Y la nave va

Cante jondo

José Antonio Aspe

Afuera, el silencio de la ciudad que descansa solo se interrumpe por el ulular de una ambulancia y el paso de un avión. Adentro, el sombrero de fieltro reflejado en la luna del tocador de caoba, junto a la polvera de plata, los bilés y rímeles que ya no le pintan a Carlota los pómulos hundidos, la boca larga y delgada y los ojazos negros, más vivos que viejoun pez. En el piso los zapatos sin bolear, agujerados y con una agujeta más corta que la otra, son mudos testigos de interminables caminatas por parques y avenidas; zapatos proa y popa del desasosiego y la desesperanza, aparejos de un capitán extraviado en altamar. Afuera, las banquetas y el asfalto de concreto. Adentro, la duela de madera, las pesadas cortinas color vino y los gastados muebles extrañan de Carlota las mañanas de aire y chiflones, de escoba, trapeador y discos de flamenco y cante jondo. Nicolás la sueña joven, niña y vieja. Cocinando, fornicando… Estéril para procrear pero fértil para amar y consolar. La sueña soltera y casada, novia y esposa, frágil y fuerte.

La luz despunta y pega en el vaso que guarda la dentadura. Hace frío. El ruido de autos y camiones es ensordecedor. Las campanas de la iglesia La Coronación ya deben haber llamado a misa de siete. Nicolás saca del bolsillo de su abrigo un escapulario y lo besa con devoción. Escoge de entre un bulto de ropa apiñado en el suelo una arrugada y sucia camisa caqui, la alisa con energía y se la pone. Camina pausadamente, sintiendo el rechinar de la duela bajo sus pies y saca la corbata guinda que encuentra, hecha bolita, en la maleta que preparó meses atrás, después del entierro, solo para descubrir que no tenía a nadie, que familiares y parientes ya eran puros fantasmas. Descuelga el abrigo del perchero y se lo viste al compás de un ritual. Se coloca con cuidado y elegancia el sombrero sobre las canas y el cabello graso y enredado. Su mano, por un momento firme y segura como antaño, abre la puerta y en su mente un solo pensamiento que crece: “Adelante gordo, la vida es tuya y tienes todo el día para buscar a Carlota”. El viejo se persigna y sale a caminar intentando erguirse, acompañado de su bastón y silbando un pasodoble. Seguro, como nunca, de que hoy sí habrá de hallarla.Lh

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. El ejemplo justo de que la esperanza nunca se pierde.

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