Arena negra

El blues del diablo

Temprano esta mañana, el diablo toco mi puerta.
Temprano esta mañana, el diablo toco mi puerta.
Y yo dije: Hola Satanás, creo que es hora de irme.

Andrés Uribe Carvajal

La mujer del local me miraba detrás de las botellas de whisky. Era el diablo a quien no pude reconocer en ella. Tuve el error de seducirla. Hace tiempo que yo debía haber estado aquí pagando mi deuda, han pasado ya seis años.

Me fui al cruce un día cualquiera, el polvo se levantaba furioso sobre el suelo, la 61 con la 49, dos autopistas que se interceptaban, y yo ahí plantado. Un muchacho que no tenía nada, que lo había perdido todo. Primero Virginia, luego la bebé. Él debería aparecer en cualquier momento.

Al cabo de la media noche, se acercó un hombre vestido de negro y me miró fijamente. Sus ojos parecían huecos, como un pozo sin fin, sobre los cuales la luna se reflejaba. Estuvo así un tiempo, fijo, como para ver si yo estaba dispuesto a hacer el trato. Di un paso adelante, y me sonrió mostrando unos dientes oxidados.

Tomó mi guitarra entre sus manos y tocó la melodía más triste y bella que jamás había escuchado. En ella cabían todas mis penas, todas mis alegrías, Virginia, la bebé, la vida, la muerte. Al cabo de un rato paró y me devolvió la guitarra, dijo que volvería a verme en un tiempo, después desapareció detrás de una cortina de polvo y no volví a verlo jIMG_20150504_121806amás hasta este día.

Cuando me otorgó la guitarra sentí como podía correr por mí una fuerza extraña entre mis manos, mis dedos parecían moverse por su cuenta por el mástil de la guitarra.

Algo en mí había cambiado. Ya no era un muchacho cualquiera.

Cada que subía al escenario me sentía poseído y furioso. La gente gritaba y yo sentía que cultivaba al diablo en cada uno de ellos con el llanto de mi guitarra. El diablo y yo caminábamos juntos. Me gustaba esa sensación. Hice mías a cuantas mujeres quise por las ciudades a las que fui. Estaba hambriento, nunca pude estar en paz, viví aprisa como él me lo indicó.

Mi nombre es una leyenda y esa leyenda termina su historia hoy, con este último trago de whisky. Me han envenenado en el Three Folks, siento como la muerte corre por mi cuerpo mientras toco mi última canción. El hombre de los dientes oxidados me sonríe desde el público. Viene a cobrar mi alma. La música seguirá sonando dejaré mi guitarra a un lado, y sin decir una palabra saldré de este local para encontrarme con él a pagar lo que hace seis años le prometí.Lh

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