El pez en la burbuja

Descolonización

Andrea Ortiz Rodríguez

Me dejó porque quería ser un hombre. La imagen tácita que enseñan los asfaltos, la imagen ilógica, el lugarteniente. No sabía por qué pero lo quería.  Ahí estaban sus caderas y sus piernas, todos los sitios a los que alguna vez me llevó, dando el primer paso. Para completar la historia de los otros que ya lo eran, que lo esperaban en la puerta de un nuevo sitio donde no cabía.  Yo quería que él fuera lo que él quisiese. Al final, tendría su cabello y sus ojos, sus orejas y su barba, su pecho, sus brazos, su pelvis, sus piernas, sus pies. Queriendo dejar de ser bruja para poder amarle. Implorando una última misa, pidiendo al menos me dejara ir después de la confesión, me hinqué y cerré los ojos.

Casi siempre lo amé cerrando los ojos.

Aquí, de rodillas, sólo espero recuerde las veces que con los párpados bajos y tocando su rostro,  lloré. A pesar del tiempo aun mis yemas van dejando un poco de él en sus trazos.  Por eso a veces todavía me acaricia, aunque ya no lo sepa. No muchos entienden mi devoción a sus labios. Pero es que fueron mi primer columpio, mis segundas  alas y mi único disfraz. Caían mis pestañas y recitaba su nombre.  Cuántas veces le pedí quedarse quieto colonialpara que mi tacto reconociera a ciegas su nariz. A ratos me tenía paciencia. Nunca supe si entendía bien lo que hacía.  Era un rito de gracia, una ofrenda de mujer latina que enaltece al mundo por ese momento, por él. Le pedía silencio a la tierra en mis adentros. Apagaba luces, detenía inciensos, cerraba cortinas y besaba su frente. Casi siempre comenzaba por su cabello. Con los ojos cerrados y las manos abiertas lo tocaba. Ahí,  sus ancestros. Empezaba así porque era necesario  el silencio para escuchar las notas de mis dedos entre su melena. Ojalá quien lo tenga sepa cómo escuchar su canto. Me reía y él reía conmigo. Todas las brujas necesitamos un instrumento para llamar al sol.  Nadie me dijo que podía encontrar el mío en una cabeza. Llegando a sus orejas susurraba dos palabras y seguía. Era la nota  exacta de mi diapasón, que entraba a las dos caracolas más finas que he conocido. Nacía el mar entonces, en mis ojos y en mi vulva. Y cantaba  bajito y él sabía de mi amor.  En treinta lugares distintos cambiaba el oleaje. Y se llenaban de espuma las arenas del mundo. Los caracoles comían, Los cangrejos jugaban, las gaviotas, refrescaban sus patas para volver a volar. Me llevaba su vuelo a su barba. De fuego e incienso, donde  al tiempo un árbol nacía y otro recién comenzaba a foguearse. Ojalá quien lo tenga sepa juntar la madera. Yo la cargaba en mi espalda para poder encender el comalli, para guardarnos calor donde sea que estuvimos, para jugarnos con fuego, para quemarnos. No importaba. No importaban las veces que su barba encandecida me quemara las palmas, no importaban los rasguños que dejara, las marcas imborrables; porque a flor de piel corría, a ojos cerrados, a su boca.  Sabía el camino de memoria. Era el gato que regresa cada noche a su hogar. El gato negro enorme, el gato quemado, la pantera. La pantera encendida, el jaguar. Saltaba con las fauces abiertas a su oasis y pescaba sus labios una y otra, una y otra, una y otra vez.  No se apagaba el fuego, nunca se apagaba. Sólo se escondía en nuevas manchas, en nuevos sueños.  Meneaba mi pelaje y volaban las cenizas, creaban corales,  arrecifes, y nadaba un rato en las corrientes frías y las cálidas, seguía los bancos, reposaba. Saltaba entonces a sus brazos. Sus brazos que sin mí eran desiertos. Sus brazos que conmigo eran montañas. Endémicas de mí, salvadas por mis rezos. Sus brazos que llamaban a la tribu, que guardaban en las noches a su sacerdotisa, sus brazos que extendidos se colonizaban tan sólo para ser imagen de mis dioses (sin saber que sólo a él le oraban mis sonrisas) de todos los que yo alguna vez veneré (sin saber que no he rendido cuentas más que a su nombre)  tan sólo para abrir mis pechos como catedrales (sin saber que ya estaban abiertos) para llamar a mi vientre monasterio (sin saber que ya era templo sagrado)  para nombrarme a mí su santa (sin saber que ya era suya, desde siempre). Y así su pecho y mi pecho se unían, su raza y mi raza se volvían nuestra estirpe. Su pelvis y mi pelvis compartían mariposas, sus piernas y mis piernas firmaban tratados que nadie más llegará nunca a conocer. Yo lo dejaba libre, besaba cada pájaro al que le daba vida, creía en cada cauce nuevo de sus ríos. Él era la casa, el templo al que corría a pedir auxilio, la voz que escuchaba, la voz en la que siempre creí. Sus piernas eran riscos, me ataba a ellas en las noches después de lanzarme de todos sus peñascos,  me volvía ave sólo para crear nidos, para tener una casa en su andar, para que no me olvidara en el tiempo. Así llegaba a sus pies, arrodillada, a encender velas en sus dos trajineras, a llenarlos de flores para sus desfiles, a ver cómo iban cayendo los pétalos en el río que dejaba, a besarlos.

No me importa que me dejaras para ser un hombre. No eres “un hombre”.

Ojalá quién te tenga te sepa un mundo.

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