Entreluz

Encariñarse

Por Alberto González Carbajal

varios sentidos
Foto tomada de internet

No sé si a ustedes les pase, pero su servidor tiende a acostumbrarse mucho a la presencia de las personas y, de alguna manera, a necesitar de ellas para sentir que todo marcha bien, como cuando ve uno un paisaje y sabe que ahí lo espera una sombra fresca o esa peña tan serena que le devuelve la paz a la respiración. A lo largo de mi cotidianidad laboral y personal convivo con una variopinta multitud (no al mismo tiempo, claro; no es cosa de armar mítines de buenas a primeras; hay que tener siempre una razón justificada), ya sea en vivo y a todo color o por teléfono, correo electrónico, mensajería instantánea o redes sociales. Con cada cual intercambio ideas, saludos, proyectos, negociaciones, algunas veces reclamos y otras veces demostraciones de afecto. No siempre importa el tema o el resultado de este intercambio. En mi caso, me importa más la actitud con la que se dan estos coloquios. Al final del día, es muy agradable cuando el balance es positivo, pues eso siempre enriquece el alma, que es viento que está atrapado en eso que llamamos cuerpo.

Sin embargo, algunas veces el ciclo de lo habitual queda interrumpido, especialmente cuando uno descubre que alguna persona con la que se interactuaba ya no está. Hace unos días, por ejemplo, no encontré a la señora a la que regularmente le compro mi café vespertino, quien siempre, además de proveerme de mi bebida, me obsequia una sonrisa y un: “Que pase muy buena tarde”, cosa que me alegra el momento, incluso si no me doy cuenta de inmediato.

Pregunté por ella a quien en esa ocasión me entregó mi vaso humeante. Me dijo que la mujer se reportó enferma y que aparentemente no trabajaría durante algunos días. Sentí un hueco en el estómago y mi café ya no me supo tan bueno. Sólo alcancé a decir que, si la veían, por favor le enviaran mis saludos y que, si se le ofrecía algo que pudiera hacer, con gusto me lo hicieran saber. Días después vuelvo a preguntar por ella, extrañado ya de su larga ausencia. Me informan que le acaban de dar una incapacidad permanente. Alguna enfermedad (que no me saben explicar) la va a jubilar de manera temprana. Pasan varios días antes de que me decida a tomar café en ese lugar otra vez. Los nuevos dependientes, aunque son amables, no me desean que pase una buena tarde como ella lo hacía. No forman parte de mi querido paisaje cotidiano.

Otro ejemplo. La sargento Palulinky juega voleibol todos los sábados en una liga del nororiente de la Ciudad de México. Algunas veces me quedo a verla jugar y echarle porras; otros días sólo la dejo allí y me retiro a hacer otras actividades. Sea uno u otro caso, siempre me encuentro con otros papás y mamás, nos saludamos con mucha alegría y compartimos puntos de vista; todos vienen de entornos diferentes y nos une la pasión deportiva de nuestras hijas. Alguno de estos días me percaté de la ausencia repetida de una pareja de lo más agradable. Como nunca me quedo con las ganas de preguntar, me entero que se mudaron de ciudad y que, por lo tanto, ya no los veré. De nuevo sobreviene esa sensación de vacío, como cuando pierdes algo valioso. Esa pareja tenía la sana costumbre de sonreír a diestra y siniestra y de nunca enojarse (algunas veces ellos me calmaban cuando yo entraba en la fase de “fan de mi hija nivel monstruo de la laguna negra” si algún árbitro se equivocaba o el equipo entero jugaba como si tuviera disentería). Aun sin ser íntimos, ya ocupaban un espacio en mi “breve espacio”.

Un ejemplo más. Hablo a la norteña ciudad de Monterrey donde, desde hace algún tiempo, estoy desarrollando un proyecto para una empresa local. Cuando solicito hablar con mi contacto habitual, recibo un: “Es que… fíjese que… el licenciado Garza ya no se encuentra con nosotros. Ahora lo atenderá la ingeniero Martínez”. Cuando la susodicha contesta, percibo una voz que, además de denotar inseguridad por no saber qué tanto habíamos hablado su antecesor y su servidor, deja sentir una suerte de molestia porque, de buenas a primeras, le endilgan más trabajo del que ella pidió. De nueva cuenta, la ausencia de mi interlocutor inicial me genera un poco de angustia, incertidumbre (nadie sabe por qué sus patrones prescindieron de sus servicios) y, además, molestia por el inevitable retraso de un proceso que genera parte de mis ingresos. Volver al punto en el que me encontraba en mis negociaciones se llevará algún tiempo.

Un socio comercial me dice que la edad me está volviendo un poco “chípil”. Sé que no es así: desde pequeño tengo la tendencia de encariñarme mucho. Tiendo a generar vínculos emocionales con quien convivo personal y profesionalmente, aun cuando todos los principios comerciales digan que esto es impropio y contraproducente incluso. Qué le voy a hacer, así soy. No sé si tendría más éxito económico si me condujera de otra manera, pero lo que sí sé es que mi vida tiene menos tristezas siendo del modo que soy. Hay ganancias humanas que no se medirán nunca con dinero, y sonrisas que valen la jornada, la semana… y la vida.

3 thoughts on “Entreluz

  1. Gloria 18 junio, 2016 / 19:13

    De acuerdo con lo que dices y, por lo mismo, creo que lo mejor es disfrutar lo que tenemos al máximo y no quedarnos con palabras de aliento y comprensión que debimos decir a mucha gente con la que tratamos.

  2. AGCA 17 junio, 2016 / 13:14

    Gracias por tu comentario, me siento de un modo extraño un poco halagado, saludos de vuelta.

  3. BERKANALUZ 17 junio, 2016 / 11:30

    Sigue siendo como eres…pues tienes algo que se ha perdido en el mundo…empatía, y un gran cariño sincero por las personas que te rodean, sin considerar si son importantes por esto o por lo otro…o por conveniencia…sólo te importa por lo que son…seres que de alguna manera, y sin importar que hagan están dentro de tu corazón…saludos…

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