El pez en la burbuja

El ojo de Ra

Andrea Ortíz Rodríguez

Viste el ojo de Ra frente a ti, en su espalda. Era un tatuaje común, según las estadísticas que habías leído en esa revista de moda que ni te gustaba tanto, pero necesitabas para entender las babosadas que decía tu amiga la güera los miércoles que les tocaba clase de inglés juntas. Si bien la conferencia podía llegar a ser entretenida, no tenías ganas de escuchar a otro monigote darte indicaciones sobre cómo actuar en sociedad. Ya bastante tenías con tu madre, que creía el cabello corto te iba mejor (cuando tú amabas el largo), con el vecino, que ¡cómo amaría verte las nalgas con el short que muy consecuentemente te obsequió el último cumpleaños!, y todo maestro que prometía con la mano en el corazón la clase que te daba cambiaría tu vida, que él era el correcto.

Así que seguiste viendo profundamente a Ra. Imaginaste cómo sería tener un ojo en la espalda, uno que sirviera de verdad, y llegaste a la conclusión de que sería bastante molesto. Nadie quiere tener que cuidar que el novio no vea a la morenaza de la esquina contigua en los paseos habituales por atrás y por adelante. Seguiste viendo a Ra y él te veía, ¿él te veía?… te preguntaste qué sería tener el poder de la vida, muerte y  resurrección. Te preguntaste si el que tuviera el poder de la vida, muerte y resurrección necesitaría ojos. Te preguntaste porqué tenías ojos.

14324511_10154538503269438_5770215423946604347_oIbas perdiendo contacto con todo lo externo, como cada que te invadía con tanta fuerza el aburrimiento, y bordeabas poco a poco todo el tatuaje (que aunque no lo supieras fue hecho por una apuesta y no tenía ningún significado más), con los ojos entrecerrados. Y te giñó. Un momento… ¿Qué?… volteaste a los lados para: sonreírle a tu chico, que sabías se encontraba fingiendo interés en la conferencia porque, al verte tan inmersa en algún punto, supuso que sería de los días en que haces preguntas después y no quería tener problemas por no haber entendido ni madres en los eventos a los que ibas, y notar si la chica del lado izquierdo tenía la cara de susto que tú. Pero no, nada. Al parecer eran los debrayes de miércoles en la mañana.

Segura de que nadie te observaba, volviste a ver a Ra, y él, ¡te guiñó de nuevo!. Comenzaste a sentir, sí, sentir, mandalas por todos lados, verdes, morados, naranjas y uno que otro azul. La visibilidad se iba y volvía y seguro para este punto todo el que estuviera en la conferencia había notado que tu estado de atea lúcida había acabado. Cabrón, qué importaba. Al menos ahora toda la sala compartiría una creencia. Decías, ver mandalas por todos lados no está para seguir dudando.

Poco a poco fuiste recobrando la visión y estabas lista para ser el punto donde se unieran todas las miradas, no habías planeado que fuera por esto, pero que va, a toda situación hay que sacarle provecho. En el momento en que te recobraste del todo, paraste la trompa para darle el beso de “todo está bien” a tu novio, que seguro estaría esperando tu “regreso”, pero no sentiste sus labios. ¿Qué le pasaba?, ¡zoquete desconsiderado!, y abriste los ojos sin quitar la boquita parada, para que notara tu enojo por dejarte así.

Pero frente a ti, no estaba más tu novio…ahora veías los azules brazos de Krishna, que sin alejar un flautín de su cara te veía con muchísima curiosidad. Tus pupilas se dilataron, no dabas crédito a lo que veías, y con la calma que pudiste conservar para dar apariencia de “aquí no pasa nada” volteaste hacia el otro lado. Buda se encontraba ahí, y tus pupilas se dilataron más. Detrás de ti se escuchó un rayo, azotador, y al volverte te encontraste con  Zeus y toda su gloria. Sin poder regresar la vista hacia el frente viste el caminar de un nazareno que tomó sitio al lado de Pan, que había abandonado el bosque; y olía a sexo y a vino, quizá por Dionisio.

Thor, Afrodita, Poseidón e Isis; Anu, Nezahualcóyotl, Vishnú y Ganesha. Estaban todos. Habías escuchado de algunos, de otros no tenías ni idea, pero estaban ahí y no entendías cómo. Krishna comenzó a tocar su flautín y todos voltearon. ¡Un humano!, gritó Tezcatlipoca y tú no podías, no podías moverte. Ares se acercó a ti y lamió tu mejilla. Seguías inmóvil. ¡Sabe a muerte! dijo emocionado, e invitó a sus compañeros a probar. Viste como uno a uno se acercaban, anhelando probarte, aunque sea un poco. Dentro de la eternidad, no entendías qué tan buena era una poca de muerte. Primero fueron lamidos. No les importó que las salivas se combinaran. Comenzaste a asustarte después de la tercera mordida. ¡No, quietos! gritaste, pero ninguno prestó atención. Se abalanzaban unos contra otros, se golpeaban entre sí, anhelaban un poco… te jalaban y chupaban… ¡Auxilio!.

El grito más fuerte se fue con tu pierna derecha y hacia donde lucharas había una boca que deseaba probarte. Tu sangre se esparció por el auditorio, y todos lamían exasperados. Te comieron cruda por las ganas, no podían arriesgarse a que el sabor se perdiera en la cocción. Cada músculo, cada cartílago, cada órgano fue deglutido. No desperdiciaron nada. Pasaron segundos en silencio para que el placer se expandiera. Habló el nazareno:

̶  Después de un rato sabe a dios. Lh

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