Paradojas

Mi vida en gris o cuando me aburro publico un libro

Daniel Zetina@DanieloZetina

Parece que en su ¿novela? El cuerpo en que nací (Anagrama, 2011), la escritora mexicana Guadalupe Nettel va a contar una historia, pero nunca lo hace. Inicia en la infancia de un personaje que es ella misma. Comienza bien en la parte en la que recibe tratamientos médicos por su estrabismo (estrabismo real de la autora). Parece que ese ojo y su cuerpo en general tendrán una relevancia mayor en la obra. Como lector creo adentrarme en una precoz autobiografía, quizás en una autobiografía ficticia, como aquella muy buena de Enrique Serna titulada Fruta verde, pero tampoco en esto hay trascendencia. La importancia del cuerpo será intercambiada varias veces por otras obsesiones de quien escribe.

PlantALBA.qxdA lo largo de las 196 páginas, Nettel se dedica a hablar de su familia. De las vicisitudes de sus padres en medio de la liberación sexual de la década de los setenta mexicanos, de sus predecibles conflictos de pareja y de sus búsqueda de identidad. Lo cuenta como si fuera ella quien lo dice por primera vez, como si no hubiera corrido mucha tinta ya al respecto, como si nadie hubiera escrito del modo en que afectó o influyó la liberación sexual en la clase alta de nuestro país. Y lo hace por lo mismo con una ingenuidad que sorprende. Está bien que el personaje, suyo de sí, sea una niña que recibe demasiada información relacionada con la sexualidad, pero la escritora, una adulta de cuarenta años, parece todavía sorprendida de decir lo que cuenta. Como si le diera pena. Esto además hace inverosímil al personaje, que a medio libro ya es una intrépida aventurera en los barrios bajos de París.

Nettel narra no una continuidad, sino fragmentos de una vida burguesa, con unos padres dominados por el vértigo sexual de la época, pero que no comparten ni la psicodelia ni las ideas políticas de nadie. Como si el 68 o las revoluciones sociales latinoamericanas no hubieran existido en su contexto. La niña Guadalupe y toda su familia se comportan de lo más ordinario, incluida su abuela, que es conservadora, cabezadura e impositiva, quizás enojada por los malos padres que les tocaron a sus nietos. Como sea, nunca hay una pérdida ni un desgarramiento, un misterio ni una pasión. Incluso en los momentos de coyuntura todos se comportan con una amabilidad que fastidia.

Probablemente Nettel intentó describir su propio cuadro familiar del modo más directo, digamos real, y si cree haberlo conseguido, entonces, lo siento, esa mujer tiene una familia muy aburrida.

Las grandes tragedias de la protagonista, como pudieran serlo la migración y el abandono que vive, Nettel las cuenta como si antes de escribirlas hubiera perdido el interés de hacerlo. Como si para redactar El cuerpo en que nací alguien la hubiera forzado. Como si el editor, su agente o alguna otra persona cercana a ella le hubiera dicho “Termínalo como puedas y envíaselo a tu editor, te lo va a publicar de cualquier manera”, o “¿No estabas escribiendo tus memorias de puberta?” o “Seguro se convierte en un clásico de la literatura juvenil”.

Puede tratarse también de un diario de la autora, recuperado y adaptado (sic) a novela confesional. Pero repito, si se hubiera centrado un poco más en el tema del cuerpo, quizás habría conmovido a algún lector.

Regresando a las tragedias, no tienen ni ton ni son, como todas las acciones de la supuesta novela. La madre, ya divorciada, decide ir a Europa, pero eso no tiene mayores repercusiones que dejar a sus dos hijos con su madre. Los niños lo padecen, pero siguen sus vidas. Luego la madre lleva los niños a Francia con ella, a vivir cómodamente en un barrio que al principio Nettel pinta de bandoleros y uno cree que la cosa se salvará con alguna anécdota de polvo y sangre, pero no. Hasta cuando la niña vive una pelea callejera parece no tener ninguna exaltación de emociones.

Nunca sucede nada ni medianamente interesante. Ni un golpe duro, una noticia deslumbrante, un amor, una muerte. No hay vértigo, misterio ni tensión. No hay trama. Es solo la concatenación de hechos fortuitos que no llevan hacia ningún lugar y cuyos motivos son fofos, ni siquiera absurdos.

nettelCon esfuerzo, puedo encontrar dos virtudes en el libro: la obra está bien escrita, es decir, la lectura, aunque vacía, fluye con una velocidad impresionante. Y qué bueno, porque si además de aburrida fuera lenta, no sería más que un mamotreto digno de equilibrar una mesa y no más. El segundo punto a favor lo he olvidado.

