Paradojas

Fadanelli no o larga vida a la literatura banal

Daniel Zetina |@DanieloZetina

Lo que publica el narrador mexicano Guillermo Fadanelli no puede llamarse literatura basura. Eso sería rebajarlo tanto que resultaría un halago. Es una literatura de la banalidad, como lo es a su modo Jaime Bayly. Bayly lo hace con el consumismo y la exhibición de su vida privada. Fadanelli desarrolla sus historias a partir de la cotidianidad urbana, que es banal. No hay tragedia con altos valores que transmitir ni comedia con su objetivo de entretenimiento a través del humor inteligente o bobo. Es una tragicomedia simple. Es la exhibición de sus observaciones, o de su propia vida, como en Educar a los topos.

Educar-a-los-topos-1-300x300Fadanelli no construye una realidad a partir de un estilo personal exclusivo. Aprovecha el estilo de lo que observa, gente común y corriente, poco agraciada, que no hace nada extraordinario. Fadanelli describe la realidad y no parece tener mayores pretensiones al respecto. No inventa, no recrea. Casi no hay clímax en sus relatos. En eso es bueno, en asomarse a la ventana y volver adentro a escribir lo que vio. Tampoco se parece ni de lejos al realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez, en cuyos libros se advierte la intención de conmover al lector con lo grotesco y lo absurdo de la vida en Cubalandia.

Me agrada de Fadanelli que sus novelas son cortes en las historias de sus personajes: no hay principios ni finales. Son personajes de psicología predecible, de hábitos comunes, con tramas hechas a partir de anécdotas y sin embargo, con un lenguaje comestible, una sintaxis fluida como el metro de la Ciudad de México y con la mínima cantidad de intertextualidades.

Me parece que Fadanelli no engaña a nadie. Quienes han afirmado que es uno de los mejores escritores de su generación (si eso existe) son sus críticos, amigos y enemigos, pero no ha sido él. Quizás no haya en México un crítico de la literatura que hace Fadanelli que no sea un adulador y yo no pretendo ser uno. Acaso Fadanelli cae en la vanagloria de catalogar su propia obra, con el epíteto mencionado de literatura basura, y por lo mismo hay que desconfiar del asunto, aunque por suerte no se forma en la fila de la literatura de la onda.

Política o estéticamente sí le interesan otros clubes de Toby, sobre todo los que se autoimponen la marginación, casi la discriminación, como una estrategia para conseguir lectores sobre todo entre el público neófito, es decir, casi la totalidad del respetable gran público lector. Me refiero al chiste de formarse en la fila que lleva al paraíso de la contracultura, que en las últimas décadas ha conseguido algunas becas para escritores que siempre andan en manada.

Lo de Fadanelli es una literatura banal, que no por eso hay que dejar de leer. Sus libros se venden, se comentan en impreso, en digital, de viva voz. Han entrado en la dinámica del mercado del libro y se quedarán ahí no para la eternidad gloriosa, porque eso sería insultante para el autor, pero quizás sobrevivan algunas décadas después de su muerte.

Si años más tarde (o incluso ahora) alguien pone la obra de Fadanelli como parte de la gran literatura mexicana (lo que es una ficción) me voy a reír. Para empezar, porque creo que como en todo país en México puede haber no poco de buena literatura y casi nada de gran literatura. Por ejemplo, decir que José Emilio Pacheco es un gran poeta es abusar del paroxismo. En todo caso, Pacheco es un buen poeta, pero decirle “gran” es insultarlo. A Pacheco se le ha premiado, creo yo, por su permanencia y por el número de lectores que ha conseguido a lo largo de sus doscientos años de carrera, pero de ahí a un gran poeta hay diez lagos de Texcoco de distancia. ¿Dónde quedaría, no Pacheco, sino su poesía, si la comparamos con la obra de Neruda, Gelman o Cardenal? Quedaría en su justo lugar, lejos del top ten de poetas latinoamericanos, pero aún con sus miles de lectores fieles, dispuestos a aplaudirle hasta las erratas. No olvidemos que en México, uno de los valores más respetados y promovidos es la solidaridad.

Del mismo modo, si algún profesor-investigador mexicano, de esos aburridos que se sienten el Harold Bloom región cuatro, coloca la obra de Fadanelli a la par de la de Carlos Fuentes Gasca, yo me voy a seguir riendo, pero quizás Fadanelli se ponga a llorar. Porque su narrativa no es ese arte monumental, nacional y cosmopolita que pretende Fuentes, el casi casi Nobel. Y la obra de Fadanelli no es la mejor, eso queda claro, pero no es tan aburrida, popof, aristócrata ni priista como la de Charles Fontaine.

Tampoco es que Fadanelli sea perredista, comunista, contestatario, beligerante, revolucionaria, vanguardista ni especialmente propositiva. Es decir, no manifiesta una ideología ni pretende transmitir ideales, valores ni nada. Es casi inocua y además es breve. Podríamos decir, “lo inocuo, si breve, dos veces inocuo”. Eso se agradece, porque ser banal y además extenso sí sería abusar del lector, del librero, del editor y de los recursos naturales. Como Eloy Urroz, quien parece creer que mientras más tabiques sean sus bodrios más se los van a aplaudir. La obra (sic) de Urroz es poco menos que ofensiva para la vista. Lo digo porque sus anécdotas podrían ocurrir en una minificción de media página y aun así serían de una muy digna mediana calidad, pero él se empecina en hacer bostezar al lector y ayudarle a dormir la siesta a medio día en vez de despertar su imaginación. Claro, su labor social es indiscutible, gracias a él, los lectores obtienen un descanso que les permite seguir adelante con sus actividades diarias. Dos claros ejemplos de lo que digo son Las rémoras y Un siglo tras de mí, a los que si se les quita la paja y la erudición barata del inseguro escritor, no pasarían de quince renglones. Añado que sus anécdotas además son lugares comunes. Si no puede dormir, no tome píldoras de Dalay, vaya a la librería y compre estas novelas, recuerde buscarlas en la sección de saldos o remates.

