Lobisea

Ignacio, sus géneros y la secreta estrategia narrativa

Gerardo Horacio Porcayo

Había planeado otra cosa para esta entrega. Llevaba borradores… Pero, en la loable y desastrosa labor de la procrastinación, me topé con la noticia. Fue un balde de agua fría que me apresuré a confirmar; porque me han colado más muertes falsas a través del face, que uno ya se va con tientos…

Las redes y la muerte no virtual

Escribir sobre Ignacio Padilla, a raíz de su lamentable muerte el pasado 20 de agosto se da de forma natural en las redes; todos, terminan mostrando sus historias de serendipia y elevador, esos momentos de revelación en el encuentro con “el maestro”.

¿Qué tan diferente es escribir para un blog? Sigue siendo parte de la red y según muchas voces, desde 2009 asistimos a la extinción del blog… Y, sin embargo, se mueve…

IPadillaDiscusiones bizantinas aparte, parece obligado reflexionar sobre su escritura y la gran pérdida que supone su desaparición a sus 47 años de vida, cuando aún, según su devenir literario indica, tenía muchas historias por entregarnos…

¿Qué reflexiones son adecuadas?

Quiero suponer que todas… y que es preciso empezar por el principio: ¿para quién escribe uno? Esa siempre es la gran pregunta cuando la escritura es algo más que pasión, que catarsis y entrega. Cuando hay grandes meditaciones de por medio. Borges fue afecto a la Ciencia Ficción, pero se cuidó bastante de decirlo claramente hasta antes de la publicación de sus obras completas de 1978, donde ya incluye una noticia biográfica escrita desde un futuro donde el periodismo ha desaparecido y a él se le reconoce como una influencia máxima de la literatura fantástica.

Ignacio Padilla escribió  ciencia ficción, antes y después del Crack.

Antes del Crack

Se ha dicho y escrito en diferentes oportunidades, que el boom de la CF mexicana fue en los 90, gracias al Premio Nacional Puebla de Cuento de Ciencia Ficción. Padilla fue mención honorífica de la quinta emisión (1988) del mencionado premio con “Mañana nos vimos, Jonás” y, como era usual, su texto apareció en las páginas de Ciencia y Desarrollo (N° 87). Las peculiaridades poéticas, el vínculo a los temas bíblicos así como los juegos con el tiempo estaban ya presentes, así como esa extraña frialdad semi enciclopédica, esa distancia entre los personajes y el lector, ese que no deja de recordarnos que estamos leyendo.

Como cuentistas no existen grandes impactos, rara ocasión aparece un trabajo que se vuelva el faro y vector (aunque claro, hay casos, como El rayo Macoy de Ramírez Heredia o De como Guadalupe bajó a la montaña y todo lo demás de Ignacio Betancourt, o extremos como Cartas a una señorita en París de Cortázar), pero en la historia de la evolución de un movimiento o un género (la CF), la publicación de números monográficos se transforma en señero especializado. A principios de 1991 (enero-febrero), el N° 51 de la revista Tierra Adentro fue dedicado a ese género que Borges soslayaba mencionar. Había trabajos sobre la obra de Tario, la inclusión de las plumas de CF que ya son clásicas en nuestras tierras, mas un cuento de un entonces tímido Jesús RB (de quien hablamos en la pasada entrega de Lobisea) y La mano izquierda del diablo de Ignacio Padilla. El trabajo, más que una completa propuesta de otra CF, era una reafirmación de su estilo, un acercamiento a los temas apocalípticos a través del enfrentamiento en la urbe de un demonio con un ángel y sus transfiguraciones. Bien a bien, el texto marcaba esa búsqueda de vinculación desvinculada, de búsqueda más allá de los horizontes preestablecidos de un género.

Hubo presentaciones del número monográfico, pretextos de festejo, pero Padilla no hizo acto de aparición, hasta 1994, cuando su cuento La noche de los gatos amurallados le granjeara el III Premio Kalpa de Cuento de Ciencia Ficción. Tercero y último organizado por el CNCA y que otorgaba como trofeo una escultura de Sebastián especialmente diseñada para este premio (gestión de Mauricio-José Schwarz y Ruiz Dueñas). Por supuesto, ahí si hubo presencia de Padilla y hasta una foto (perdida en archivos) que retrataba a los ganadores del premio (Zárate, Porcayo y Padilla). Hubo breve coctel de after show y las preguntas atosigantes de los freaks (o sea, quienes escribíamos CF y no lo habíamos visto en otras reuniones) que querían averiguan influencias, libros favoritos, algo que pudiera explicar que no gravitara alrededor del núcleo de la CF, gustándole el género.

La noche de los gatos amurallados repetía esa extraña distancia, esa sensación de ingresar a un tratado, a algo serio, que además contaba la historia de un temblor devastador, unos náufragos en el metro y gatos…

Muchos creímos que a partir de ahí veríamos más seguido a Padilla, en reuniones, congresos, encuentros… Nos equivocábamos, por supuesto.

