Gato encerrado

La inutilidad de la filosofía

Gabriela Tapia Vega

¿Qué es filosofar?, ¿para qué sirve la filosofía? Estas son interrogantes que generan escarnio o asombro frecuentemente, en un mundo en donde cada vez se hacen más constantes los avances científicos y tecnológicos; en el cual las estrategias de mercado se vuelven el centro de los intereses sociales y laborales, debido a la mundialización, como la llamará Derridá, refiriéndose a la globalización; en donde las disciplinas humanísticas ven tambaleante su status en las universidades.

Nuestras sociedades tecnócratas tienden a voltear la mirada hacia la filosofía con un rostro provocador, dudoso o desconcertante, pues demandan de ella posturas contradictorias, que parecen vacilar frecuentemente “entre la credulidad y la admiración ingenuas, la indulgencia escéptica y divertida, y el desprecio y el resentimiento nacidos de la decepción”[1]. Se la ve con expectativas demasiado altas o con desilusiones demasiado profundas que conducen a críticas devastadoras sobre su utilidad. Sí, sobre su utilidad en nuestro devenir cotidiano en el que todo debe servir para algo, o ¿para alguien?…

Pero, vayamos con cuidado ante este asunto.

jean-francois-lyotardSiguiendo a Lyotard en su libro ¿Por qué filosofar?, el quid del problema radica en que la labor del filósofo consiste en descifrar señales, mensajes de aquello que no se habla, desvelar lo que está oculto, así como encontrar lo no dicho de lo que sí se habla. La palabra filosófica está en los discursos silenciosos y entre el bullicio de lo expresado. La filosofía es la palabra que se muestra cuando aparece el silencio circundante que han dejado los dioses; sí, surge para dar el paso del mito al logos, de la credulidad y la fe, a la explicación, a la racionalidad.

Doxa y episteme

Así, en la antigüedad los filósofos griegos, establecieron la distinción entre doxa y episteme. La doxa es el pensamiento fundamentado básicamente en opiniones, ligeras, apresuradas, poco comprometidas. Es el saber vulgar. Tiene como lugar de circulación privilegiado un parecer provocado por las apariencias. Se basa en paradigmas convencionales establecidos en un tiempo y espacio determinados y a través de ella las cosas y los pensamientos permanecen estáticos. No hay posibilidad de ver las cosas diferentes. La episteme, en cambio, era una forma de conocimiento vinculada al saber científico y filosófico. Un saber metodológico, argumentado.

La filosofía es un cuestionar permanente.  Consiste en evidenciar que lo obvio carece de fundamento, es dar cuenta de que ningún conocimiento es seguro y cuando aparezca como tal hay que dudar, cuestionar, sospechar que ahí “hay gato encerrado”, y éste debe ser puesto en libertad. En esa emancipación, muestra el problema, lo pronuncia y cuando lo hace, modifica el sentido que guardaba en el silencio, por medio de su inmersión en un discurso elaborado. El sentido de la palabra, cambia las cosas al ser pronunciada. No es, sino hasta que nombramos las cosas, que ellas contienen una significación.

Los problemas filosóficos tienen que ser sacados de la realidad, traducidos a un lenguaje diferente a esa realidad que parece no darse cuenta de sus vacíos. No obstante, el problema en filosofía no es el que resuelve situaciones inmediatas, sino el que invita a la cavilación y el análisis.

En apariencia, el acontecer diario no necesita de la filosofía para suceder y resolver sus propios problemas. La gente no busca respuestas más allá de lo que ven, de lo que les hacen ver o de lo que les conviene ver. Quizá sea su pensamiento que falta a lo que le hace señales.

Por eso se cuestiona la necesidad de la filosofía, en un contexto cuya realidad pareciera ignorarla, en donde la ciencia, la tecnología, el mercado, toman en apariencia un papel preponderante ante las necesidades “reales” de las personas.

Callar a los filósofos

2015-01-16 09.38.12Ideológicamente se trata de anular la importancia de la filosofía con el argumento de defender un cierto “verdadero saber” adoptado por teorías cientificistas, quienes argumentan en contra la falta de objetividad en el conocimiento, la vaguedad o especulación que atribuyen a la filosofía y que, por ende, la denota inferior ante ellas. Sin embargo, esta supremacía ideológica que se le atribuye a la ciencia, es sólo un engaño creado por intereses de orden político, religioso o institucional, para ganar poder sobre el terreno de la credibilidad en el conocimiento. La iglesia, el Estado, la misma ciencia, en sí, las instituciones que ostentan cierto poder en un momento determinado, deciden el devenir del conocimiento “infalible” e “irrefutable” en función de sus intereses; de este modo se ha decidido la aparición o no de ciertos conocimientos.

Pero, si la filosofía es inofensiva y no sirve para nada, si no es objetiva y no crea conocimientos “verdaderos”, entonces ¿por qué se le impide al filósofo que haga su trabajo?, ¿por qué se le calla?

Deleuze_CLAIMA20150126_0122_16Cuando alguien pregunta sobre el sentido de hacer filosofía, frecuentemente la respuesta es agresiva. La filosofía, es cierto, no sirve ni al Estado, ni a la Iglesia, ni a las “Instituciones de poder” que tienen otras preocupaciones; tampoco sirve a la ciencia o la tecnología, ellas pueden seguir sin ella. La filosofía, dice Deleuze, sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía.

A quienes ejercen el poder en momentos determinados les interesa mantener el control sobre sus oprimidos. Si el filósofo habla, promueve la reflexión, incita a ver que las cosas pueden ser de otra manera, suscita la crítica, el diálogo, la discusión. Transforma el sentido de los conceptos, los contextualiza; ubica carencias y trata de colmarlas, ve adversarios; construye ideas, elabora interpretaciones.

La palabra del filósofo adquiere sentido al despertar las conciencias, al enunciar lo callado. Sirve para condenar la estupidez haciéndola vergonzosa. La filosofía pretende hacer hombres libres, que no mezclen sus intereses con los intereses de las instituciones. Y a nadie más que a la filosofía le interesa esto.  No obstante, el principal enemigo del filósofo al realizar su labor, en tal caso es el “no te escucho”, el “no me importan tus palabras”, la “indiferencia”.

Y ahí está el trabajo de la filosofía, en la educación. En seguir detectando “lo que hace ruido”, donde hay cosas que “piden a gritos” ser interpretadas. Y en la misma interpretación del “no te escucho” para transformarlo en “las cosas pueden ser de otra manera”.

Así, el sui generis argot filosófico no descansa, de un problema desmenuza otros y aclara poniendo en duda.

La filosofía dejará de ser vigente cuando se acabe la creatividad y no haya más personajes que añadir a los conceptos; cuando éstos se anquilosen. La filosofía seguirá trabajando hasta que todo esté dicho, cuando no haya nada más de qué hablar, entonces, sólo entonces, la filosofía callará para reflexionar sobre lo dicho y aun así volverá a problematizar para comenzar de nuevo…Lh


[1] Bouveresse, Jacques, La demanda de filosofía, tr. del francés Magdalena Olguín y Juan José Botero, Bogotá, Siglo del Hombre Editores, 2001, p. 12.

[2] Fotos tomadas de la red.

2 thoughts on “Gato encerrado

  1. La hormega 9 agosto, 2016 / 06:14

    Bienvenida a La hormega 2.0, Un espacio para la reflexión filosófica ya era necesario en nuestro espacio. ¡Enhorabuena!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s