Lobisea

De un viaje, una presentación doble y un foro alternativo

Gerardo Horacio Porcayo

Cuautla

Volver. Siempre, todo, termina con una vuelta.

Hacía años que no visitaba Cuautla, que no viajaba en Estrella Roja por la antigua ruta de los pueblos que hacen el recorrido de Zapata y el pasado sábado 13, volví a emprenderlo, gracias a la amable invitación de Jesús Ramírez-Bermúdez que propuso una presentación doble: él hablaba de mi novela El Cuerpo del Delirio (de la que ya Juan Pablo Picazo escribiera aquí) y yo de su libro Un diccionario sin palabras y tres historias clínicas que publicara en julio pasado editorial Almadía.

Las mismas curvas, el mismo asfalto y una Cuautla que no ha sufrido demasiados cambios en esa arista, cercana al centro; no como en la otra, la diametralmente opuesta, en esa que estaba acostumbrado a ver en el libramiento hacia la autopista siglo XXI y hacia Puebla.

De Casa de Arte

Presentacion1 [232451]Dicen que uno no es profeta en su tierra y mi presentación en Cuernavaca (mi acta dice que nací ahí) estuvo llena de hombres invisibles y tres lo bastante tangibles, más cuatro invitados de cada uno de mis dos presentadores. Los azares del destino han impedido que arme una presentación en Jojutla (ciudad en la que pasé mis primeros años de vida y a la que ahora he vuelto). Y cuando empecé a preguntar por Casa de Arte, pensé que se trataba de un lugar vinculado al gobierno; la gente me mandaba a la Casa de la Cultura, a la estación de trenes, al Teatro Narciso Mendoza… Y nadie parecía saber dónde quedaba o si existía el foro de mi búsqueda. Es más, tampoco la dirección: Matamoros 63, centro, parecía digerible para los transeúntes; ahí volví a sentir los paralelismos de Cuautla con Jojutla: la gente se guía por referencias, no por direcciones… Y a recordar aquellos tiempos cuando Cuautla y Jojutla luchaban por ser la segunda ciudad importante en el estado… Sobra decir que Jojutla tiró la toalla… Lo peor es que mi celular parecía incapaz de recepción de internet por las robustas paredes de las casas y cuando captaba señal, sólo se dignaba a mostrarme las carreteras hacia Izúcar.

Con todo, terminé haciendo lo tradicional: tomar taxi. Treinta pesos a cambio de recorrer tres calles para encontrar la única cuadra que lleva el nombre de Matamoros.

Pensé que la suerte se repetía. Pensé mal. La recepción fue cálida, a cargo de Norma Abúndez y sus hermanas, y el foro fue llenándose de a poco, hasta abarrotarse. Lo mejor aún, contamos con la asistencia de José Agustín, como parte del público…

Casi dos horas duró la charla. Aquí, lo que escribí para el evento, aunque terminara diciendo otras cosas, bastante cercanas o basadas en esto:

Un diccionario sin palabras

Si la memoria no me falla, encontré a Jesús en 1991, gracias a que un amigo y compañero de la Facultad de Letras, Cuauhtémoc Merino, me invitó a un encuentro en Cuautla. Ahí conocí a José Agustín (durante una conferencia y su aftershow) y a sus hijos. El enlace fue rápido con Jesús, pues compartíamos ese gusto por la Ciencia Ficción. En 1992 lo invité al único Congreso de Ciencia Ficción y Divulgación Científica en Jojutla, organizado por la Sociedad Astronómica Urania y la Señal 152 de AM, estación de radio de la misma Jojutla.

Él fue el tercer lector del manuscrito de mi novela, La Primera Calle de la Soledad, que acabara de escribir el 23 de mayo del 92 y quizá el primero en conocer la noticia de que Tierra Adentro la iba a publicar. Supongo que fue en el 93 la última vez que nos vimos en su departamento del DF y es que las carreras académicas y la vida, siempre terminan extraviando los senderos de quienes no compartimos ciudades. Yo seguí por el lado de la Literatura y la Ciencia Ficción, él, como los grandes maestros, decidió tomar la vía más larga y terminar algo monumental en su exigencia, más aún cuando se especializó en neuropsiquiatría y obtuvo un Doctorado en Ciencias por la más grande casa de estudios de México, la UNAM.

Cuando se habla de Ciencia Ficción, se piensa de inmediato en el espacio exterior; sin embargo, desde nuestras primeras pláticas, lo que más nos interesaba y nos unió, fue la otra CF, la que trata sobre el Espacio Interior, esa que nos llevó compartir a Philip K. Dick.

ramirez-un-diccionario-sin-palabras-portada [232450]En mayo pasado, Jesús me obsequió Paramnesia, su novela fantástica ya en su segunda edición. Y la primera pregunta que me hice fue: ¿Cómo le da tiempo de escribir siendo doctor?, y además una obra tan extensa. En el curso de los meses siguientes, me enteré de este, su nuevo libro y me apunté a leerlo, con esa ansia de quien quiere seguir explorando esa incógnita fundamental que es la inteligencia, la mente y el cerebro humanos.