Pero otro dato innecesario hay en la composición de la obra. El personaje principal, es decir, Lupita, habla todo el tiempo con una doctora de apellido Sazlavski, que a todas luces no es un personaje sino un alter ego de la autora. Es como Nettel se llama a sí misma cuando se mira en el espejo mientras escribe. Y lo usa como un recurso para intentar vencer su inseguridad de escribir cosas malas sobre su madre. ¡Ah, pero qué valiente! Lo único rescatable de esta doctora, supongo que en psicoanálisis ortodoxo, es que justifica la libre asociación de la escritora. Es decir, Nettel no se puso a escribir, sino que se recargó en el diván de su pobre oficio literario y se dejó llevar por la libre asociación de ideas. Quizás se grabó mientras iba y venía a su impoluto inconsciente y luego transcribió, limpió y entregó el resultado como una obra literaria. Como experimento me parece excelente, si no fuera porque el resultado es todo lo contrario.

Otra opción es que la doctora Sazlavski sea una alucinación de la narradora, quien tal vez abreva de sus recuerdos para escapar mentalmente del manicomio en el que terminó afectada por el ya mencionado aburrimiento crónico. Y no lo digo de gratis, porque cuando la niña vive en la casa de su abuela, dice ver insectos, y esto según sé, es llamado esquizofrenia, según los cánones médicos. Lo malo es que al final de la novela (como en ningún momento) se nos informa con claridad desde dónde, más bien desde cuándo narra la protagonista, es decir, ¿quién cuenta estas memorias, una lesbiana, una mujer feliz o amargada, una madre de familia de cuarenta años y de buen ver?

Vayamos al lenguaje de la obra. En un estilo constante, eso sí, el lenguaje va y viene. Alcanza buenos momentos y luego cae precipitadamente. Algo que cansa son las inocuas explicaciones que Nettel necesita darle al lector. Creo que está bien que la escritora consulte el diccionario y alguna enciclopedia mientras escribe y que si desconoce conceptos o hechos históricos se los deje claro, pero no tiene por qué verter las definiciones directamente en la obra que trata de componer. Parece también una muletilla del tipo “lo voy a poner por si alguien que no es mexicano me lee, para que me entienda”. Por ejemplo, explica qué es El Palacio de Hierro y no la frase “hablar con la papa en la boca”.

En la página 185 sucede algo desconcertante y que provoca el humor no intencional. Al personaje que ya para entonces es adulta, y que claro, es una escritora, su madre la amenaza con que si publica algo desagradable sobre ella la va a demandar por perjudicar su imagen. Con honestidad, solo podría demandarla por escribir mal, pero no por difamarla, si la presenta como un ser del todo llano y sin chiste.

En la página 186 Nettel rinde tributo a la generación beatnik, y se inflama su pluma al escribir nombres como William Burroughs o Alan Ginsberg “cuya biografía me impresionó muchísimo”. Ignoro por qué en México escritores de la generación de Nettel y más jóvenes profesan tal admiración hacia los representantes de dicha corriente literaria. Es respetable, faltaba más, pero bueno aquí Nettel expone sus principios estéticos, no cabe duda. En otro momento también da cuenta de su admiración por Octavio Paz, padecimiento colectivo de varias generaciones de escritores en México.

El final es abrumador. Es obvio que la autora intentó rematar con algo que salvara su pluma y para ello buscó frases que se quedaran en la memoria del lector por lo menos hasta el momento en que abandonara la novela en el librero. Pero, como en lo demás, Nettel no tuvo el tino necesario. Pueden leerse frases como “El cuerpo en que nacimos no es el mismo en el que dejamos el mundo”, y bueno, eso significa todo, nada y lo mismo. Su único valor es que trata de cerrar haciendo un guiño al título del libro, el cuerpo. Lo malo es que no tiene ningún valor, porque la autora se olvidó del cuerpo cien páginas atrás.

¿Qué importancia puede tener si El cuerpo en que nací es la autobiografía de la Nettel o una simple invención dominguera? Parece un ejercicio de taller literario, tipo “mírate al espejo y escribe tu gran novela”. No tiene un valor literario por sí mismo, es una crónica que no se para sola y estoy seguro que no pasará nada interesante con ella.

Antes leí de Nettel su libro de cuentos Flores. No recuerdo ninguno en particular, pero, al igual que con esta nueva lectura, me quedó la sensación de que es una autora que escribe de manera fluida y que puede en algún momento, si lo decide y lo lleva a cabo, contarnos una historia de verdad, algo profundo y conmovedor y no vacuidades. Habrá que ver si se anima. Buscaré su otra novela publicada previamente por Anagrama, El huésped, a ver si me sabe a algo. Lh

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