Paradojas

El escritor y su público

Por Daniel Zetina

En un tiempo en que los escritores hacen moda, imponen gustos y son aclamados por sus fans –no siempre lectores–, creo que el escritor no “se debe a su público”. Lejos de ese cliché del estrellato –que le iba muy bien a Carlos Fuentes–, quien se dedica a las letras puede gozar de las glorias del éxito, esas que hacen que al salir a la calle la gente lo reconozca, los transeúntes o parroquianos le pidan autógrafos, la prensa lo acose, entre otros, pero no por ello podrá vivir para ese espectro de mil cabezas, pues su trabajo no se basa en juntar masas en plazas o palenques sino en todo lo contrario. Podríamos decir que la lectura es agorafóbica: necesita del silencio, de la soledad para darse. Incluso quien lee mientras viaja en transporte público deberá abstraerse de la realidad hasta el extremo, a veces, de perder su bajada.

Algunos escritores, populares en algún sentido o acomodaticios, optarán por preocuparse por los gustos y las exigencias de sus lectores y por ello podrán pensar que hacen un bien social tanto con su escritura como con sus apariciones públicas. Es una pose como muchas otras, sí, pero no concuerdo con ella.

El escritor tampoco puede preocuparse de la moda. Podrá vigilar con el rabillo del ojo lo que sucede en las nuevas tendencias y su obligación, quizá, será conocerlas, pero no seguirlas. Al respecto pensemos en la postura de dos escuelas para escritores, laDiálogo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem), que plantea enseñar a escribir por medio de un diplomado, con conferencias, clases, etcétera, y la Dinámica de Escritores que tiene como base el hecho de que no se puede ni se debe enseñar a escribir. Por lo tanto, por más que uno lea y estudie la actualidad o la vanguardia pensando en los miles de lectores que comprarán el libro de uno, no se puede decidir –como una fórmula– el gusto del público que realiza la lectura como un hábito y no como una moda.

Otros son los que planean un libro como estrategia de ventas, casos como el del anunciador Yordi Rosado y Gaby Vargas o el de aquella mujer que narró la historia de los náufragos mexicanos en el pacífico. Éxitos de venta, booms de la mercadotecnia editorial, y respetables en algún sentido, pero lejos de una escritura que conmueva.

Y existen otros escritores, incluyendo poetas, que desean el laudo favorable del gremio –si eso existe– de los escritores. Autores por lo general jóvenes en su escritura que buscan deleitar a sus maestros, a ese público más reducido que el reducido público común. Escribanos que dedican toda línea que escriben a las figuras de las letras nacionales o locales, tal vez buscando una beca o la aprobación tutorial de su trabajo. Autores ávidos de publicar sólo en donde sus maestros les indiquen y que vislumbran el destino de su oficio a la sombra de un firme árbol.

Pero yo no creo en eso. Tampoco, un escritor –y esto es más difícil– debería intentar gustar a un editor para que éste le haga el favor supremo de publicarle su libro. Libros por encargo, plagios, sagas que defraudan, escritores de un libro, obras escritas por amanuenses, son casos comunes. En este punto, la verdad es que la autoedición y los sellos de bajo tiraje ya abundan, unos más dignos que otros, como salida y fomento a la escritura que emerge.

Otro objetivo de las letras de un escritor son los jueces, jurados y dictaminadores en concursos y becas. No falta el escritor que piensa en su obra de acuerdo con las bases de las convocatorias. Por ejemplo, un poeta amoroso, cursi hasta el cansancio pero digno en su oficio, no tendrá reparo en escribir poemas para ancianos, o al lábaro patrio o a los héroes de las letras que nos dieron becas, si eso representa un premio, un periodo de auspicio público o privado, o un reconocimiento social. No quiero decir que los estímulos en dinero sean malos, pero…

Ahora, pasemos a lo contrario. El escritor, según mi postura, se debe a su trabajo. Dejando editores, premios, reconocimientos, firmas, lectores en el sentido antes enunciado, fans y reflectores, el trabajo del escritor se basa en su intelecto –o imaginación–, se sustenta en su lectura, su análisis, su crítica y se manifiesta en su palabra escrita, ergo, publicada. Entonces, el trabajo del escritor tiene alguna función en su entorno cuando adquiere lectores, quienes no necesariamente deberán seguirlo, ni siquiera estar de acuerdo con él en todo.

Hace poco leía que cierta chica del espectáculo (Paris Hilton, Pamela Anderson, no sé) tardó en escribir su autobiografía la tortuosa cantidad de seis meses. Y lo manifestaba con pesar, imagínense, ¡26 semanas encerrada escribiendo! Ahí no hay trabajo. No, por lo menos, un trabajo serio, comprometido.

El escritor que basa su carrera en su trabajo irá bien en las letras, con congruencia y sensatez, creo. Y su trabajo no necesariamente se basa sólo en la escritura, porque también hay lugar para un escritor honesto en el radio, la televisión, la prensa, la docencia, la promoción cultural, la edición y la crítica. Es aquí cuando el lector sale a la calle y transmite su trabajo, su pensamiento, su credo. Y el contacto con la gente –no necesariamente sus lectores– es fundamental. Visto el escucha como un interlocutor, con la posibilidad del diálogo. Visto el escritor en el mismo ámbito que el lector, como personas con oficios diferentes, pero no necesariamente ajenos. Además, las presentaciones de obras sí me parecen buenas, pues en ellas se manifiesta, más que el contenido o la intención del libro, el debate de las ideas, además de que son una oportunidad especial para vender o regalar ejemplares.

Un punto aparte, como reflexión, es que no todos los escritores deben esperar el éxito como si salieran en un reality show. Un escritor no tiene, por fuerza, que triunfar entre los 20 y los 30 años, ni convertirse en una estrella de la cultura o de la vida política necesariamente. Si lo hace, con calidad, enhorabuena. Pero ahí también están mal entendidos tanto el éxito como el público. Casos como Jorge Volpi o Pedro Ángel Palou –con la desconfianza o grandeza con que cada cual guste verlos– no deben ser la norma oficial de los escritores mexicanos, no habría puestos burocráticos o rectorados para todos. Con ello, a quien es escritor de veras le corresponde tener la paciencia y la confianza en su trabajo como una fe.

Por lo anterior, considero que el escritor no debe vivir para su público, sino con sus lectores y por su trabajo.

Epílogo. Esta breve declaración de principios es sólo una reflexión. No lleva, aunque usted lo crea así, dedicatorias personales ni fines pedagógicos. edicioneszetina@yahoo.com

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