Sabía que no se trataba de ficciones, pero no conseguía imaginar exactamente el formato, la estructura, la manera en que estaría estructurado.

Afortunada o desafortunadamente mi lectura fue de tipo digital, cosa que a veces es una maravilla y otras, resulta un completo desastre. Creo que en mi caso, resultó positivo porque fiel a mi esencia cascarrabias que aborrece los libros dónde hay llamadas a pie de página que sólo se encuentran al final del capítulo o, peor aún, al final del libro, me salté olímpicamente el llamado y decidí leerlo de forma tradicional, es decir, de principio a fin.

Aunque desde la primera línea existe la advertencia de que se trata de un ensayo, la primera impresión es la de estar leyendo una especie de nuevo periodismo, una crónica, mezcla de recuerdos, apuntes y transcripciones de grabaciones, todo en una adecuada amalgama que sitúa al lector en el lugar, el hospital y el problema.

Lo primero que sorprende de esa narrativa clínica es la manera tan natural y amena en que el lector es conducido a través de sus páginas. Quizá el artificio inicial de explicar y apelar al azar de los volados, allana de manera inmediata cualquier resistencia o prejuicio sobre el tema o incluso cualquier temor sobre la imposibilidad de entender términos, teorías o conceptos. Si bien existía un precedente en mis lecturas, como aquel volumen de Oliver Sacks intitulado El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, la arista, la forma en que Jesús decide abordar esta suerte de crónica o reportaje tipo nuevo periodismo (me refiero a aquel de Tom Wolfe, más que al netamente gonzo) lo vuelve original y del todo inédito (de hecho, si no me equivoco, es el primer libro de esta clase generado en México).

Asistimos, pues, a través de estas páginas al acercamiento complejo de un doctor con pacientes que por traumatismo han perdido el lenguaje y su capacidad de comunicarse de manera social.

El título nos advierte que se trata de tres historias y así, leído de principio a fin, parece que extraviamos una, pues la tercera aparece en los llamados de pie de página que, en realidad más que notas aclaratorias o esclarecimientos bibliográficos, se trata de la exposición teórica de los problemas que el lector va enfrentando mientras conoce con el escritor la historia de los pacientes, sus familiares y la evolución íntegra del evento.

Quizá, para los seguidores del serial Doctor House, la frase “El paciente siempre miente” llegó a ser el recurso manido de un médico excéntrico sin embargo, a lo largo de la bitácora, de las reflexiones y seguimiento a los pacientes, asistimos a las sutiles maneras en que la gestalt familiar conduce al oscurecimiento de hechos, a ese “no decir toda la verdad”, matiz mínimo de aquella frase de House. A eso y al momento demudado donde nos descubrimos en el desconocido espacio interior de la relación doctor-paciente, en esa cuasi imposibilidad para comunicarse con las víctimas de accidentes, con alguien que por distintas circunstancias ha perdido una porción de su cerebro y sufre afasia.

El libro es una vívida aproximación a la labor del médico en su búsqueda de respuestas, en esas reflexiones que visitan y revisitan la filosofía, la lingüística, los razonamientos en torno a la construcción del mundo a partir de la palabra. Es acompañar al autor en esa lucha por no rendirse a las evidencias promediadas, en no elegir de inmediato del catálogo de enfermedades y dar por terminado el problema sin ir más allá. Se trata pues, de la lucha por organizar a través del escaso instrumental existente en el mundo para explorar el cerebro, la forma en que el paciente puede ser ayudado, rehabilitado… o curado, como es el grial de búsqueda ideal del médico.

Leer es aproximarse a ese vacío, ese intento de, como lo dice el mismo título, construir el diccionario sin palabras que permita al médico atravesar el velo de un habla sin sentido, el obstáculo de la incomunicación efectiva, para orientar los adecuados tratamientos.

Es la extraña aventura de pasar del estado de paciente al de galeno y comprender limitantes, burocracias, búsquedas, investigaciones sobre lo ético, mientras la enfermedad prosigue su marcha, sin pausas.

Un libro que vale la pena ir descubriendo de manera individual, personalizada.

One thought on “Lobisea

  1. Norma Abúndez 16 agosto, 2016 / 17:11

    Muchas gracias por tu presencia y talento. Cierto, a Casa de Arte se llega por referencias pues casi nadie conoce la calle Matamoros aunque esté parado sobre ella. Me siento honrada por haber sido su anfitriona y espero que pronto nos volvamos a ver. Gracias mil.

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