Cuentámbulos

Paragüereando

Por Marcia Alejandra López C.

Aquel día, el paraguas estaba feliz. Al fin saldría a pasear debajo del aguacero. Nadie se acordaba de él hasta que comenzaban los primeros chubascos.

Lo sacaron del armario y lo desempolvaron. Por un instante pudo echar un vistazo por la ventana. Vaya, se veía un paisaje muy prometedor: una enorme nube negra amenazaba con deshacerse en gotas.

La temporada pasada había sido muy buena, ¡hasta una granizada le tocó! El único percance serio fue el ventarrón que lo volteó al revés. Pero gracias a lo fuerte de su armazón bastó una maniobra exacta de Fulanito y quedó como si nada.

El paraguas esperó paciente a que su dueño se acicalara para salir. Siempre era el mismo ritual: limpiar los zapatos, peinar el bigote, acomodar la corbata y colocarse el abrigo.

Y así salieron los dos, guapos y elegantes, a recorrer el boulevard. A los cinco minutos llegaron al aparador, el de siempre. Ahí seguía el reloj aquel, quietecito, con sus manecillas abiertas a las 10:10, esperando que alguien se lo llevara. Alguien con bigote y paraguas, por ejemplo.

Y continuaron el camino de siempre, por las calles de siempre y los conocidos de siempre. El paraguas sentía cariño por Fulanito y ansiaba que todo dejara de ser “como siempre”. Esperaba que alguna polvareda lo despeinara, que se sacara la lotería, que por lo menos algún perro lo asustara; algo sorprendente. Pero no, todo era muy previsible con Fulanito y su fulana vida.

Y así pasó el tiempo. Una tarde fueron a un café y ahí se acomodaron. El paraguas escuchaba las conversaciones recargado en la ventana, muy quitado de la pena, cuando entró, empapada hasta los huesitos, una hermosa mujer de ojos azules. Se quitó la gabardina, se sacudió el cabello y pidió un té.

El paraguas siguió como si nada, hasta que vio algo nuevo: Fulanito no era el de siempre. Estaba inquieto, como cuando corría tras del camión, y el bigote lo tenía despeinado.

Y se estableció un camino entre los ojos de Fulanito y los de la chica. A Fulanito le sudaban las manos… carraspeó… tomó el libro de poesía que leía… se levantó y se aproximó a la dama. Ella sonrió, él se sentó a su lado y hablaron. Hablaron hasta bien entrada la noche. Ya no llovía.

Así que salieron y dieron vuelta a la esquina. Se alejaron, felices, hablando de nubes, y cielos y un reloj que tal vez compraría.

paragüereando (Foto Marcia A López)
Foto: Marcia A. López C.

Y el paraguas se quedó recargado en la ventana, con el corazón lleno de alegría porque Fulanito había encontrado a Menganita. ¡Ah, sí! Se había olvidado de él, pero, al fin de cuentas, qué más daba. Un paraguas olvidado nunca se queda solo; siempre hay alguien presto a llevárselo. Así ha sido siempre. Porque los paraguas son para aguas y soles, y nubes y amores.

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