Y la nave va

Ring Side*

José Antonio Aspe

El camión me dejó donde está el busto a Carrillo Puerto. De allí al mercado de la Carolina, enfilando rumbo a la vecindad donde vivía el Venado. Crucé por las viejas calles del barrio, librándome de balonazos futboleros y de teporochos. Subí los tres pisos que me llevaron a su cuarto. Eran casi las cuatro de la tarde y no se veía un carajo. La puerta cedió con facilidad. Entré. El Venado estaba en cama sufriendo una cruda pavorosa. Frente a la única ventana, sentada en una mecedora desvencijada reposaba doña Etelvina, su mamá, con su vejez y su canoso cabello hasta la cintura, que lo hacía a uno estremecerse. Me pregunté por qué la tenía siempre en la ventana, si estaba ciega.

-Ora sí me llevó la chingada, Rulo –me dijo el Venado envuelto en su sarape de cuadros amarillos y rojos.

-A usted no se le lleva nadie, Venadazo –le dije entre el olor a mugre, a encierromanobox, a oscuridad, a abandono.

-Sí, mi Rulo, creo que ora simón.

Su cuerpo ya no alcanzaba a dibujarse debajo del sarape. De su cuello caía la piel amarillenta y sin fuerza, se diría que con desgano. Lo atacó un fuerte acceso de tos hasta que las lágrimas le resbalaron por las mejillas.

-Lleva tres días con fiebre –dijo doña Etelvina como para sí misma, con un voz cascada, lejana.

Sobre las paredes carcomidas colgaban cuadros de familiares y de santos, sus reliquias: una Virgen y un San Judas Tadeo. Su padre, ya muerto y en sepia (como siempre imaginé que eran las fotos de los muertos) nos miraba enérgico, encerrado en un marco de madera. Recortes de revistas y de periódicos: Vicente Saldívar, el Ratón Macías, Mantequilla Nápoles, Kid Azteca…

De pronto me topé con una fotografía donde está el gran cabrón del Venado tundiendo a un rival con la zurda, otra donde el réferi le levanta la mano. Una más en que luce, orgulloso, el cinturón de campeonísimo estatal de peso welter. Cuadros de tiempos muertos, gloriosos, de esperanza. Le pregunté por aquellos sus legendarios pantaloncillos negros, con los que ganó, a fines de los sesenta, el campeonato estatal. No me contestó, nada más me miró subiéndose el sarape hasta el pescuezo. La tarde se puso gris y el cielo empezó a tronar. La mecedora de doña Ete crujió. El Venado estiró la mano y haciendo un gran esfuerzo sacó de junto a su cama una botella de Fanta llena de mezcal. Me ofreció un trago que acepté sin remilgos.


*Fragmento del cuento del mismo nombre aparecido en Palabras Pendientes, antología de literatura joven de Morelos, Gobierno del estado de Morelos/Sedesol, 1995 y Navíos y naufragios, UNAM 2001. 

2 thoughts on “Y la nave va

  1. La hormega 6 agosto, 2016 / 23:24

    Bienvenido al blog José Antonio Aspe, seguiremos compartiendo tus historias.

  2. literatoluisrodriguez 5 agosto, 2016 / 05:10

    Todo un símbolo de decadencia y final de derrota.
    Clima muy bien logrado.

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