No creo que Fadanelli sea un ignorante, confío en que la observación y el estilo de vida que dice tener le han dado, si no sabiduría, sí experiencia. Además es un lector como también presume y yo le creo. Si bien no carece de poses, ningún artista se salva de ellas, Fadanelli parece, pero no es, un escritor maldito ni un simple borrachín que escribe (como quizás sí lo sea Javier García-Galiano).

Es claro que para Fadanelli escribir es algo serio pero no rimbombante ni perfumado con lociones europeas, como la infumable narrativa de Ignacio Padilla, quien resulta tan rebuscado que sorprende por su conocimiento tipo National Geographic. Padilla narra sin misterio ni movimiento, lo cual, queda claro, le ha servido para apantallar a los jurados mexicanos y extranjeros, casi todos fieles representantes de la gerontocracia literaria, cuando no falsos profesores de semiología o lingüística, que le han otorgado importantes premios, pero que abruma al lector común, el que compra sus libros en Sanborn’s y no en Sotheby’s y que lee por placer no por quedar bien con la alta esfera de la vanidescencia cultural.

No, Fadanelli no es un escritor chic de modales refinados que se asusta si lo llevan a una cantina, ni es un vividor del glamour callejero como Bukowski (una comparación insultante para ambos), ni un representante mexica del realismo sucio de Pedro Juan Gutiérrez, ni un narrador con la escrupulosidad narrativa de Enrique Serna, pero sí es un escritor congruente, opino, aunque con este adjetivo podría sentirse ofendido.

Fadanelli tampoco es un topo (como lo fuera en alguna medida Daniel Sada), ni una estrella del Circo Socialité (como Álvaro Enrigue), ni un embajador literario de México para el mundo (como Juan Villoro), ni un laureadísimo funcionario (como Sergio Pitol), ni una diva de novelas soporíferas (como Margo Glantz), por hablar de otros mexicanos también publicados en Anagrama, al igual que Fadanelli. De hecho, según Jorge Herralde, director de dicho sello, Fadanelli nunca le envió un libro para ver si se lo publicaba, a pesar de que la buena fama del mexicano ya había llegado a oídos de Herralde. La inclusión de Fadanelli en el catálogo de la colección Narrativas hispánicas sucedió hasta que se conocieron en persona en el marco de La Otra en Guadalajara y Herralde le hizo la invitación en persona.

¿Fadanelli es un escritor atípico? Eso sería decir mucho, creo, pero quizás no esté tan lejos. Por lo menos puede considerarse atípico dentro de la literatura mexicana, lo que eso signifique. En mi opinión, Fadanelli es un escritor costumbrista, profundamente capitalino, urbano, que intenta hacer su trabajo lo mejor posible.

Hasta puede parecer que piensa en su público al escribir, que se dedica a él con ahínco, porque si yo compro un libro de Fadanelli tengo una expectativa de lo que encontraré dentro y Fadanelli no me decepciona, ahí está el Fadanelli que buscaba leer y no un nuevo escritor, inventado en un periodo de renacimiento interior después de alguna crisis o experiencia mística ni un nuevo narrador que ha terminado un doctorado en letras.

Quizás hay quien piensa que Fadanelli sí publica basura, pero en todo caso, uno encuentra siempre el mismo tipo de desperdicios al abrir un libro suyo. Eso habla de un estilo constante, que con el tiempo el lector podrá adivinar con los ojos cerrados. Toda la obra de Fadanelli huele a Fadanelli. No hay sorpresas. Y a pesar de que, claro, no todas sus historias son las mismas, tampoco da bandazos, no cambia a novela histórica o de ciencia ficción, se mantiene en su canal de siempre: literatura banal, sabrosa, con un toque de morbo, solo un poco, con personajes verosímiles, no sorprendentes y con una tensión leve, pero constante.

Opuesto a Fadanelli encontraríamos a Mario Bellatin, esa quimera literaria, ese genio loco, que a veces entrega libros muy buenos (como Salón de belleza o El jardín de la señora Murakami) y a veces experimentos más bien cuestionables (como Poeta ciego) o genialidades inclasificables (como Flores). Bellatin tiene otros atributos, muy diferentes, como el correr riesgos y prácticamente carecer de zona de confort al escribir y al publicar, o como su decisión manifiesta de no leer la obra de sus contemporáneos, cosas que no encontramos en Fadanelli. Como opuestos, son casi perfectos.

Fadanelli tiene su lugar propio en la literatura de hoy, por lo menos en la de hoy. Ha encontrado un lugar cómodo y tranquilo y parece disfrutar, pero solo un poco, del aplauso y los elogios del público. Como sea, su obra se lee, y aunque quizás no alcance el número de lectores (y se ingresos) que ha logrado José Agustín (otro escritor con quien se le compara con poca razón), lo más seguro es que disfrute del beneficio de tener lectores, en este país y en otros, en donde, a pesar del pesimismo que impera en el medio, cada día hay más lectores.

¡Larga vida a la literatura banal!

¡Dulce vida a Guillermo Fadanelli!Lh

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