Entreluz

Otra volea

Por Alberto González Carbajal

El dolor en el hombro derecho no me deja en paz. A pesar de eso no dejo de expresar mi apoyo (ni una que otra decepción) gesticulando y manoteando a lo puritito bestia. La mujer de mi vida y la tropa loca dicen que, cuando eso me sucede, es que estoy en “modo hincha / nivel pura bestia”. A mi alrededor, un gimnasio con unas cinco mil personas corea el nombre de México. Se está jugando el tercer lugar de la Copa Panamericana de Voleibol, rama varonil, que este año tiene como sede mi país y, más exactamente, mi ciudad. En este encuentro, los oponentes de nuestro representativo son unos canadienses harto eficientes: se nota el trabajo constante, la buena alimentación y una absoluta disciplina.

Otra volea (Foto Alberto González Carbajal)
Foto: Alberto González C.

Antes de que iniciara el partido, tuve la oportunidad de platicar brevemente con uno de ellos y me decía que él comenzó a practicar este deporte cuando, en su ciudad, le tocó ver un juego de la liga colegial de su país. Se emocionó a tal grado que al otro día se salió del equipo de hockey, donde sólo calentaba la banca, e ingresó al equipo de vóley de su escuela. Tenía ocho años de edad. La calidad de su juego le permitió, en algún momento, estar becado en una de las mejores universidades privadas de su país. Para los estándares canadienses, este muchacho no es alto (“mido solamente un metro con setenta y cinco centímetros”), y juega una de las posiciones más difíciles de este deporte: la de líbero, que es el que se dedica a recibir los balonazos más duros y más complicados. Sonríe cuando le platico que es probable que una de mis hijas juegue, en algún momento, esa misma posición. “Sin duda es muy inteligente tu hija”, me dice al tiempo que sonríe.

Vuelvo a este momento. Volteo a mi alrededor y parece que soy el único loco que grita y se retuerce como chinicuil. Merced de algunos buenos amigos que me dan boletos para estar sentado en la zona más privilegiada del gimnasio, me encuentro entre pura “gente bien”, que son invitados, al igual que su servidor, de algún mandamás de los que dirigen este deporte aquí. Ven el partido sin emocionarse grandemente; sin embargo, parece que sí lo disfrutan. Y es que el verdadero “ambiente” está en las gradas superiores, donde las porras se emocionan, corean las típicas tonadas de los partidos de vóley: “¿¡Donde cayó la bolita!? ¡Ahí, ahí, ahí! ¡Sube, sube, sube! ¡Otra igual, queremos otra igual!, etc.

Mi dolor de hombro persiste, pero aun así gesticulo y me retuerzo como si me hubieran inyectado alguna droga psicotrópica. Me alegro con los puntos a favor y me enojo con los errores de mi equipo. Así también se ponen la capitana Nenetiti y la sargento Palulinky, quienes gritan hasta que sus voces enronquecen.

En algún momento, recuerdo que tengo un invitado; un dirigente de un conglomerado de empresas a quien llevé ahí para que vivenciara el voleibol en su máxima expresión. Como empresario ha apoyado equipos de beisbol y de futbol americano, pero nunca había visto un juego de vóley de este nivel.

El juego concluye. Estoy tan agotado como si yo mismo hubiera estado en la cancha. Mi invitado me confiesa que está sorprendido, en primera instancia, por la cantidad de espectadores que fue a ver el partido, a pesar de la prácticamente nula difusión en los medios; en segunda, por la belleza de este deporte y, por último… por mi “transformación”: afirma que pasé de ser el muy propio y muy correcto consultor empresarial, al hincha-casi-monstruo. Antes de despedirse y volver a casa, me comenta que no sabe si apoyará mi petición de patrocinio para mi equipo, que se va a llevar un tiempo tomar esa decisión, pero lo que segurísimo sí hará es seguir asistiendo a los partidos.

Otra volea 2
Foto: Alberto González C.

Tal como he comentado en este espacio, practicar este deporte es barato, es divertido y no requiere habilidades demasiado especiales; si la gente que tiene el billete se decidiera a apoyarlo, habría muchos menos niños en la calle aspirando a ser el próximo capo de la colonia; y esos otros, los que pasan harto tiempo estáticos frente a alguna pantalla, en lugar de fomentarles el aislamiento y la pesadez existencial, sabrían con alegría que el trabajo en equipo también recompensa. Ellos, sin darse cuenta, estarían sanando nuestro lastimadísimo tejido social.

Volteemos al deporte. Siempre sale algo bueno de ahí.

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