Gato encerrado

¿Políticos por naturaleza?

Gabriela Tapia Vega

“El hombre es por naturaleza un animal político”[1], dice Aristóteles en su discurso de La política,  de ahí, que al referirse a la naturaleza de las cosas, la considera como, lo que es cada cosa al término de su generación y esto redunda en lo mejor; dicho lo anterior, la palabra “político”, designa una tendencia a lo social, ello implicaría que el humano es por naturaleza, o tiende hacia lo social, hacia vivir en comunidad. Toda ciudad existe por naturaleza, es decir, hacia ella tienden todas las demás comunidades y el hombre al ser por naturaleza un animal político, o sea, un ser social, constituye la familia y la ciudad.

El ser humano es entre todos los demás animales, el único que tiene palabra para expresar las cosas o situaciones que se presentan al estar en contacto con otros semejantes en una comunidad.

THE NEW YOULa naturaleza de lo político implica que la comunitariedad es la esencia y finalidad del individuo y de su vida en relación con otros semejantes. Esto no significa que Aristóteles plantee una reducción de lo político hacia la tendencia a la formación de comunidades. No, si bien en principio el individuo es para la polis, este no pierde su individualidad, su ser parte, pese al todo.

Lo que desde Aristóteles resulta claro es que el individuo se realiza, o realiza toda su potencialidad precisamente en la polis, toda vez que ésta es la finalidad del individuo en cuanto tiene de común con otros. Así, ante las limitaciones propias del individuo aislado, la polis lo actualiza, lo lleva a ser acto y le lleva a desarrollar la plena autonomía, imposible para el individuo solo – a menos que sea una bestia, un desquiciado o un ser superior -, pues lo racionalmente humano es la tensión natural a la sociabilidad.

En esencia, para Aristóteles, la polis es el significado último para el cual los hombres tienden a vivir. Y menciona:

“Es pues manifiesto que la ciudad es por naturaleza anterior al individuo, pues si el individuo no puede de por sí bastarse a sí mismo, deberá estar con el todo político en la misma relación que las otras partes lo están con su respectivo todo. El que sea incapaz de entrar en esta participación común, o que, a causa de su propia suficiencia, no necesite de ella, no es más parte de la ciudad, sino que es una bestia o un dios”.[2]

La naturaleza ha impulsado en todos los mortales una tendencia de sociabilidad.

Esta perspectiva, que el propio Aristóteles entiende como búsqueda de perfección, es posible desde una consideración tal del todo político, como un escenario de realización de la virtud, de actualización del individuo y escenario de construcción de la comunidad. Y vemos que toda comunidad es instituida en vista de un bien (los hombres obran siempre por lo que les parece bueno), es claro que todas tienden a un bien pero al principal de todos, con mayor razón. Tienden a un escenario o una comunidad, la más poderosa de todas, que abarca a las demás. Esta es la llamada comunidad política o polis.

De lo anterior se deduce que en la polis los individuos asociados tienden a la realización de su propio bien en cuanto que bien común, en razón del “impulso de sociabilidad” connatural en ellos. La polis es el escenario en el cual los individuos agrupados desarrollan actividades que les competen a todos los ciudadanos, en pro de lo más común en ellos: la búsqueda del bien común.

Imagen2La esencia de la polis, entonces, es desarrollar un proyecto que involucre lo necesariamente humano, lo necesariamente individual – en cuanto que el individuo es parte del todo -, pero también lo necesariamente político – en cuanto que las partes constituyen un todo. De esto se aprecia que la ciudad es por naturaleza y que el hombre es por naturaleza un animal político, como se menciona al proemio de este texto, y si se carece de ciudad es como dice Homero: “sin clan, sin ley, sin hogar”[3]

El animal político aristotélico es un ser atado a la existencia de la ciudad, un hombre cuyo destino es la asociación política. De ello, dice Aristóteles que el hombre tiene como finalidad constituir una sociedad política y su naturaleza es vivir con otros.

La ciudad en sí misma colma y constituye el sentido de la filiación humana, que llega hasta las relaciones políticas, cuyo desarrollo está planteado considerando la realización del sentido de lo común, como respuesta a la natural tensión del hombre hacia lo social.

 Los hombres, pues, o la mayor parte de entre ellos apuestan por la vida en comunidad como expresión de convivencia y bien vivir.

El hombre es por naturaleza un animal político. Por consiguiente, aun no necesitando la ayuda de otros, al menos tienden a convivir, fuera de que por interés común se juntan en cuanto a cada cual corresponde su parte de vivir bien. La vida en la polis es ciertamente el fin principal, tanto colectiva como individualmente. Pero también se unen para vivir y constituyen la comunidad política. Es evidente que la mayor parte de los hombres tiene un deseo a la vida en sociedad aun cuando soporten muchas desgracias, como si en ella hubiera cierta felicidad y dulzura naturales.

Ahora bien, al mencionar Aristóteles al hombre como un animal político, excluye de antemano las posibilidades de un ser individual por naturaleza. Si se dice que la ciudad es constituida o formada por hombres, entonces, el ser humano no es que tienda a la socialización por lo político, como fin de su realización, sino que nace con la posibilidad de poder asociarse o no, y el libre albedrío de elección. El fin del individuo no es alcanzar la construcción de la ciudades, sino llegar a constituirse como tal dentro de la ciudad; para ello utiliza por conveniencia y relaciones de poder, la unidad con sus semejantes para lograr objetivos, no de y para el conjunto, sino para su ser individual.

Bajo esta perspectiva, se puede observar que el hombre no es un animal político por naturaleza, es decir, que su fin último y a lo que tiende no es a formar sociedades, puesto que dicha hipótesis, deja de lado los intereses individuales de cada hombre que no tienden sino hacia el bien personal, más que al comunal. Esto se puede apreciar claramente en las ciudades modernas, en donde no existe una idea grupal que organice los intereses comunes de los individuos que las conforman, sino que hay una lucha de poder individual, jalando cada uno por su lado para su bienestar propio. Luego, en esta óptica, la teoría de Aristóteles habría quedado rebasada por enfoques entre la historicidad del tiempo.

No obstante, desde otro punto (y regresando, un poco, al postulado de Aristóteles), se puede tomar como ejemplo, a la clásica historia infantil de Trazán, en donde se ve, por un lado la necesidad imperiosa de pertenencia a una sociedad, cuando éste, busca el refugio y la compañía de los seres que le rodean, y por otro lado, que esa búsqueda de compañía no es (por razones obvias), con seres semejantes a dicho personaje, y que el uso de la palabra (que hace distinto al ser humano del resto de los animales, y que según Aristóteles le lleva a este último a “hacer patente lo provechoso y lo nocivo, lo mismo que lo justo y lo injusto…”[4]) queda aminorada y dudosa como posibilidad de la naturaleza del ser humano por formar ciudades. Lh


[1] Aristóteles, Política, Editorial Porrúa, colección “Sepan cuantos…”, México, 2000. pag. 158.

[2] Íbidem, pag. 159.

[3] Íbidem, pag. 158.

[4] Íbidem, pag. 159.

One thought on “Gato encerrado

  1. literatoluisrodriguez 6 septiembre, 2016 / 21:55

    La polis y la manada se me antojan semejantes.
    Nos diferencia la creación de nuevas tecnologías.
    Saludos.

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