Onirosofía

El hada en el callejón

Juan Pablo Picazo

De alguna forma no parece la gran cosa. Digo, encontrarte un hada debiera ser normal ahora que los humanos hemos sido devueltos a la Alianza de Naciones Mágicas tras el prolongado embargo de casi 10 mil años que pronunciara aquel oscuro Consejo de Inmortales en el año undécimo de Fradsavler I, cuya acusación contra nuestra especie nos llevó al aislamiento y a la pérdida de toda magia.

Como sea eso sólo es política. Yo hablo de la vida diaria, la vida real. Aunque ya puede transitarse entre los trece mundos, tampoco es que vengan muchos centáuridos o sirénidos a visitarnos ¿no? Pues yo vi un hada en el lugar menos pensado. Rondaría los trescientos años o algo así, pues se miraba en plena adolescencia, aunque dicen que eso no indica nada porque modifican su edad según les venga en gana y entonces ya no se sabe.

Me la encontré en el triste y vil Callejón del pocito como a las tres de la tarde, bajo el rayo del sol cuernavacense. Iba vestida toda transparencias y zapatos altos con una sonrisa fascinada. Al principio creí que sería alguna chica común camino de alguna marcha multitudinaria al protestódromo, pero no. Ya sabes, uno se da cuenta por esa como luminosa vibración que delata su pertenencia a las naciones mágicas.

No sabía si saludar o no. Como sea, no me gusta nunca verme muy solícito con los extranjeros cuando con los nuestros no somos siquiera generosos. Así que decidí fingir indiferencia a pesar de lo llamativas y perturbadoras que ese tipo de mujeres mágicas pueden llegar a ser. Además, al menos en apariencia, mi edad era el doble de la suya y no sería nada bueno lo que la llevaba a ese largo callejón sin banquetas, inundado de maleza y cafres.

— Drinabat bageini dil sa.

Me quedé frío. Estaba a punto de pasar de largo sin mirarla siquiera cuando dijo eso. Mucho se ha dado a conocer de duendes, elfos, gigantes y demás desde el fin del embargo, y todos los días se publica información de cuántas especies de personas mágicas hay, cuáles son sus idiomas, sus convicciones, etcétera, que ya estaba familiarizado con esas palabras. ¿Pero por qué me las decía a mi? Me detuve con el asombro cincelado en el rostro, y ella me miró divertida mientras hacía lo que llaman una danza de manos (lo de las varitas es cosa de fábula) y sentía yo una suerte de calor envolviéndome.

Luego me sorprendí caminando por las calles de Lomas de Cuernavaca sin saber para dónde iba, dónde estaba o qué tenía tanta prisa por hacer. La incertidumbre me aterró y entonces me recargué en una pared, me dije mi nombre, repeí el nombre de mi mujer y el de mis hijos como un mantra y me serené. Estaba a cuatro largas cuadras de donde pasaba el transporte colectivo a mi colonia, hacia donde me dirigía para recoger a mi bebé de la guardería.

“Drinabat bageini dil sa”. Esas palabras eran una bendición en el idioma de las hadas, no la daban a cualquiera pues tenían el poder de cambiar la vida de aquel a quien eran dichas. Diario sigo pasando por el infame callejón, por si la vuelvo a encontrar, pero no. Pudo simplemente haber dicho:

— Ursaxicia doni.

Y ya podía jactarme de que un hada me había dado las buenas tardes. Pero no, en cambio me brindó su bendición y la extendió a mi familia más cercana. Ya no soy el mismo, muchas cosas parecen haber cambiado. No se trata de una tragedia claro, menos de una oportunidad  mágica para ser inmensamente feliz. Aquella bendición sólo te devuelve a la paz, la armonía y el silencio, luego te ves en ruinas y es necesario reconstruirse a uno mismo con la ceniza y la certeza de todas las dudas.

Y aquí sigo, mordido por esas palabras del hada.

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