Después del Crack

El 7 de agosto de 1996 se dieron a conocer los manifiestos del Crack que incluían las plumas de Volpi, Urroz, Chávez, Palou y Padilla. Ignacio es el tercero en orden secuencial y aunque es la presentación en pleno de su movimiento, el primero del siglo XXI que pretendía marcar la nueva tendencia literaria, Padilla coquetea con la CF y nos dice:

“No nos engañemos: no hay en las novelas del Crack, ciertamente apocalípticas, originalidad escatológica. Sería injusto otorgarles esta línea, injusto con una larguísima tradición que, por cierto, no es precisamente mexicana. (…) no escribimos desde el apocalipsis, que es viejo, sino desde un mundo situado más allá del final. Si al parecer hay en estas novelas un afán creacionista (…) es porque se juzga necesario construir ese cosmos grotesco para tener mayor y más verosímil derecho a destruirlo. Y una vez destruido, sólo entonces, comienzan las novelas del Crack a aparecer dentro del imperio del caos.” (Volpi 5-6)

Y más adelante, declara su filiación con Bajtin, para acabar de redondear su propuesta:

“Lo que buscan las novelas del Crack es lograr historias cuyo cronotopo, en términos bajtinianos, sea cero: el no lugar y el no tiempo, todos los tiempos y lugares y ninguno. Del comic hemos tomado lo que accidentalmente hicieran, hace más de medio milenio y en forma accidental, los refundidores del Amadís de Gaula y lo que, sólo hace cinco años, ha hecho el austríaco Ransmayr al situar a su Públio Ovidio Nasón frente a un ramillete de micrófonos. La dislocación en estas novelas del Crack no será a fin de cuentas sino remedo de una realidad alocada y dislocada, producto de un mundo cuya massmediatización lo lleva a un fin de siglo trunco en tiempos y lugares, roto por exceso de ligamentos.” (Volpi 6)

Se vincula a temas y procedimientos (con Borges) de la Ciencia Ficción, los alude (incluso sugiere su origen extranjero) pero, se desmarca de ellos.

Claro, aquí, y hay que puntualizar, Padilla habla de las novelas, como si el territorio de los cuentos fuera otro. Y, de hecho lo es.

En 2003, con motivo de la presentación de Espiral de Artillería en la Universidad Iberoamericana Puebla y tras una agradable charla general sobre su narrativa que incluyó revisitaciones a su Si volviesen sus majestades, quien esto escribe, en el after show, se aproximó con sus viejas preguntas necias, retomando el tema y argumento por él descritos en Si volviesen…, y tras varios vacilares concreté: “pero… entonces cuál es la diferencia entre lo que escribes y la ciencia ficción”. Entrecerró sus ojos en una sonrisa y levantó los hombros como diciendo: ¿importa? ¿De veras? Preferí entonces cambiar al tema del cuento y aseguró: “los editores siguen diciendo que los cuentos no venden, tengo que hacer tratos con ellos, para ir sacando mis volúmenes”

En 2008 apareció en Letras de espuma El androide y las quimeras, título en que ya no parecía haber amedrentamiento alguno por el uso de personajes o vocablos directamente vinculados con la CF. Lo leí, de un tirón. Y quedé sorprendido. Todos aquellos rasgos estilísticos de sus primeros cuentos habían sido llevados a un adecuado refinamiento: permanecía la distancia entre personajes y lector, esa barrera especial que ahora obraba de manera distinta, pues, para ser francos, Padilla había acudido a las fuentes y creado cuentos de CF en su más acabada denominación de origen, recurriendo a eventos, notas de las invenciones tecnológicas del siglo XIX  y extrapolando a historias de extraña sensibilidad intelectual.

Por supuesto, quería comentarle todo esto, pero yo soy como aquel personaje de Auster, ese de El Palacio de la luna que en algún momento decidió que la comunicación telefónica era un remedo espurio de las relaciones humanas, sólo que actualizado, porque lo sociable no se me activa en redes sociales… Así que guardé silencio. Y esperé…

No volví a ver a Ignacio Padilla, hasta diciembre del año pasado, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Se acordó de mí, como siempre, tenía noticias sobre mi nuevo libro y festejó su título. Estábamos en la barra de una cafetería atestada que servía americanos para llevar. Él, como siempre, llevaba compañeros de trabajo que me miraron con cara de “no nos lo distraigas”. Quedamos de vernos más adelante… Pero lo multitudinario del evento impidió que nos encontráramos.

No sé cuántos libros dejó en su computadora, ni siquiera he acabado de comprar los volúmenes de cuento ya publicados… Quizá en mi chauvinismo esperaba el momento en que Nacho se despojara de los disfraces y declarara su amor y filiación por la CF…

Creo que, en todo caso, habría declarado más su borgianismo o hubiera aclarado que Cervantes, en el Quijote, como muchos aseguran, había inventado la CF con la escena de Clavileño… Que lo suyo, lo suyo, era el Crack. O mejor aún, quizá hubiera vuelto a levantar los hombros y a seguir escribiendo sin meterse a fuerza en etiquetas. Él sabía cómo hacerlo…

Otros… Otros nada sabemos…Lh


Volpi, et al. “Manifiesto Crack” en Lateral. Revista de Cultura. N. 70 octubre de 2000. (On Line, PDF). Arbeitsmaterial für den Interdisziplinären Lehrgang für Höhere Lateinamerika-Studien – Österreichisches Lateinamerika-Institut – SS 2005.

http://www.lateral-ed.es/tema/070manifiestocrack.htm (versión original)

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