Rayoneros

Carta a mi padre

Gabriela Tapia Vega

El pasado 18 de julio hacen ya seis años del último de sus días. Su último aliento lo expiró alrededor de las tres de la tarde y con él nos dejó un ejemplo, un nudo en la garganta cargado de nostalgia, pero también de felicidad por haberlo conocido. Sí, hablo de “don Alvarito”, mi padre, hombre poco convencional por su entusiasmo, autonomía y subversión a la rutina. Espiritual pero no religioso. Lector asiduo de literatura que implicara retos a las creencias tradicionales. Buscador incansable de palabras nuevas para agregar a sus charlas y a sus reservados escritos. Melómano y amante de la belleza e inteligencia femenil. Dicharachero y bromista. Directo, sincero, sin tapujos. Alegre e indiscreto. Todavía a sus ochenta, antes de su partida, seguía siendo un gran conversador y prácticamente confesor laico de cualquiera que tuviese la fortuna de atravesarse en su camino, de modo que conocía vida y obra de vecinos, amigos y de aquellos desconocidos que por azar compartían con él alguna sala de espera, transporte o circunstancia cualquiera. Lh

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