Entreluz

Una rutina

Por Alberto González Carbajal

Lo primero es prender la computadora y, acto seguido, apagar la percepción del entorno. Esa es la parte más complicada. El sonido de la televisión eventualmente distrae y, si bien los integrantes de la tropa loca han aprendido a ser más o menos respetuosos con mis actividades, en algún momento retoman su natural necesidad de acercarse a su servidor llenándome de besos, preocupaciones, dudas, consultas existenciales, recetas de cocina, quejas, solicitudes de arbitraje en las disputas entre ellos, risas y cualquier cosa que los vincule a mí. Qué se le va a hacer: eso de ser familia muégano me condena (felizmente) a su cercanía.

El segundo paso consiste en buscar la idea. Para eso, reviso las vivencias de la semana o consulto en un archivo lleno de papeles de diversos tamaños, donde apunto cualquier cosa que me parezca interesante, divertida o intensa. De eso se trata la escritura para su servidor: testimoniar y darle un ángulo narrativo a lo que me pasa en la vida. Sólo escribo acerca de eso: de lo que he vivido. Sé que todo nos pasa a todos, aunque a veces no nos demos cuenta; pero, como soy un poco obsesivo con el entorno (algunos me llaman paranoico), procuro observar lo más posible y trato de tomar nota mental (o escrita) de todo.

Mientras encuentro el camino entre la idea y la redacción, muchas cosas pueden pasar. Algunas noches se van en blanco y es hasta la madrugada, justo cuando suena el despertador (que me recuerda que hay una nueva jornada esperándome), cuando la inspiración se aparece. Entonces, en tres patadas (a veces son cuatro, lo confieso) sale el escrito que ustedes leen cada semana, no sin antes pasar por el ojo revisor de mi editor, que evita que diga barrabasadas o tonterías sinsentido.

Esa es, pues, la maravillosa rutina de cada semana, la que mantiene, de algún modo que no acabo de comprender, encendida la función mental de la escritura, de la creatividad, de la remembranza.

Así ha ocurrido aquí, en La hormega (desde hace ya varios años), en doscientas sesenta y siete ocasiones, casi de manera ininterrumpida, salvo que el trabajo en exceso, alguna enfermedad o algún evento extraordinario, me impida cumplir con mi entrega semanal. Aquí reaprendí a escribir y a compartir el resultado más allá de mi círculo más cercano. Como dijo algún colaborador de este espacio: “Esos textos de Alberto, que no se pueden clasificar… pero que se leen muy bien”.

Sin embargo, estimados lectores, este ciclo ya terminó: es momento de dejar este espacio para la llegada de nuevos valores; hay algunos muy buenos por allí, esperando un sitio donde ser difundidos. Yo voy a tomarme un tiempo para releerme y darle una “shineada” a mis textos; en una de ésas hasta sale algún libro (que podría llamarse Entreluz, mis desvaríos en La hormega, o algo así). Ya han sido muchas las voces que me lo han pedido y puede que tengan razón. Esas voces me halagan y, a la vez, me exigen seguir creciendo y aprendiendo.

Como dije aquí mismo cuando empecé a colaborar en este espacio, no soy escritor; sólo soy alguien que platica de lo que vive; algunas veces, de lo que piensa y, muchas veces menos, de lo que imagina. Además, y también lo dije cuando comencé a teclear aquí, quiero dejarles a mis hijos algunas de mis memorias por escrito. Es una forma de que no se pierda un legado “intangible” (como diría la Unesco) que, en el fondo, a quien más interesa es a los que viven en complicidad muy cerca de mí.

Por toda su paciencia, les estoy agradecido de un modo que no se imaginan. Sé que, llegado el momento, volveré a redactar mis ideas y visiones de manera constante. Hoy por hoy, tomo unas vacaciones indefinidas.
¡Abrazos a todos! ¡Hasta la próxima, en otro espacio!

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