba perfectamente mal escrita.

Buscar esos papeles entrañaba nuevas y absurdas dificultades, pero no pensé que tantas. En algún lugar de mi archivo debía estar al menos un porcentaje decente de ellos. Alguna vez les comenté, en este espacio hormeguil, que cuando me casé, mi señora madre decidió que era el momento de deshacerse de algunas cosillas de mi propiedad, sobre todo de papeles, imágenes y memorabilia que podrían significar alguna distracción para mí, así que tiró a la basura cajas que contenían, entre otras cosas, muchas fotografías que relataban mi paso por este mundo, incluyendo mi historia amorosa hasta antes de conocer a la mujer de mi vida. De lo que no se percató mi progenitora fue que, dentro de esas cajas, estaban también los testimonios en papel de mi paso “oficial” por este mundo: boletas de calificaciones, certificados de estudios, alguna acta de nacimiento que sí servía y había guardado por si las dudas, y cosas así. Cuando entendí que yo era casi un clandestino tipo canción de Manu Chao, el panorama se me reveló muy negro.

Acudí, pues, resignando a perder horas y días (¡no meses!), a las oficinas centrales del Registro Civil del estado donde nací. Hay que aclarar que en este país cada estado regula el funcionamiento de su jurisdicción como le da la gana, es decir, cada uno tiene sus leyes locales. Hay estados donde este engorroso trámite se lleva cuando mucho un día completo, pero con eso basta; en otros, el doble o el triple. Pero en el que a mí me tocó nacer, la burocracia sigue funcionando bajo el esquema de la presunción de culpabilidad, es decir, es un: “primero compruébame que tienes documentos y después vemos qué decido: si existes o sólo vives en tu propia imaginación”.

Vuelvo a mi crónica: Los funcionarios que consulté en mi primera visita (de tantas que, si pudiera acumular kilómetros como en los vuelos de avión, podría viajar a China con toda mi familia) a las oficinas centrales del Registro Civil en mi estado, ubicadas en la ciudad de Toluca de Lerdo, no me dieron mucho aliento. Terminaron por decirme que el único camino era acudir con un juez, demandar al Registro Civil por ineficiencia y en un “juicio exprés”, quizá en unos ocho o nueve meses saldría una sentencia que los obligara a que se hicieran las anotaciones respectivas en el libro que contiene mi acta de nacimiento y “dos o tres meses después de haber recibido la sentencia, todo quedaría corregido”. Traducción: habría que esperar casi un año para que yo fuera realmente yo; casi un año en el limbo, lo cual sería muy agradable (necesito descanso)… si no tuviera que, por las características de mi trabajo, identificarme cada día que salgo a la calle.

Toqué base con un buen abogado y me dijo que esos casos normalmente le costaban al cliente entre 50 y 60 mil pesos (entre 2,700 y 3,800 dólares norteamericanos al tipo de cambio actual), más algunos gastos extras y, por supuesto, mucho tiempo de comparecencia. En ese momento sentí que el mundo se me había acabado.

Así que, fiel a mi angustia y a mi carácter obsesivo, me puse a leer y estudiar minuciosamente todo lo relativo a la legislación acerca de los errores y omisiones del Registro Civil y cómo corregirlos, y me di cuenta que había lagunas legales y que, en pocas palabras, bastaba con que el director de esa entidad decidiera por sus pistolas o sus fueros o su regalada gana que sí se podía hacer una corrección, para que ésta “hubiera lugar”. Así que preparé un escrito y me fui a entregárselo. Pedí audiencia (nunca me fue concedida) y fui atendido por una bestial cantidad de funcionarios que ostentan cargos rimbombantes (la importancia del nombre, por supuesto, aunque éste no signifique nada).

Papeles de identidad
Foto: Alberto González C.

Acudí tantas veces que ya ingresaba al edificio sin que tuviera que registrarme; los vigilantes me eran ya tan cotidianos como mis viejos compañeros de escuela. Los burócratas rimbombantes, aparentemente compadecidos por mi insistencia (la verdad creo que me alucinaban. Cuando me veían entrar, un rictus como de asquito se adivinaba en su rostro. Políticos como son, su gesto mutaba hacia una muy forzada sonrisa en un nanosegundo), decidieron hacer un “acuerdo provisional” para efectuar la corrección respectiva. Recorrí otros 100 kilómetros para llegar al pueblo donde me registraron y el funcionario de turno hizo la corrección. Sentí que mi vida regresaba, que no tendría que ser una especie de Raúl Salinas de Gortari pero sin palancas (¿por qué gente como él puede tener dos identidades o más… y yo ninguna? ¿Por qué no podía creerle al espejo y entender que sí ocupo un lugar en el universo?) Y heme aquí ahora, tantos desgastantes meses después… Ya les puedo decir que, sin duda legal, yo sigo siendo yo, aunque luego de este largo camino recorrido algo haya cambiado. (Siento un leve temor de mirarme al espejo.)

2 thoughts on “Entreluz

  1. Gloria 27 mayo, 2016 / 14:13

    Increíble, pero cierto. Bienvenido al mundo de los vivos.

  2. Pingback: Entreluz |

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