Hojas Re-Sueltas

Un poco sobre la muerte de mi padre

Bárbara Hernández

Tuvieron que pasar 20 meses para decidirme a escribir algo sobre él. Su último aliento fue entre mis brazos, mientras mi oído trataba de escuchar si su corazón latía aún.

Pienso en la vez que me contó cuando un circo llegó a su pueblo. La pobreza no le permitió comprar un boleto para entrar pero logró ver el espectáculo desde abajo, levantando parte de la lona. Tirado de panza en el suelo. Y le gustaron los payasos, los malabaristas, los caballos. No le gustó regresar al día siguiente y encontrarse con los mismos actos. El desencanto.

Iba a decir que no puedo olvidar cómo se escucha la muerte invadiendo su cuerpo, pero la verdad es que no quiero. Sólo hay vacío.

Recuerdo las horas frente al tablero del ajedrez, explicándome cómo y por qué es mejor sacrificar un peón pero nunca a la reina. La primera cámara fotográfica que me regaló a los 6 años de rollo 110 y luego una para rollo de 126. Cuando me enseñó a revelar como si me diera clases de cocina. El olor de lmiprimeracamara11975594os químicos en su suéter beige. El libro de cuentos de Hans Christian Andersen, un LP con la música de Cri Cri.

Acudo a la frase de consuelo que suelen decir cuando alguien muere producto de enfermedades crueles, como el cáncer: no sufrió mucho. Aunque no sea cierto, sirve para apagar el incendio.

Lo imagino rodeado de campo, como la vez que nos contó que un caballo le habló. Porque era de madrugada y venía de una fiesta y tuvo que caminar hasta su casa y ya llevaba varias cervezas adentro y pasó entre varios caballos para cortar camino y sí, un caballo le habló por su nombre. Nadie lo dudó. Como tampoco dudamos cuando nos contó que vio un hombre convertirse en perro porque eso hacen los nahuales, o de las tres luces que volaban, rodearon el carro y lo acompañaron un tramo de carretera regresando de Tepoztlán.

Casi las tres de la mañana. El silencio es total. Se va mi padre. Suspiramos mi hermano, mi madre y yo. Nos retiramos de la cama donde está, donde estaba. Nada me quita la idea de que estaba escuchándonos y me despedí de él por enésima vez.

Regreso a la noche en que soñé que se moría. Me levanté de la cama y fui a buscarlo hasta la sala donde vía el béisbol. Mi niña de 12 años lo abrazó y le pidió que no se muriera. No escondió una mueca: “algún día va a pasar, pero no debes tener miedo ni estar triste”.

Mi padre fue un hombre sencillo, de gustos básicos y vicios mundanos: los deportes en la tele, las pláticas largas y pausadas, el café, el cigarro, la carne, el brandy, la lectura obsesiva. La mujer que soy, que era, se quedó un poco más sola. No tengo poesía ni réquiem en su nombre. Me quedo con los recuerdos y la promesa que cumplió toda mi vida: “no importa dónde ni cómo estés. Aunque sea el fin del mundo y me necesitas, ahí voy a estar”. Aunque no sea cierto, sirve para apagar el incendio.

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