Y la nave va

Fragmento del cuento de Constanza

José Antonio Aspe

…en la noche, al abrir mi correo tenía otro mail de ella. En él me invitaba a cenar en el parque México. Nos vemos el jueves a las once enfrente de los patos, decía su mensaje… …Ah, Gonzalo: no te preocupes, yo llevo la cena. ¿Qué tal? Y es que era evidente: Constanza y sus cosas raras, su actuar misterioso y oscuro como su ropa y maquillaje. Aquella noche otra vez las vueltas en la cama, el revolotear de gatos en la boca del estómago, ese desasosiego que me abrumaba cada vez que concertábamos una cita. Casi no pude dormir, si acaso dos horas muy tijereteadas, repletas de continuos sobresaltos, elucubrando diez mil cosas acerca de la enigmática cita. Por aquellos días no lograba explicarme el por qué me ponía así la perspectiva de ver a Constanza; no daba con aquel mecanismo oscuro que la profundidad de sus ojos desataba en mí. Aunque, a decir verdad, era una invitación muy inusual. Aquel jueves, cuando llegué al parque, ella ya me esperaba allí. Su vestuario negro y la blanquecina tez alumbrados apenas por el pálido destello de la luna deslavada. La rodeé un poco abriendo un ligero compás; desde allí, su sombra se alargaba hasta perderse en el agua del lago, iluminada por la débil luz de un farol. Ella inmutable, quieta. La imaginé adusta, sin parpadear. Era como si estuviera petrificada. De inmediato pensé en una escena de Lost Highway. Sentí miedo, un miedo que secó de golpe mi garganta y puso a latir mi corazón a toda velocidad. Allí estaba Constanza: inmóvil e inanimada frente a un lago inmóvil y unos patos inanimados. La escena, única e irrepetible, se desarrollaba en blanco y negro ante mis ojos atónitos; quise tragar saliva: la boca seca, pastosa; el sudor en la palma de las manos, el corazón a mil por hora. La incertidumbre de si dar un paso hacia ella o salir corriendo me acechó como lince. -Pensé que no venías –dijo sin voltear, como guiada únicamente por mi entrecortada respiración. Me estremecí: Constanza no había volteado a ninguna parte desde que, unos veinte o treinta metros atrás, la miré frente al lago. Supuse que había escuchado mis pasos pero no, era imposible, mis tenis no hacían ruido y que recordara, yo no arrastraba los pies; por otro lado, la luna no llegaba ni a la mitad, así que la noche era lóbrega, cerrada. -Hola –mascullé sintiendo un frío sudor en la nuca-. Casi no te ves… está muy oscuro. -Así está más chido –comentó con voz grave, sin moverse, sin desclavar la mirada del infinito; era como si hablara consigo misma, como si yo no fuera más que la extensión de sus cavilaciones, un espectro al que su mente creaba y daba forma allí mismo. En ese momento noté que Constanza traía un discman en la mano y los audífonos alrededor del cuello. -¿Qué escuchas? –pregunté. -London Alter Midnight -Ah, órale… qué chido…–mencioné. Fue hasta entonces que la pude ver mejor: ¡Puffff!, ¡qué belleza!: los ojos negros y grandes dentro del perfecto óvalo almendrado, las pestañas largas y tupidas, las cejas violáceas, arqueadas y muy delgadas; la boca formando un corazón largo y afilado, las formas angulosas de la cara remarcando las mejillas hundidas; su nariz como dibujada en la cara, grácil, fina y ligeramente respingada; todo ello cubierto por un color blanco mortecino que contrastaba con el marco de su vasto, lacio y negrísimo cabello. Me acerqué y le di un beso en la mejilla. No sé si por los nervios o por qué diablos, pero la sentí helada. -¿Qué hacemos… nos sentamos por ahí? –pregunté inseguro, vacilante. Era indiscutible el fuerte influjo que ejercía sobre mí; me rebasaba, pero ¿qué tanto?, si prácticamente éramos de la misma edad. Avanzó en completo silencio, firme, majestuosa. Enfiló rumbo a una de las banquitas del parque… yo detrás, confuso, preguntándome en qué clase de embrollo me había metido. Sin embargo, me senté junto a ella y comí del atún en agua que me convidó. Cenamos directamente de la lata, con un tenedor muy antiguo y una rebanada de pan tostado a manera de plato. No cruzamos palabra. En eso volví a sentir que un muy ligero olor a formol surgía de la mochila de donde sacó el atún. Sí, confirmé, así huelen las mochilas de los de Medicina. Lo malo es que de inmediato relacioné el olor con el anfiteatro; vi a los muertos recubiertos de ese su color café oscuro intenso, con sus ellaenlanoche, picazo 2006zurcidos y remiendos por todos lados, con los dedos amarillentos en pies y manos, con las uñas sucias y largas. No pude seguir comiendo, el vómito salió disparado de mi estómago y se detuvo en la garganta. -¿Qué pasa? –preguntó volteando a verme por primera vez. -No… nada… todo está bien… -¿Seguro? –inquirió. No preguntaba las cosas con la boca, más bien era como si hablara por los ojos. Su mirada intensa cayendo como plomada sobre mí. -¡Seguro! –mentí torciendo los labios en un pésimo intento de sonrisa. Terminó su atún en absoluta mudez y luego, sumando más silencio aún, guardó las latitas vacías en una bolsa de plástico. En ese momento sentí el peso físico de la insonoridad, pude ver su masa y palpar su consistencia flotando en la húmeda atmósfera. No sé, no me atreví a mencionar nada, era como si al decir algo ella pudiera hacerme daño, lastimarme, pegarme en alguno de mis puntos débiles que desde luego, supuse, ella ya conocía; porque todo esto, hubiera podido jurarlo, ya había sucedido y si yo abría la boca (sólo eso bastaba) se volvería a repetir. De pronto se me quedó mirando en forma punzante, honda de veras. Sonreí torpemente y pensé que ya era suficiente. rodeé -¿Crees que todavía encontremos metro? –pregunté atreviéndome a romper el largo silencio de más de media hora. -Vámonos –indicó molesta, como quien ha sido interrumpido en medio de una labor que requiere fuertes dosis de concentración. Lh

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